BOB DYLAN según Rodrigo Fresán

El escritor argentino se encerró en su casa de Barcelona con la discografía de su héroe y la tradujo para la prestigiosa editorial que publicó “Crónicas”, su alabada autobiografía. Y, aunque asegura que es imposible vivir dentro de la mente del músico, al menos por unos segundos sus ojos se volvieron azules y sus manos empuñaron una Fender Telecaster.

FOTOFRESAN

Por J.C. Ramírez Figueroa (30 de julio 2006, suplemento LCD, La nación Domingo).

SI EXISTIERAN LOS MAKING OF de los libros, la tapa del último de Fresán sería como el afiche de la película “¿Quieres ser John Malkovich?”. Un desfile de Fresanes con las distintas caras de Bob Dylan, desde el look proletario folky del primer disco de 1962 hasta el elegante bigotillo y sombrero cowboy que luce hoy. A pedido de la Editorial Global Rhythm Press –la misma de “Crónicas”, su aplaudida autobiografía– se internó en la traducción íntegra de su cancionero. Titánica labor si consideramos que son más de 50 discos y 700 canciones, muchas de ellas composiciones que revolucionaron los cánones del rock and roll y la música popular.

“Cuando me lo ofrecieron, mi pensamiento automático fue si acepto me arrepentiré un año; si lo rechazo, toda la vida”, explica desde su casa en Barcelona vía telefónica. Y hubo un instante –o varios– en que quiso tirar la toalla. No se trataba sólo de convertir sus versos al español –de por sí algo difícil–, sino de habitar dentro de su mente, de entender su mecánica, de rozar al genio.

“En este momento estoy revisando lo escrito. Son cerca de 1.200 páginas y saldría editado en España a fines de septiembre o principios de octubre. Sólo falta traducir ‘Modern times’, su último disco”, cuenta el escritor argentino, quien desde sus artículos para los suplementos del diario “Página 12” o la revista “Rockdelux” y sus aplaudidas novelas, como “Mantra” –donde lo hace aparecer–, exuda fanatismo por Bob: “Para mí, es un héroe más que ídolo. Más que admiración, me he nutrido mucho de él. Y ahora terminar este libro es como cuando te dan de baja en el servicio militar”.

LOCO POR BOB

Fresán se encargó, también, de agrupar toda la información dispersa, dotando a cada canción de contexto, la historia de su composición y la opinión de otros músicos, valiéndose de su envidiable biblioteca dylaniana. Así nos enteramos, por ejemplo, que la favorita de Paul McCartney es “Mr. Tambourine Man”, o que la formación de Dylan es anterior al blues y tiene que ver con los madrigales o las baladas de los colonos. “Algo que lo diferencia de los Beatles, quienes tenían como antecedente solamente el rock and roll de Elvis Presley”.

–¿Algún descubrimiento, tras vivir en su mente durante tanto tiempo?

–Nadie puede decir que entiende la mente de Bob Dylan. Es como Shakesperare. Empiezas, claro, a vislumbrar algunos de sus trucos, como el manejo del sinsentido o la forma de tirar las palabras sobre los acordes, casi como riendo. Pero es imposible meterse ahí. Él mismo lo decía: “Mientras mi mano derecha avanza, retrocede la izquierda. Y viceversa”.

“MI LIBIDO ESTÁ EN LA LITERATURA”

El abordaje de Fresán en las letras argentinas –y luego hispanoamericanas– fue paralelo al de Alberto Fuguet. Era 1991 y ambos dispararon espíritu adolescente –y rock, cine, televisión; bueno, todo eso que llamamos “cultura pop”– desde sus colecciones de cuentos “Historia argentina” y “Sobredosis”, respectivamente. Pero mientras el chileno cerraba su mundo en torno a los conflictos parentales y la fundación de McOndo, Fresán lo expandía rabiosamente, pasando de los soldados argentinos en las Malvinas que quieren estar cerca de los Rolling Stones a monumentales lecturas de la realidad y el sentido del tiempo, donde se dan la mano Platón y John Lennon, Borges y Ray Davis, Chéjov y Kubrick. Casi una canción del Dylan cosecha 1966.

