¿Se han devaluado los festivales de rock?

sta semana se confirmó el “Maquinaria Festival” para el 9 de octubre en el Club Hípico. Dos escenarios y diez bandas encabezadas por Pixies que celebran los veinte años del disco “Doolittle”. Sin embargo, es posible detectar cierta fatiga de materiales en el modelo festivalero que acá aun es una novedad.

J.C. Ramírez Figueroa (13 de junio 2010, Artes y Letras)

Abbie Hoffman (1936-1989) fue un activista estadounidense, fundador del movimiento “yippie” (diminutivo de Youth International Party) y ardiente promotor del anarco/comunismo. En pleno Festival de Woodstock, el domingo 17 de agosto de 1969, alrededor de las cinco de la mañana, interrumpió el show de The Who , para exigir la libertad del manager de los MC5 , encarcelado por convidar marihuana a unos agentes encubiertos.

Pete Townshend, el guitarrista, lo obligó a bajarse del escenario, no sin antes insultarlo. La leyenda dice que también lo golpeó con la guitarra en la cabeza, pero no hay fotos ni videos, sólo un audio. “Nación Woodstock” llamaría Hoffman al festival que saboteó, consciente del gran negocio de instrumentalizar la mística “hippie”. Para él era su público quien redimía al evento. Y durante el juicio por incitar los disturbios de Chicago el año anterior, dijo, muy serio, que ese país “no es un lugar, sino un estado mental; de la misma forma que los sioux llevan su nación consigo”.

El juez le siguió el juego: “¿Cuál sería la dirección?… ¿Dónde estaría Woodstock”. “En mi cabeza”, diría Hoffman.Episodios delirantes como éstos ya no parecen darse. Los festivales como espacio para la contracultura (o su apariencia), las sorpresas o el riesgo musical se han convertido en una simple experiencia de consumo. A diferencia de los eventos “fundacionales”, el Monterrey Pop Festival (1967), Woodstock (1969) o Isla de Wight (1970), la organización es tan perfecta y mecanizada, que bandas tocan cronometradas una tras otra, interpretan sus hits , algunas piezas del disco nuevo y se van, como quien hace un trámite en el cajero automático.

¿Vivimos una devaluación de la experiencia “en vivo” como disparador afectivo y musical? ¿O es que simplemente el contexto cambió?Del “Arena rock” a “In Rainbows”: el negocio no cambiaEn los setenta, artistas como David Bowie, New York Dolls , Pink Floyd , Queen o Kiss se apropiaron -con mayor o menor éxito- de lenguajes teatrales, del music hall, y hasta ópera para producir espectáculos multitudinarios. Se llamaría arena rock, debido a que en las giras por Norteamérica, los recintos más aptos eran arenas deportivas. Ensayistas como Greil Marcus insistieron más adelante en el carácter pagano-litúrgico de los shows. Actos de comunión colectiva. Aunque Hebert Marcuse lo diría mejor en 1977: “El arte lucha contra la cosificación al hacer hablar, cantar y, quizá, bailar a los hombres y las cosas petrificadas”.

Sin embargo, bandas continuistas del arena rock como U2 , con bastante cinismo, declaraban lo triste que es tocar para un público al que no pueden “mirar a los ojos”. La crisis discográfica de la década pasada sólo potenciaría el formato de megarrecital, en reemplazo de los discos que se filtran en segundos por los blogs y mediafire . Notable es el caso de “In rainbows” (2007), de Radiohead , que tras vender el disco al precio que el auditor quisiera (supuestamente, cansados de la “industria”), publicó CD, boxset, renovó con un sello, y se fue de gira por el mundo, hasta llegar a Chile. Es decir, la misma ruta de siempre. “Las compañías discográficas siempre son el demonio que va en contra de la sensibilidad y bondad de la banda, que sólo piensan en ser artistas. Pero estas bandas, a la hora de pedir una cifra exorbitante como caché, indirectamente determinan el precio de las entradas (seguramente ayudados por el empresario local)”, opina Marcos Zurita, crítico de Pink Moon.

El formato: demasiadas bandas y poco tiempo

El festival de rock contemporáneo -desde Coachella al Primavera Sound- consiste en un par de escenarios, terreno para acampar, patio de comidas, venta de souvenirs, espacios para promotores y una lista de bandas de diversos estilos (y popularidades) con shows reducidos a 30 o 40 minutos. Una pauta surgida de estudios de mercado de cualquier negocio, postula Carlos Alonso Romero, del sitio español de cultura mod La Escuela Moderna. “Y en este caso es aún peor, pues se trata de todo un desembarco: una estrategia de reordenación del mercado aplicando economía de escala”, afirma.

La experiencia chilena: aun hay pasión rockera

Muchos se han escandalizado con los precios de las entradas (superiores muchas veces al sueldo mínimo) de los shows de U2 (2005) o Metallica (2009). A pesar del revuelo mediático y los furiosos posteos de internet, ambos shows fueron un éxito de público. Porque a pesar de existir cierto consenso en torno a la torpeza de la Cancha VIP -que hace al público quedar lejos del escenario, a pesar de madrugar frente a la entrada, como pasó com REM en 2008- o las fallas de sonido y organización, las entradas se venden con relativa rapidez.

El periodista de rock Sergio Cancino lo ve como un fenómeno natural tras décadas sin insertarse en el mundo de los conciertos planetarios. “Vivimos toda una dictadura sin megaeventos. Y claramante hoy tienen un factor social bien potente, sobre todo porque las grandes marcas y el marketing se dieron cuenta del negocio. En el pop, sobre todo, se puso bien corporativo el asunto. La idea de cancha VIP es un factor clave. Si pagas, estás al lado. Piensa en la visita de Lenny Kravitz, en el Nacional… con VIP… y sillas en la cancha. Eso mata la pasión rockera de cualquiera”.

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