Los exiliados del sur

En los 90s Chile era un país adolescente. Uno que salía al mundo, engrupido con la llegada de MTV, los multicines, Internet, el cable. Y las bandas de rock sonaban muy parecidas a las de afuera. Una década después, un montón de bandas suenan propias, con canciones donde conviven identidad y globalización. De esas, Los Bunkers son los más populares. Un proceso rockero que también habla del país. Y que partió con cuecas sonando ahí, en MTV.

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Por Marcelo Ibañez y J.C. Ramírez Figueroa, 9 de diciembre 2005, Zona de Contacto.

Estoy verde

“Estoy verde porque pase algo por aquí/ pero ya empiezo a desesperar/ podría haber algo como/ una fiesta!/ podría haber algo como/ unas chicas!/ podría haber algo como/ no sé/ podría haber algo cómo/ una revolución…”. La canción se llamaba “Una revolución en mi barrio” y con mis amigos la cantábamos en la esquina cada vez que no pasaba nada. Y eso era casi siempre. Nada-mucho, poco-más Pánico nuestro primer cd: Combo discos, 500 copias, Bruce Lee en fondo rosa, un disco que compré a medias con un amigo en el Dos Caracoles. Teníamos 16 años.
“Una revolución/ en mi barrio/ en mi esquina/ y todas/ todas esas chicas saldrían a bailar por mi calle/ y en mi cama/ A la policía, los políticos y toda ese gente del Estado les decimos/ conchetumadre…”. Bendita adolescencia. La canción se convirtió en un himno callejero a pesar que ni la Rock & Pop la tocara mucho (¿se acuerdan cuando la Rocka era realmente “la radio del rock chileno”?) Un himno que resumía el sentir de cualquier adolescente chileno en la mitad de los 90s: después de una infancia bajo el imperio del mal, era hora de la fiesta. Esa era nuestra revolución.
Pánico representó eso a nivel no mainstream: hijos de exiliados, sonando a una fiesta playera tipo Pixies, disfrazándose arriba del escenario y enseñándonos a jugar de nuevo, sin miedo. Tipos con onda, mucha onda. Y los amamos por eso. Porque eso fueron los noventas en Chile: un grupo de adolescentes que empezaban a cambiar los uniformes por la ropa de calle. Una época donde pintarse el pelo, tatuarse o ponerse un piercing nos parecía una declaración de principios (aún recuerdo el impacto que me produjo ver el video de “Corazón de Sandía” de Los Tetas en el Canal 2 y sus pelos de colores), un grito de libertad que te traía problemas, y no sólo un asunto de onda como ahora.
En los 90s todo Chile era un adolescente que se engrupía fácilmente, wannabes celebrando la llegada de MTV como la de un ejército libertador, rogándole a papá por el teve cable y leyendo a Fuguet hablar sobre River Phoenix (Ok, Fuguet nos enseñó a escribir y nos abrió la cabeza. Le debemos demasiado: desde Tarantino hasta Bukowski. Pero también hay que reconocer que se engrupe en extremo ¿O alguien nos puede explicar su incondicional amor por Phoenix y Henry Rollins?)
La economía chilena comenzó a crecer. Pasamos de ser el hermano pobre y piola, al “jaguar de Latinoamérica” que mandaba icebergs a Sevilla. Tan nórdicos, tan fríos, tan engrupidos. En los estelares millonarios de la época había una pregunta que se repetía sin cesar, cuando el entrevistado era una mega estrella extranjera. “¿Cómo somos los chilenos?, ¿qué conocen de Chile?”.
Como todo adolescente no teníamos claro quienes éramos y necesitábamos que el mundo nos lo dijera.
Cultura pop, Internet, cable, multicines. La globalización abriéndote la cabeza. Una ola que llegó casi sin aviso. Un mar en el que nos sumergimos con una sonrisa de oreja a oreja, y que con el tiempo —crisis económica de por medio— nos hizo aguantar la respiración, revolcarnos, tragar sal, y salir a flote. Los jóvenes empezaron a “empoderarse” tecnológicamente. Blogs, flogs, sellos independientes, raves, fiestas callejeras, etc. Con el tiempo aprendimos a hacer cosas y a digerir lo que llegaba de afuera. A tener mirada propia.
¿Y ahora? Bueno, ahora los adolescentes siguen siendo lo que siempre serán: unos wannabes en busca de identidad. Pero la diferencia, gran diferencia, es que con medios propios y una mirada más escéptica. Una que obliga a entender que todo es un juego. Que si te vistes de negro y vas a la Blondie tu enemigo no es el rapero que va a sus fiestas (como sí lo era en los 90s, donde las “tribus” se odiaban entre sí).
De pronto nació una generación que creció sin miedo. Una que tiene claro que opinar es su derecho, aunque a veces opine puras leseras. Con el tiempo, entendimos que en esto de la globalización vivimos en la periferia. Y que eso puede ser una ventaja: miras para todos lados y sacas lo mejor. Así terminas conociendo más bandas, películas o libros que un tipo que respira en Nueva York, París o Londres. Porque ellos sólo se miran su propio ombligo. Tú tienes el mundo. Y entre medio, empezamos de a poco a valorar lo nuestro.
Las semillas rockeras de los 90s comenzaron a brotar, al fin, en una síntesis que no se refugia estúpidamente en el Chile que no fue, sino que se alimenta de ambos lados. Identidad y globalización. Lo malo es que la mayoría de esas bandas (Matorral, La Floripondio!, Taller Dejao, etc.) siguen sin sonar en la radio. Lo bueno es que la Zona sigue escribiendo de ellos.
Pero, ¿cómo empezó todo esto?

