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Por J.C. Ramírez Figueroa (11 de enero 2008, Emol)

Tanto que se habla de Violeta Parra y su discografía completa ni siquiera está editada en Chile. Tampoco suena en las radios, por increíble que parezca. Ni siquiera se conoce su obra más allá de los contornos de “Gracias a la vida”, “Volver a los 17” y “Parabienes al revés”. Grave, considerando la lúcida observación de Fito Paez hace unos años: “La ventaja que tenemos frente a cualquier anglosajón es que ellos sólo tienen a los Beatles. En cambio nosotros los tenemos a ellos y Violeta Parra”.

El misterio de Violeta es tan grande que, resistiéndose a convertirse en estatua, poster o cliché, resucita en cada músico que interpreta sus composiciones. La obra de una mujer herida por la realidad y que busca a través de sus grietas algún pedazo de verdad. Un milagro que palpita en su extraordinario cancionero y revive intacto en las bocas y manos de gente como Javiera Mena y Primavera de Praga, pasando por Muza y el Ángel Parra Trío. En esta exploración de la “condición humana” desarrollada por la compositora radica el profundo sentido de sus canciones, capaces de convertir una piedra en oro puro.

Así, una banda desganada como Los Tres recupera el goce de cantar y tocar en “Gracias a la vida”. Incluso Álvaro Henríquez tiene la elegancia y el respeto de mantener la letra original: “entre las multitudes / el hombre que yo amo”. Gonzalo Yañez deja de vampirizar a Andrés Calamaro y es capaz de apretarte la garganta, siendo él mismo, en la muy sadcore “Maldigo al alto cielo”. De Saloon visten de guitarras eléctricas arpegiadas el vals chilote “Qué pena siente el alma” y logran eso que Violeta intuyó al recopilarlo: mezclar una melodía dulce con una letra amarga es devastador.

También hay experimentos electro-pop bastante logrados como “Ausencia” (con Javiera Mena y Diego Morales), y versiones que no necesariamente llegan a un buen puerto como “Ayúdame Valentina” de Gepe: ¿es necesario seguir cantando de esa manera, casi como parodiando el fraseo campesino?. Jorge González versiona la misma canción de Los Tres en un arriesgado tono grave que, impresionantemente jamás desafina. Si bien, en vivo puede conmover, acá pierde intención y profundidad, comparado con aquello que logran los penquistas.

Francisca Valenzuela, acompañada sólo con su piano hace una versión tan buena de “Run run se fue pa’l norte” que dan ganas de que su próximo disco fuera así de intenso, en lugar de marketear a una señorita enojada. Y no es una observación cualquiera: es tal vez la mejor versión de todo el disco. Lo bueno de los discos tributos es el cariño con el que están grabados. Acá, se incluyen covers no necesariamente hechos para este proyecto como la muy difundida, gracias a al telenovela “La Fiera”, “El Albertío” (Javiera y Los Imposibles) o “La exiliada del sur” (Los Bunkers). Y sobretodo con una compositora como Violeta Parra que aunque pasen los años y jamás puedas comprar sus obras completas en desquerías, sigue involucrándote con sus canciones, como si fueran capaces de detener todos los relojes. Eso, no lo hace casi nadie en estos días.

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