“Supongo que debería estar agradecido de eso que dices” responde, algo desconcertado.

Porque para el actual Fresán –cuyo look dista bastante del chascón de polera negra y lentes que te sonríe en la contratapa del tremendo “Vida de santos” (1993) –, no hay nada más redundante que hablar de literatura. Lo opuesto a teorizar sobre Bob. Aunque, volviendo al paralelismo, si Fuguet trataba de hacer películas mediante sus novelas, lo de Fresán es literatura a secas. De hecho, cada vez va menos al cine. “Mi libido está en la literatura”, dice.

“Los jardines de Kensington” (2003) era esa novela donde el rockero periodista y escritor Peter Hook se sumerge en la vida de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, mezclando magistralmente toda la cultura popular de Occidente (Walt Disney, Beatles) con la Inglaterra victoriana. Tampoco faltaba el pueblo mítico de Canciones Tristes, una constante en su obra. Su éxito y por ende traducciones han impedido la salida de la nueva novela –sin título aún– que Fresán ya tiene lista, al menos en su primera versión, desde el año pasado. El chico no para de escribir, aunque asegura no creer en las rutinas y en los consejos-para-escritores, renegando además del mote de “escritor pop” con que cada artículo periodístico le adjudica. “No tengo una enorme y total conciencia de lo que hago”, concluye.

“Siento que cada vez hay menos escritores. Se ha perdido bastante el glamour en el oficio y si eres bueno te publican, independiente de los gerentes de marketing de las editoriales”. Después, silencio incómodo vía telefónica. Casi como los del malhumorado Dylan en el documental “Don’t look back” (1967). Volvamos a su héroe.

El COWBOY ELÉCTRICO

¿Cómo traducir el título “Like a Rolling Stones” para que se entienda a la primera?. “Lo difícil de traducirlo es que él trabaja mucho con el argot de los años ’30. O también formas de lenguaje inglés muy primitivo donde una frase puede significar cinco o seis cosas. Sus letras, además, no tienen la ambición cronista de Ray Davis (The Kinks) o la poesía casi matemática de Leonard Cohen, o la sencillez de los Beatles o la estupidez hormonal de los Rolling Stones”, dice soltando una carcajada.

La clave estaría en la inimitable forma en que Dylan frasea, cómo va lanzando sus palabras cargadas de fuego sobre los acordes. “Y sí, estoy preparado y resignado a que miles de personas se lancen contra mí tras leer el trabajo”, afirma y sigue riéndose con la seguridad que probablemente eso nunca le pasará.

YO CANTÉ CON DYLAN

Hace un par de semanas, Fresán tuvo un nuevo encuentro con el músico en Girona (España). Entre un público “pijo” de polera Lacoste, el compositor se bajó de la van instalada al mismo lado del escenario, tocó y se fue. “Si te fijas, Dylan logró convertirse en lo que siempre quiso ser, en el modelo de músico que él admiraba. Una especie de cowboy-tahúr. Y también es un punk, porque la gente esperaba ver al autor de “Blowin the wind” y apareció este tipo con su voz de vómito monstruoso. Quedaron aterrorizados”.

Fresán escuchó “Modern times” y le encantó. De hecho, cree que estamos asistiendo a la mejor etapa de su carrera. La más plena. Esa donde Dylan se reeduca y se pega la vuelta completa hacia sus orígenes. “Es prácticamente el primer rockero que le canta a la tercera edad y riéndose a carcajadas. Como un personaje loco de Lucky Luck”, dice.

–Lo último. ¿Algo que contarnos sobre esa vez que subiste al escenario a hacer los coros de una canción con Bob?

– No quiero contarla más. Ya está escrita. Pero debo decir que ahora no podría repetirlo. Me moriría tal vez.

Y claro, Fresán como su héroe, tampoco quiere repetirse. Y nos obliga a reventar el Google hasta enterarnos de esa noche surrealista en Davenport (Estados Unidos) donde aún no sabe cómo consiguió subirse al escenario, mirarlo detenidamente y cantar junto a él. Ahí, Fresán efectivamente se volvió Dylan.

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