Ringo Starr: El señor de los anillos

Ringo Starr a pesar de ser el Beatle más querido en Estados Unidos, siempre se sintió inseguro por no hacer solos de batería. Los odiaba, porque sabía que su instrumento debía estar al servicio de las canciones. Después de mucho tiempo haciendo covers con su All Starr Band, regresa con un nuevo disco y con el convencimiento de que el mundo no es capaz de imaginar a Los Beatles sin él.

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Por J.C. Ramírez Figueroa, 20 de enero 2008, Artes y Letras.
Ringo fue el primero en renunciar a ser un Bea-tle. Eran las sesiones del “Album Blanco” (1968) y acababa de grabar las baterías de “Helter Skelter”, la canción más bestial jamás compuesta por los Beatles. Una caótica reacción de Paul McCartney ante declaraciones de Pete Townshend sobre lo supuestamente “heavy” y “desmadrado” que sería el nuevo single de los Who. La tercera y penúltima toma de la canción -cuyo título alude a un tobogán en espiral, popular en Inglaterra- duraba 27 minutos. Fue la más larga de toda la historia del cuarteto. Tan estresado estaba el baterista que en la versión que salió en el disco, entre cambios de volumen y guitarras recargadas, quedó registrada su frase: “I’ve got blisters on my fingers!” (“tengo ampollas en los dedos!”).

“Me marché por dos razones: pensé que no tocaba bien, y que los otros tres se sentían felices y unidos y yo no encajaba en el grupo” confesó Ringo en “Anthology” (2000). Después fue a visitar personalmente a cada uno de sus compañeros para decirles que no se sentía querido. Tal como en esa profética escena de “A Hard Day`s Night” (1964) donde se siente tan podrido que va a perderse en una playa, mientras de fondo suena “This Boy” (en los créditos aparecía como “Ringo’s theme”)

El renunciado baterista -que firma sus cheques como Richard Starkey- viajó a la isla de Cerdeña y se dedicó a tomar sol y andar en barco. El capitán le explicaba que los pulpos recolectan piedras preciosas, latas y botellas para ponerlas frente a su cueva como un jardín. Al músico le fascinó la idea y compuso “Octopus Garden”. “En aquella época yo también deseaba vivir en el fondo del mar”, declaró.

Hasta que llegó un telegrama firmado por George, John y Paul: “Eres el mejor baterista de rock del mundo. Vuelve a casa, te queremos”. Cuarenta años después del episodio que, aunque produjo el rotundo “Abbey Road” (1969), no logró salvar a la banda, Ringo está aquí, allá y en todas partes gracias a “Liverpool 8”. Si bien no ha parado de colaborar y sacar otros discos, este es el primero en demasiado tiempo que logra hacer tanto ruido como su clásico álbum de covers “Sentimental Journey” (1970) o el “Time takes time” (1992). La pregunta es, ¿podrá el mundo alguna vez tomarlo tan en serio como cuando renunció a su banda?

Con sus dedos llenos de anillos (“rings”), su carisma y conocimiento del mundo del espectáculo, Ringo fue el primer baterista “mediático” del rock. Un inspirador de miles de vocaciones por los bombos y platillos que paradójicamente fue arrasado por la pirotecnia y los solos interminables que dominaron la escena desde Keith Moon (The Who) y Mitch Mitchell (Jimi Hendrix Experience) en adelante. De hecho no es un invitado regular a las listas de grandes bateristas del rock.

Un buen Beatle

Pero con una mano en el corazón: ¿es posible concebir un universo paralelo donde el baterista de Los Beatles no sea Ringo? Beatlemanía, shows de televisión, la polémica gira del 66, viajes a la India, tensión en el estudio, Ringo, firme con las baquetas lo soportó todo. Incluso que sea históricamente reducido al “Beatle divertido”.

Un tipo capaz de decir con una inocencia desconcertante que su único sueño con el dinero que estaba ganando sería montar una “cadena de peluquerías, esas donde van las señoras elegantes”. O también, de bajarse, mover la batería y tocar en esos rudimentarios recitales de estadio estadounidenses, donde debían ir girando para dar la cara a todo el público que los rodeaba.

Sin Ringo, las películas de los Beatles no tendrían gracia. No por casualidad era el más querido de los cuatro en Estados Unidos. Tampoco estarían esas ingeniosas frases-eslogan salidas de su boca como “A Hard Day’s Night” (traducida en España como “Que noche la de aquel día”) o “Tomorrow Never knows”. Lennon las llamó “ringoísmos”. Tampoco habría ni “Yellow Sumarine”, ni los temas uno de las caras b, ni covers de rock and roll como “Honey Don’t” (de Carl Perkins), delirios tipo “You Know my name” (última cara b de la banda) o “With a Little help from my friends”. Temas compuestos por Lennon-McCartney pensando en su voz. Especialmente este último donde eleva su voz al máximo gracias al paciente ensayo en los estudios de Abbey Road. Y claro, tampoco tendríamos la ultramarina “Octopus Garden” compuesta por él.

“Eres el mejor”

Antes de los Beatles, la batería en el rock era cuadrada y algo aburrida. Con Ringo el instrumento recuperó el mismo protagonismo que en el jazz. Primero con el característico sonido de los platillos siempre arriba en clásicos como “Can’t buy me love”, una necesidad sonora debido al alto volumen de gritos de chicas en los conciertos. Luego, con las precisas figuras que creaba con sus instrumentos desde “Ticket to ride” en adelante. En este creaba un “pattern” de batería tan clásico y original como un riff de guitarra. Esto se repetiría en “Come Together” y “Tomorrows Never Knows” que para muchos, marca la cima de la música pop, siendo rescatada durante el auge de la música electrónica de fines de los noventas.

Después de la separación, Ringo se dedicó a colaborar con los otros tres Beatles por separado (es que no podían vivir sin él), participar en algunas películas, sacar discos más por placer que por obligación y salir de gira con la All Starr Band y The Rounheads (con músicos como David Gilmour, Billy Preston o Quincy Jones). Y ojo, que sus discos no están nada mal: “Ringo” (1973), “Goodnight Viena” (1974), Vertical Man (1998) y Ringorama (2003) . Incluso sacó un disco navideño llamado “I Wanna Be Santa Claus” (1999). Y su sentido del humor y citas a su legendaria banda se agradecen, porque debe ser realmente complicado vivir con el peso de haber cambiado la historia de la música Pop.

Ringo odiaba los solos de batería, porque intuía que si el instrumento no está al servicio de la canción, nada puede resultar bien. Pero también sabía que esa actitud generaba ciertos comentarios en otros bateristas que creían que una buena técnica eran 30 minutos de redobles. “Sus mejores cualidades eran la intuición, su sensibilidad y la firmeza de su ritmo. Siempre digo que si puedes dejar a un baterista solo y darle la espalda eres un tipo con suerte. Bastaba con indicar a Ringo la canción que íbamos a tocar, que sonaba fantástico y un ritmo firme y sostenido a tus espaldas”, señala McCartney.

A juzgar por el revuelo provocado durante la presentación del nuevo disco, parece que al fin el gran público está poniéndose de acuerdo en lo último en que The Beatles estaban de acuerdo: qué buen batero es Ringo. ¿Y que dice él?: “No soy un batería técnico de esos que se pasan 9 horas practicando al día. Pero cree un estilo, que con el Ginger Baker es el válido para el rock moderno.”

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