Cuatro claves de la reinversión de un mercado: ¿Cómo ha logrado sobrevivir a internet la industria musical?

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Aunque no se lo diga en público, la industria musical está mejor que nunca. Gracias a los conciertos en vivo, sólo en Estados Unidos quintuplicó sus ganancias comparadas con 1990. Al parecer la enfermedad -internet- terminó siendo el remedio. Aunque, claro, ahora las bandas y artistas deban trabajar realmente.

J.C. Ramírez Figueroa

Cuando Radiohead lanzó In Rainbows el 10 de octubre de 2007, diversos medios y analistas vaticinaron el fin de la industria musical. Aquel mastodonte corporativo que agrupaba estudios de grabación, managers, presupuestos para hoteles cinco estrellas y extensas campañas de promoción.

La idea de que el usuario pagara lo que quisiera para descargar el disco en mp3 fue calificada de “revolucionaria”. Sumado a la posibilidad de encargar, por un precio fijo, vinilo, postales y CDs. Supuestamente, pasaríamos a un nuevo estadio de independencia, intercambio digital y sin la malvada industria cultural vendiéndonos looks, rebeldía y disidencia para vender más ejemplares.

Pero dos meses después el álbum apareció en formato CD por los canales de distribución normales, y se organizó una gira mundial en la que, naturalmente, no se podía elegir el precio. Algunos hablaron de la mejor campaña de marketing de los últimos tiempos. Sobre todo porque jamás se transparentaron totalmente las ganancias por las descargas en internet. Sí quedó claro que la industria musical supo reaccionar, aunque aparente lo contrario. