No hay humor en el amor

¿Tu vida amorosa se ha parecido alguna vez a una comedia romántica hollywoodense? ¿Te la jugaste por esa “persona especial” y atravesaste compromisos, distancias, divertidos personajes secundarios y suegras intrigantes, hasta tomarla entre tus brazos? Si tu respuesta a ambas preguntas fue un rotundo sí, lee lo que sigue

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“patrañas”

Por J.C. Ramírez Figueroa para revista MIRA VTR, febrero 2005. 


Reconozcámoslo de una buena vez.
 Aprendimos más del amor y de las relaciones de pareja viendo películas que mirando a nuestros padres o compañeros. La adrenalina, el dolor de estómago, el desafío de decir lo que sientes (o demostrarlo) respiraban en el celuloide, no en tu ciudad. Estaba en el mismo John Cusack buscando los datos de la chica de su vida en un libro de García Marquez en “Señales de Amor”. Estaba en Harry amándose y odiándose, perdiéndose y encontrándose con Sally. Estaba en Adam Sandler subiendo al avión con su guitarra y una canción compuesta a Drew Barrymore en “La mejor de mis bodas”. Estaba en Tom Hanks mandándose coquetos mails con Meg Ryan (ahora sería por MSN en todo caso). Y nos creímos el cuento. El non plus ultra de la felicidad estaba en el beso al final de la cinta. Sólo cuando tratábamos de vivir nuestra propia comedia romántica, provinciana y modesta en aspiraciones, nos dábamos cuenta de la estafa.

Estafa, porque la chica que te gustaba no te daba un beso al final de la fiesta o seguía gustándole el maldito cabrón (más buena persona, inteligente y buenmozo que tú) o simplemente porque toda tu pequeña epopeya por conquistarla terminó contigo narrándole tu guión fallido a una botella de pisco. Ja. Las películas monopolizaron el final feliz y tú no. Y no nos enseñaron lo que venía después. Nos quedamos huérfanos, jurando que la meta era declararse, dar el esperado beso y cruzar los dedos. Aunque Nora Ephron (directora de cosas como “Tienes un e-mail”, “Cuando Harry conoció a Sally” y “Sintonía de amor”) y compañía simplemente quisieron entretenernos con una “tonta historia de amor”, nosotros buscamos algo más. Y las seguimos viendo.

De hecho, en una encuesta a universitarios chilenos, aunque el 61,5% aseguraba que eran “aventuras fantásticas, imposibles que sucedan en la realidad”, el 62% afirmaba que deseaba vivir una historia de aquellas y que cree en el amor a primera vista. Es que el mundo de las Meg Ryan y los Tom Hanks te atrapa, porque te hace proyectar lo que siempre quisiste ser. Y digamos las cosas por su nombre, te emociona. Cursimente, pero te emociona.

En “Elogio de Amor” de Godard, un productor de cine esperaba que la película que grababan no fuera como esa “basura americana tipo Julia Roberts”. Basura o no, las comedias románticas se fortalecieron como género a partir del fenómeno “Mujer Bonita” a principios de los noventa. Agarrando el legado de cineastas como Frank Capra y fundamentalmente Billy Wilder, la estética feliz gringa de los cincuenta, aromas de folletín rosa y algunos diálogos notable, estas cintas se aferran a una estructura estándar que todos adivinamos. Chico conoce chica/ se enamoran / algo los separa/ la lucha por estar juntos / el triunfo / beso final. Hay variaciones, cambios de época, escenario, giros argumentales, pero la base es la misma. Si funciona, el público las prefiere, ganamos plata y los actores se hacen más famosos.

¿Para qué innovar? Ya en los años cuarenta se señalaba que los medios de comunicación no tienen el poder de cambiar a las personas. Que esos fulanos que rasgan vestiduras sobre las consecuencias de ciertas películas o de ciertos programas, subestiman a los espectadores, ya que éstos son libres y reciben la influencia de la cultura y su entorno. Solamente cuando estos últimos se debilitaban, los mass media podían tener cierto poder.

¿De qué amor hablan estas películas cuando hablan de amor?

En rigor, el gran tema de “La Pareja del Año”, “Como Perder un Hombre en Diez Días” y el largo etcétera de películas románticas, es el enamoramiento. Un error sería indentificarlas con el amor. Porque acá todo es sentimiento. De un momento a otro los protagonistas se sienten volando por el aire como Leslie Nielsen arriba de una bala en los afiches de “Y dónde está el polícía?”. El blanco es lograr estar con la otra persona. ¿Quien quiere compromiso, caramba? Ortega y Gasset en sus “Estudios Sobre El Amor” recalcaba que el enamoramiento es sentimiento, y que como tal se acaba. El Amor es una decisión voluntaria de compartir con la otra persona, debido a que algo en ella, imposible de precisar, te hace completo y podrías estar toda la vida completándote. La necesidad de entregarse entero, pero como estamos bajos las leyes del tiempo y el espacio, necesitaremos toda la vida para hacerlo. Suena lindo. Pero más sencillo es decir que el amor es hacer feliz a la otra persona sin dejar de ser nosotros mismos.

Alguien podría pensar que las comedias románticas mienten, porque pretenden hacernos pasar gato por liebre. Pero en rigor nos engañamos solitos, cuando en nuestra vida nos creemos parte de ellas. El amor es más complicado que enamorarse. Y está ese cuento del compromiso, la paranoia y todo eso. Acá solo vemos la primera etapa, no hay una transición. Los personajes se quedan atontados por la personalidad del otro y cada uno trata de hacerse el “perfecto” para los ojos de su posible pareja. ¿Eso lo hicimos todos no?

Por eso, Jeanene Garofalo tiene miedo de mostrarse tal como es en “La verdad sobre Perros y Gatos”. Deseamos tanto a la otra persona que creemos que exhibiéndonos como perfectos para ella conseguiremos su amor. Cuando nos desilusionamos y nos damos cuenta que la otra persona también va al baño o habla tonterías cuando está ebria y seguimos queriendo estar con ella, podemos empezar a hablar de amor. O sea, lo que viene después del beso en las películas. ¿Alguien está preparado?

Siete claves para entender las comedias románticas

7. El amor también es express: Te pueden chocar el auto o sentarse al lado tuyo en el metro o ser la mejor amiga de tu novia. El amor siempre llega rápido. Se miran a los ojos. Y pum!! Ni siquiera necesitan conversar o saber que música escuchas. Te enamoraste no más.

6. Siempre hay un malvado que los separa: Las cosas podrían seguir su curso normal, una salida al cine, comer algo, tomarse un trago y dejar que pasen las cosas. Pero no pues. Resulta que él vive en Europa del Este. O ella está casada con un multimillonario. O trabajan en empresas rivales. O descubren que son hermanastros. O alguien tenía planeado cambiarse de sexo. Siempre hay un jodido problema que lo complica todo. Esa es la gracia y el motor de los conflictos ¿no?

5. El efecto “me olvidé de los demás”: El resto de los personajes, sólo sirve para darle la nota humorística a las cintas (de lo contrario no serían comedias). Está el mejor amigo, bueno para carretear, que quiere agarrarse todas las tipas y que, supuestamente, no “cree en el amor”. El malvado suegro que hará lo imposible para que no besen a su inocente y virginal hija. El taxista afroamericano que lleva al héroe de la cinta al aeropuerto, donde ella obviamente esperará para subirse el avión, no sea que se arruine la película. El asunto es que ellos importan bien poco. Da lo mismo el marido de la chica o la plata que prestó el mejor amigo. Total el amor era más fuerte.

4. La escena depresiva: En algún instante este amor se volverá imposible. Y a ellos les da mucha pena. Se nos muestra a ambos recordándose mutuamente, con un tema folk de fondo y flashbacks a momentos notables que compartieron: risas en un parque de diversiones, conversaciones en una azotea, paseos al parque. Todo muy lindo. Contrastando con la infinita tristeza que viven ahora. El colmo es cuando, después de haber llorado, uno de los dos se atreve a marcar el número telefónico, pero se queda callado mientras el otro contesta: “¿bueno? hola… hola… ¿quién habla?”.

3. El malentendido: Cambios de sexo, chismes sin fundamento, amigos que en realidad están enamorados, grabaciones falsas, personalidades que no lo son. Siempre habrá un malentendido que provocará las risas de los espectadores, que enredará las cosas y que se resolverá rápidamente al final. Ah y tampoco existe la memoria. Lo que es muy sano. Las infidelidades, mentiras y todo aquello es perdonado al toque.

2. Atreverse: Hay un momento en que hay que decirse las cosas. Y, con alguna canción de fondo, te produces. Te cambias de look, junto a tus amigos que aprueban o desaprueban tu pinta en algún mall gringo (la plata sobra siempre) o viajas al aeropuerto (porque siempre alguien viaja a otra ciudad y para siempre) o te agarras a puñetes con tu rival. Y siempre las cosas terminan bien. Siempre el protagonista gana. Siempre.

1. El final: Un beso, obviamente. O una escena más atrevida, pero tierna. Y la pantalla se oscurece. Y todos felices.

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