Jaime Casas: Escritor por accidente

Fue clandestino y se inventó que era escritor mientras lo perseguía la CNI. En su última novela, el ganador del Premio Consejo Nacional del Libro habla de un bestial recorrido por la culpa y la inocencia. Mientras, se las arregla vendiendo pan en el invierno, humitas en el verano y trabajando con su overlock haciendo chaquetas y suéteres para la gente del barrio. Acá el secreto mejor guardado de las letras criollas.

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Por J.C. Ramírez Figueroa, 13 de noviembre 2005, LCD, La Nación Domingo).

Una semana después que a Augusto Pinochet se le ocurriera posar con esos famosos -y horribles- anteojos oscuros y comenzara a redactar la nueva historia de Chile con sangre, otra pequeña batalla se libraba en un céntrico edificio de Santiago.

-Ya, mierda. El que salga elegido tendrá que quedarse acá, resistiendo. Eso es lo que acordamos todos. Lo máximo que le podrían echar serían cinco años. El resto, pa’fuera no más, hasta que esta huevada se arregle un poco.

Los tipos se miran. Escriben nombres en los papeles. Carraspean. La misma voz cuenta los votos y dice fuerte:

-Jaime Casas Barril.

Por alguna razón, al escuchar su nombre, el escritor Jaime Casas recordó una noche en el sur, cuando trabajaba para la Unidad Popular junto a campesinos y mapuches. Otro Chile era posible en esa época y ahí mismo escribió en un cuaderno: “Empiezas a adueñarte de tu destino cuando dejas de elegir y comienzas a decidir. Hay que ser protagonista, no testigo”.

Rápidamente tuvo que descolgarse del recuerdo, mirar fijamente a sus compañeros, apagar su cigarrillo y levantar la voz.

-Acepto. Si empecé en esto, quiero continuarlo también.

OVEJA NEGRA

Jaime Casas (1949) podría ser el secreto mejor guardado de la literatura chilena, aunque no tenga biblioteca en su casa ni le interese darse a conocer. Es la oveja negra de una de las familias fundadoras de Coyhaique. El niño que descubrió que los profesores mienten, en vez de refugiarse en la cama de sus papás, decidió que la escuela estaba en la vida.

Pero Casas es, sobre todo, un hombre pionero de su propia vida, que decidió buscar la verdadera libertad hasta encontrarla y que sin querer queriendo corrió para contársela a los demás a través del lápiz y el papel. Y uno le cree, porque te mira a los ojos cuando te habla. Como el papá de “Big Fish”, la película de Tim Burton. Y va narrando su historia mientras los pajarillos copulan y sobrevuelan su jardín en la comuna de La Reina.

Para él, el sistema no existe. “Me lo paso por la raja”. No es propietario de nada. De hecho, firmó un documento donde le entregaba el poder de todas sus pertenencias a su esposa. Paga el arriendo con el dinero ganado con sus libros, pero principalmente haciendo pan en el invierno, humitas en el verano y zurciendo ropa que vende en su barrio. En su pequeño taller se amontonan chaquetas y suéteres. Eso sí que es ser independiente. En su living hay dos computadores, donde se conecta para hablar con sus hijos que estudian en Francia y para escribir una novela (“aún no sé cómo terminará, es todo un desafío para mí, es vivir mientras la vas haciendo”).

CON LA CNI EN LOS TALONES

“En los ’80, la CNI me pisaba los talones, así que me escondí en una casa de San Luis de Macul. Antes ya había trabajado de frutero. Había salido varias veces del país. Estudié. Pero ahora estaba acá y como durante el día no hacía nada, y para evitar sospechas de los vecinos, se me ocurrió agarrar la máquina de escribir y decir que ése era mi trabajo. Hasta el momento, sólo había hecho panfletos y documentos. Fui escritor por accidente”. Y lo dice muy en serio.

A principios de los ’90 debutó con “A su imagen y semejanza”, libro donde Dios baja a imponer orden a un tipo que finge ser el demonio para engañarlo, sin darse cuenta que se le quedaron las llaves del cielo adentro. “Aunque no me considero escritor, ¿quién puede hacerlo desde que Cortázar señaló que era un aficionado? () Se supone que las persecuciones habían terminado, pero existía esta otra que se llama censura de los medios. Y claro, como atacaba a Dios y los críticos de libros nunca lo entendieron, nunca más me pescaron”. Luego, publicó “El maquillador de cadáveres” (“hay que ser muy pajarón para no notar la obvia lectura política y social del país que tiene la profesión que le da el título”) y “La noche de Acevedo” (“es curioso, yo he vivido harto pero por pudor no lo pongo en mis libros. Acá me basé en las historias de mis amigos. Ellos son los protagonistas. Un buen narrador es capaz de escribir en tercera persona y no mirarse el ombligo todo el tiempo”).

