Trauko Contraataca

La mítica revista ochentera cumplió 21 años. Y un admirador decidió ir en busca de sus héroes y grabar un documental. En el camino descubrió la influencia de dos españoles que vinieron a hacer negocios, el precio que debió pagar su generación de dibujantes y el legado “interrupto” de sus dibujantes. Todo eso será parte de un libro, documental y exposición el 28 de julio.

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Por J.C. Ramírez Figueroa  (19 julio 2009, La Nación Domingo).

UNA MUJER ENCADENADA da la espalda a La Moneda en llamas. Un vendedor ambulante escapa de los carabineros y ¡justo! se le cae la mercancía. Otro tipo, más joven destapa su cabeza y del cerebro brotan los colores de Jamaica.
Son algunos protagonistas de las tapas de la revista Trauko, un “cómic mensual para adultos” editado entre 1988 y 1991, cuyos treinta y seis números se convirtieron en testimonio de la resistencia underground a Pinochet.
Pero fueron sus mujeres ilustradas las que agotaron sus ediciones. Punkies o chicas posmo sin sostenes y con cara de orgasmo. Una metáfora de la calentura adolescente de una sociedad que era tratada como niño.
“A los quince, en las vacaciones, despertaba y ya estaban mis amigos del barrio leyéndolas en mi pieza”, recuerda el documentalista Rodrigo Araya (36), mientras saca de su mochila la colección completa de la revista. “El precio de Trauko era como de unos tres mil pesos de ahora, así que no la prestaba”, dice sin reírse.
Este año, Trauko cumpliría la mayoría de edad ochentera: veintiún años. La edad legal que permitía comprarla en los kioscos. Y Araya decidió hacer algo: se compró una cámara digital y, mientras terminaba el documental “Gladys” -sobre Gladys Marín, que sólo se ha mostrado en poblaciones y eventos universitarios- empezó a armarse un mapa de contactos y entrevistas, googleando los nombres de los dibujantes y guionistas de este engendro contracultural, censurado en dictadura y cuestionado en democracia.
EL MITO TRAUKO
“Hay mucho mito sobre el origen de Trauko. La verdad es que se trataba de unos españoles que querían invertir acá. Porque, a pesar de la famosa querella del número 19 (ver recuadro), la revista era un buen negocio. Antes, por ejemplo, el número once se agotó: era el primero donde salían unas tetas. ¡Y eran dibujadas!”, dice Araya.
Esto lo fue averiguando, mientras entrevistaba y recopilaba información de la revista. Sin muchas complicaciones, Araya se contactó con Antonio Arroyo, uno de los españoles fundadores de la revista. Terminó invitándolo a Madrid para que grabara personalmente la entrevista, la embajada española le financió los pasajes y terminó trayendose un VHS de la época, algunos números que le faltaban y parte del puzzle armada.
La historia sería más o menos así: en 1986, Arroyo y su compatriota Pedro Bueno, treinteañeros fanáticos del cómic, recorrían Latinoamérica. Cuando llegan a La Paz, Bolivia, ven que sus quioscos están repletos de historietas españolas como “Víbora” o “Heavy Metal”. Allí conocen al exiliado chileno Emilio Ruz. El papá de su novia tiene una imprenta. La tropa decide instalarse en Santiago y replicar “la movida”, aprovechando las promesas libertarias de las elecciones del ’89.
ESCÁNDALOS Y MONITOS
El primer número apareció en abril de 1988. Aunque se explicaba que era “para adultos”, la tapa era un infantil dibujo de un alien abrazando a una señorita. Allí debutaba Checho López, un cesante bigotudo y con mala suerte que retrataba amargamente al chileno medio. Esta saga de Martín Ramírez acompañó prácticamente todas las ediciones de la revista. También aparecía el internacionalmente famoso Moebius.
