Tom Waits: Voz de Mala Muerte

Vivió dentro de una botella de whisky. Dio tumbos, vagabundeó y aporreó pianos para sobrevivir. Se salvó y se convirtió en personaje de culto en películas de Coppola y Jarmusch. Su música es como el grito de un perro alcohólico. Éste es su aullido en avenida Corrient

 

1176156009_850215_0000000000_sumario_normal.jpg

Por J.C. Ramírez Figueroa (29 de abril 2007, La Nación Domingo)

Barreras papales en avenida Corrientes. Es sábado por la noche, hace calor y los transeúntes abandonan la rutina de cafés-librerías-teatro para apretujarse frente al Teatro Presidente Alvear. Hay guardias y una pantalla gigante. “Venite pronto, che. Tom Waits dará una conferencia y dicen que también va a tocar. Pero no nos dejan entrar sin invitación, la puta que los parió”, grita un flaco de barba por su celular.

Suspenso. Una van se estaciona. Se abren las barreras y ante la incredulidad de los fans, Waits se baja, levanta la mano derecha y saluda amablemente, sin quitarse su mítico sombrero. Saltan los celulares y cámaras digitales.

Es que su llegada a esta clase magistral organizada por el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) debía ser inmortalizada. Sobre todo si se sabe que al músico le cuesta dar entrevistas y salir de giras. “Prefiero pasármela en la casa con mi esposa”, dice.

Después de todo tiene 59 y hace rato que abandonó la mala vida.

Adentro se encienden las luces. Hay un piano. Afuera, todos los ojos son para la pantalla gigante. Los periodistas encargados de conducir la entrevista lo saludan. Antes de decir “hola”, la audiencia está en su bolsillo.

PAPÁ DE LEJOS

Antes nadie quería a Tom Waits. Ni siquiera él mismo. Ya a los 18 años era un viejo que daba tumbos por Los Ángeles, con una petaca de whisky y su voz de monstruo, buscando cualquier antro abierto y equipado con piano. Eran los ’60 y, como fugado de una novela de Bukowsky, trazaba un plan para completar el puzzle dejado por su padre ausente. Imitándolo, Tom había abandonando su hogar.

“Mi padre era pura rebeldía por partida doble”, confesaría el músico a la revista “Mojo” el 2004. El hombre que puso el semen en su historia era un cantante y viejo bohemio llamado Jessie Frank, en honor a los bandidos Jessie y Frank James. Él le enseñó en guitarra las canciones de Woodie Guthrie, Harry Belafonte y algunos corridos mexicanos. En los restaurantes, cada vez que cruzaban la frontera, papá Waits pedía a los mariachis que cantaran en la mesa. Al final, la familia regresaba al hotel, mientras Jessie seguía cantando con los mexicanos. El padre regresaba al alba después de dormir en las colinas, mirando las luces de la ciudad y tomando tequila.
Entonces, el adolescente Tom convirtió a Louis Armstrong, Nat King Cole y Howlin Wolf en sus figuras paternas. Pasó de largo la efervescencia de Los Beatles y su único contacto con la “contracultura” fue al dispararle casualmente a un amigo mientras practicaban puntería. En el hospital, un primo hippie visitó al herido, entonces intrigado por las piernas que abría la ciudad de San Francisco, Waits partió a la cuna del “verano del amor”. Ahí se interesó más en la célebre Librería City Lights que en los recitales de Jefferson Airplane. Tom ya era el vivo retrato de su padre.

Pero algún error habrá cometido en su destilada búsqueda paterna que, tras canciones, borracheras, vagabundeo y la edición de “Closing time” (1973), su sorprendente debut, fue adoptado por Frank Zappa para telonear sus shows.

ZAPPA

“Era una experiencia religiosa. Como si me tiraran a los leones. La primera noche inventaron un cantito para pifiarme diciéndome que era malísimo. Creo que Zappa me estaba usando como termómetro rectal, claro que no en el sentido literal, ja, ja, ja, sino para medir la temperatura del público, gente muy melómana. Cuando terminaba, él me preguntaba: ‘Hey, Tom, cómo está la gente hoy’. Era una situación tristísima, pero pensaba: el show business es así y estoy pagando el piso. Así desarrollé un gran sentido del humor”, dice moviendo las manos.

Envalentonado por la experiencia, siguió dándole al trago y a la composición. Sus atmósferas etílicas, pianos maltratados, espesos riffs e historias degeneradas fueron una patada en las bolas a la industria musical. Porque para entender a Waits no puedes poner sus discos mientras haces el aseo o comes con amigos: debes ensimismarte.

“A todos nos gustan las canciones”, dice con esa voz de perro adicto al gin. “Lo importante es que a ellas les gustes tú. Por eso debes coquetearlas, hacerte el interesante, para que se queden contigo. Pero es un lío mantenerte atractivo todo el tiempo para que no te abandonen. Hay que seducirlas. Uno hace las canciones cuando ellas desean que lo hagas. ¿Desaprovecharás el momento? Si lo haces, al final te enojas mucho, porque después termina escribiéndolas Bruce Springsteen”.

MÚSICA PARA LOS OJOS

Waits dice que aunque le guste mucho trabajar en cine no se considera actor y reconoce que “las películas son caras y difíciles de hacer”. Fue camarero en “La ley de la calle”, de Coppola; colaboró con Godard; estuvo en “Vidas cruzadas”, del finado Altman; se hizo amigo de Roberto (“La vida es bella”) Benigni y Jim Jarmusch. ¿Cómo olvidarlo filosofando con Iggy Pop en “Coffe & amp; cigarettes”?