El año pasado lanzó por LOM dos obras: “Leprechaun” -relato breve donde persiguen a una mujer que sí cuenta sus sueños-, y “Un esqueleto bien templado”. Esta última (ganadora del Premio Consejo Nacional del Libro) es la historia de Manuel Tran Beltrán, hijo bastardo de un terrateniente vasco y una mapuche. Un día, su madre, junto a sus compañeros, se toman el fundo y Manuel decide escapar a Santiago para inventarse un futuro, porque él es de los que cree que el pasado no existe. “Lo importante es emocionar. Estoy de acuerdo en eso de que la inteligencia no comunica nada. Lo que nos hace vivir y acercarnos a la realidad es la emoción que provocan las buenas historias. No creo en las pirotecnias narrativas. Tampoco, en los personajes perdedores. Es un camino demasiado fácil. A mí me importan los que salen adelante. Lo peor que ha pasado es que los pescadores, carabineros o prostitutas dejaron de escribir”.

AL SUR DEL SUR

La obra de Casas son puros pedazos de vida con olor a bosque sureño; con personajes que deciden atravesar bestialmente la basura que los envuelve. “Mi obra es una proyección mía, eso es cierto”, y cuenta sobre su primer recuerdo -un árbol floreciendo-; sobre ser el octavo hijo de una familia de comerciantes; su infancia carente de rejas y pródiga de amigos en la Patagonia; cuando aprendió a leer pero, en vez de ser el “superdotado de la familia”, prefirió disimularlo; cuando cantaba boleros en prostíbulos siendo menor de edad; cuando pescaba salmones con la mano, y el brutal cambio: cuando tenía 11 años y lo enviaron a un colegio de curas en Temuco. Era 1960 y se le acabó la inocencia: “Descubrí el clasismo, la mentira, la violencia. Y en un colegio católico, más encima! No por casualidad, el primer día libre en esa ciudad me recibió un maremoto”. Y claro, logró salvarse junto a su hermano y una señora que tomaron entre los dos y continuó estudiando en Concepción, donde se enamoró de una chica que lo obligó a irse a Santiago junto a ella.

“Antes a los 20 años, ya eres un hombre. Ahora siguen viviendo con los papás. Nuestra generación no sólo escuchaba a The Beatles, sino que también discutía a Hegel antes de entrar a clases”. Y así, a los 22 años, ya era vicepresidente del Indap y activo integrante de la Unidad Popular.

EL PIONERO

En “Un esqueleto bien templado”, Tran Beltrán camina hacia Santiago sin un peso. Sólo lo salva por momentos tener buena pinta, heredada de su padre vasco. Pero también lo condena porque es violado, en una de las escenas más bestiales del texto. Sin embargo, se para y levanta la frente a la luna. Y comienza una búsqueda desesperada de la inocencia, a pesar de la culpa. Y sale adelante.

“Yo me siento un pionero. Pero por el camino que yo transito no ha pasado nadie. Yo pasé noches sin comer. Estuve en situaciones jodidas, donde mi vida peligró. Y acá estoy. Entero”. Claro, porque Casas tiene los dedos de su mano derecha visiblemente más cortos. Una señal ineludible para los que querían detenerlo. Pero dice que mientras menos disimulas un defecto, menos gente lo nota. Aunque en ocasiones debía pasar mucho tiempo con las manos en los bolsillos. “Lo que me salvó fue la capacidad de convencer. De hecho, para preparar este libro yo iba a Franklin, preguntando por Tran Beltrán. Y los tipos me juraban que lo habían visto. Ahí me di cuenta que el personaje funcionaba. Y aparte, que como vivía en total soledad, mantenía diálogos con mi niño interior. ¿Jaime, me imaginabas así de adulto? Y me respondía que sí”.

Casas se queda callado un momento. Dice que todo está en sus libros. Que para entenderlo hay que leer el mundo que te propone. Y, mientras atardece sobre Santiago, pienso que hay muchas cosas que le quedan por contar. Y los pájaros siguen revoloteando por su patio.

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