Cuecas, aquí, en M-T-V.
Tuvieron que aparecer Los Tres en el Unplugged de MTV, entre videos de Oasis y Soundgarden, para mostrarnos que la cueca no era esa música de viejos que sólo sonaba en las fiestas patrias, con historias campestres que no nos podían interesar menos. Nunca sospechamos que Los Huasos Quincheros, que por tanto tiempo tuvimos que escuchar obligados, escondían a Roberto Parra y sus amigotes. Cuequeros con más calle, vida y mirada que cualquiera de esos rockeros con camisa de franela o chasquilla british. Chilean punks.
Al fin teníamos un pasado decente. Así como los gringos tenían sus blueseros, nosotros teníamos a los cuequeros. En la Yein Fonda nos dimos cuenta que también se peinaban con los foxtrots, tangos, tonadas, y eso que el tío Roberto bautizó como jazz huachaca. Aprendimos los primeros acordes de guitarra con “¿Quién es la que viene allí?” al mismo tiempo que con “Wonderwall”.
“Nuestra dictadura fue la más cruel, porque por opción se mató la semilla que estaba germinado durante la Unidad Popular, sepultando todo. En Argentina nunca se persiguió a los artistas. De hecho la cultura siguió funcionando como siempre. Acá te obligaban a cortarte el pelo”, dice Mauricio Basualto, batería de Los Bunkers. En este ambiente, era lógico que perdiéramos la pista de esa gente. Pero lo más increíble es que fue en MTV, antes que en cualquier radio o canal nacional, donde descubrimos lo que nos escondieron: la buena cueca. Y nos dimos cuenta que sí teníamos una historias “rockera”, que los 70s y 80s fueron un obligado stand by. Afortunadamente Los Tres apretaron el botón adecuad

Entran Los Bunkers
Cuando Los Tres se separaron todo eso quedó flotando en el aire, disperso. Álvaro Henríquez se encargó de continuarlo, hasta que desde la misma ciudad, cinco chicos que también habían visto el “Unplugged”, lo hicieron llegar a la nueva generación. Su argumento era el mejor: canciones con identidad que silban en el cerebro todo el día. Porque los Bunkers se elevaron por encima de sus influencias adolescentes —Beatles, Kinks, Oasis, los mismos Tres—, para recuperar la memoria de su infancia. Todo eso antes de llegar al segundo disco.
Con ellos empezamos a intrusear los viejos vinilos de los papás y tíos, descubriendo que Violeta Parra maneja la melancolía mejor que Radiohead, que Los Jaivas suenan únicos e irrepetibles y que las canciones de Víctor Jara son grandes lecciones de historia, como las de Dylan. La diferencia es que a él sí le entendemos las letras.
“El mejor recital que he visto en mi vida fue el 2002 en una Yein Fonda. Se presentaron los Chileneros y quedamos vueltos locos. Nunca había visto tanto desparpajo, energía y fuerza”, recuerda Basualto.
“Vida de Perros”,el último disco de Los Bunkers que se lanza en Santiago mañana, tiene canciones que recuerdan a Franz Ferdinand o Los Ángeles Negros, sin dejar nunca de sonar a ellos mismos.

El Futuro de Chile
“La actitud correcta al vivir en la periferia es abrirse. Porque acá tenemos un montón de cosas que hacer. Mi novia es de Estados Unidos y se sorprende que acá bandas chicas tengan acceso a la prensa. Acá todo es más familiar, más cálido. Y ya no es como en los noventas, donde las tribus marcaban territorio. Ahora se convive mejor. Se entienden mejor las cosas”, dice Gonzalo Planet de Matorral. Claro, lo mejor de vivir acá es que puedes mirar en las dos direcciones, aprendiendo a desprejuciarte.
Parado desde la periferia de la globalización tienes dos opciones: puedes ser como un adolescente que escucha a Simple Plan o Good Charlotte y formar una banda para calcarle el sonido, o puedes buscarte uno propio. Y hay mucha gente que lo está haciendo. Porque ahora los hip hoperos chilenos samplean Camilo Sesto o Lucho Barrios y no sólo funk gringo. Y una buena parte de los rockeros aprendió a tocar cueca eléctrica.
Ahora preferimos Vía X que MTV. Ahora podemos escuchar a Gepe mezclar Radiohead con Violeta Parra, Matorral sonando a los Stones y Los Jaivas, Perrosky bluseando a Atahualpa Yupanqui o La Floripondio! encendiendo la mecha con sus guarachas reggae y delirio a lo Tommy Rey. O los propios Pánico, que dejaron de sonar como Pixies para experimentar con cumbias y electrónica. Todos, sin dejar de sonar endemoniadamente rockeros.
Sí, buena parte del rock chileno ha cambiado. Y de nuevo tienes dos opciones: puedes seguir encerrado viendo MTV, y enterarte de lo que pasó debajo de tus narices diez años después, o salir a verlos en vivo. ¿Te lo quieres perder?

*publicado en Zona de Contacto. 9 de diciembre 2005

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