“Si no te gusta tanto tu papel, pero aceptas trabajar igual, te aseguro que a la mitad de la grabación ya te quieres matar. Es como una relación de pareja: algo infernal puede salir en el camino”.

Su fuerte, claro, son las canciones para bandas sonoras: “One from the heart” (del mismo Francis Ford), “Una noche en la tierra”, “El club de la pelea”, “12 monos”, “La tormenta perfecta”, “Shrek 2”. Siempre con el inconfundible toque de sus manos sobre el piano. “A veces quieren que mejores y salves una película con una canción. Y eso no se puede. Aunque a ratos una canción puede iluminar un filme, pero no sé las leyes para lograr ese efecto”.

WAITS PORTEÑO

Fueron las profundidades de los ’80 entre la cirrosis, amigos y proyectos cinematográficos donde finalmente Waits se convirtió en hombre. En esos años abandonó el alcohol que jamás interrumpió su actividad compositiva, reconoció su gusto por The Rolling Stones y formó una familia. “Mi hijo es el baterista de mi banda y se queja que le pago poco”, confesó en Argentina.

De su padre quedó el amor por la tradición musical estadounidense y la voz: “Desde niño, que usaba bastón y trataba de hablar ronco como los adultos”. Ahora lo vemos con cara de enojado, impecablemente vestido, arriesgándose a grabar discos triples para el pequeño sello independiente Anti, como si volviera a tener 17 años, y cerrando la Master Class aporreando el piano para tocar “You can never hold back springs” y “Tom Trambeurt`s Blues”.

Al final, y antes que el público recuperara la respiración, tomó la van y se fue a cenar con el mediático gobernador de la ciudad, Jorge Telerman, alguien le dijo a Waits que viera a la Orquesta Típica Fernández Fierro, unos jóvenes tangueros con look rocker que estuvieron hace poco en Chile. También estuvo en Liniers viendo el partido entre Vélez y Boca. Nadie supo de su tour secreto por teatros porteños, como el Gran Rex. Emocionado por la devoción argentina, buscó un local donde hacer algún show. El Luna Park le pareció horrible.LCD


TOM RIDER

CAPO DE RADAR

“¿Qué pasará arriba?”, le preguntó Waits a Martín Pérez (editor de Radar de “Página12” y uno de los encargados de conducir la entrevista). “Este teatro está lleno de gente que no sabe inglés, pero sabe las letras de todas tus canciones. Lo que sea que hagas va a estar bien”, le respondió, pero el músico no se convencía. “Me sorprendió lo nervioso que estaba, al punto que necesitó usarnos a nosotros, los que lo entrevistamos para tranquilizarse”, cuenta Martín. “Como artista, es un sobreviviente de las guerras de los ’70, el que más se dedicó al alcohol. Y realmente es uno de los mejores letristas desde Johnny Mercer, algo que nadie podría negar después de escuchar ‘Orphans’, el disco triple que recién editó”.

JÁLATE AL ABUELO

Keith Richards participó en la sesiones de “Rain dogs”, aunque Waits se confesó incapaz de seguirle su ritmo tóxico. A propósito de las declaraciones del Stone, diciendo que jaló las cenizas de su padre, Waits dice: “Bueno, no puedo opinar de eso. Total, eran las cenizas de ‘su’ padre, no del mío”.

BICHO RARO

Junto al escritor William Burroughs colaboró en una obra musical (“operística humorística”) “The black Rider”. “Hablaba todo el tiempo de reptiles, armas e insectos. Si le conversabas de eso, le caías bien”, dijo Waits.

JOAQUINITO

Joaquin Sabina: “Yo quería ser como Tom Waits, sabiendo que si hubiese nacido en España jamás hubiese encontrado disquera. Waits también es rock and roll”.


“Closing time” (1973)

Su debut. El equivalente a una larga noche en una taberna, atendida por un Waits pianista, rudo y confidente. Sorprende su voz ronquísima que con el tiempo iría volviéndose prácticamente death metal. Jazz, rithym and blues y una canción que fue versionada por Tim Buckley ese mismo año: “Martha”.

“Small change” (1976)

Disco que potenciado por su evolución poética fue muy popular en pleno advenimiento punk. “Step right out” o el mismo “Tom Traubert Blues”. Piano, bohemia y sobria ebriedad. Mucho piano y saxofón para ambientes sórdidos.

“Rain dogs” (1985)

Una tapa que cruza perfecto el “London Calling” con cualquiera de los Smiths. Acá hay rock primario con instrumentos como el trombón, la marimba y el banjo, pero con unas guitarras espesas tapándolo todo en función de canciones como el hit “Downtown nain” o “Big black Mariah”, con su adorado Keith Richards en guitarras.

“Bone machine” (1992)

Un disco bruto que jamás será un hit, pero, como bien señalaba la revista Mojo, “marca un punto aparte en su carrera”. Rock and roll de ultratumba, voces que asustan y pulsiones africanas. El ADN del sonido negro, reactualizado en un disco/juego que al parecer dejó muy contento a su autor y a nosotros nos sirve para disfrutarlo y sobre todo conocer los límites creativos del viejo Waits.

“Orphans” (2006)

Su último e impresionante disco triple. “Orphans: Brawlers, bawlers and bastards” (“Huérfanos: Alborotadores, gritones y bastardos”, ¿un guiño a las novelas de Soriano?). Una eléctrica y poderosa colección de versiones de rockabilly, country, blues y folk tan buena como manejar un Cadillac por las míticas carreteras yanquis con un grupo de forajidos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s