“Pirateaban sin descaro. Así conocí a Robert Crumb, Hugo Pratt, Milo Manara y el resto. Su criterio era que el público chileno conociera a estos autores. Además, los españoles se topaban con ellos en bienales y sabían que no se iban a enojar. Tampoco habían tantos autores chilenos para cubrir un ejemplar”.
Alentados por los ibéricos, el staff nacional comenzó a mostrar las garras. Estos foguearon en el cómic a unos adolescentes Ramírez, Miguel Hiza, Marcela Trujillo, Karto o Clamton (el mejor de todos según muchos, que murió prematuramente a los 26 años). Comienzan a erotizarse las portadas, influidas por la perversa inocencia del cómic contracultural gringo, la adultez europea y la estética new wave.
La revista número ocho fue la primera en meter ruido. “Si un desconocido te ofrece una flor” (De la Cruz) mostraba a un tipo que detenía a una niña que vendía flores. Terminan teniendo sexo en un motel. Aunque jamás se explicita que es un carabinero, el mensaje queda claro.
Luego vendrían rockeros que coquetean en Viña con un sacerdote igual al Raúl Hasbún (“¿Quien le tema al monstruo de Penca del Mar?”) o padres cuicos matando a sus propios hijos que se atreven a enamorarse de niñas pobres (“El muro de Santiago”). También aparecía Sexual Democracia diciendo que Los Prisioneros estaban muertos, Jodorowsky hablando de psicomagia o Mario Rojas entrevistando a un Roberto Parra indignado porque las señoras elegantes lo trataban de “hombrecito”.
Pero el cómic que haría historia fue “Noche güena” de Marcela Trujillo en dibujos y Huevo Díaz en guión. Una feroz parodia a la Navidad, donde se ve explícitamente el nacimiento de un Jesús barbudo. Luego aparece el Viejo Pascuero con sus renos propulsados a pedos, mientras los gatos Afrod y Ziaco los miraban.
CÓMIC-MENTAL
A pesar de esas chorezas, el legado de la revista quedó “interrupto”. Se puede ver -como ratifica el mismo autor- en la Nueva Gráfica Chilena, el colectivo Kiltraza, o los fanzines, pero algo quedó trunco.
Eso se puede ver en el documental: a los ex adolescentes cuestionándose o lamentando no haber podido seguir en lo mismo. “Es un asunto económico. El sistema cambió y estabas obligado a trabajar para sobrevivir y el cómic no te daba para eso. Recuerda que estos autores partieron a los dieciocho años nomás”, dice Araya.
Cuarenta horas de grabación, aparte de segmentos de “Ene TV” o “Extra jóvenes” donde aparece Karto enseñando a dibujar o Felipe Camiroaga entrevistando a Antonio Arroyo. También hay declaraciones (ver recuadro) y la crónica de una revista que de tanta falta de apoyo (nunca tuvo auspiciadores grandes) y cuestionamientos (los acusaban de indecentes, pornográficos, sin respeto), terminó en marzo de 1991 con todos sus colaboradores buscando trabajo y los españoles regresando a casa.
“Es verdad, es un terreno virgen que aún no se ha explotado mucho. La movida que esperaban los españoles nunca llegó y la revista terminó cerrándose”, dice Arroyo mientras hojea su colección, que, hay que decirlo, aun hoy se ve muy adelantada.
El documental se estrenará en una versión en el Festival Iberoamericano de Cómic en el Centro Cultural de España (22 de julio-14 agosto). Se trata de una versión “en progreso”. Sí, porque Arroyo quiere grabar también lo que ocurra en el evento e incluirlo en su obra. Además, se expondrán originales de la época y se invitará desde España a los editores y se lanzará el libro “Trauko tributo” (Ocho Libros Editores), donde viejos y nuevos autores versionan a los personajes clásicos de la revista. Pero Araya aspira a más: quiere publicar libros con las obras completas de los autores publicados en la revista. “Ahí tienes a Clamton que desapareció prematuramente. Si hubiese resistido diez o veinte años más, quizá se habría ganado más de un Fondart ” LCD

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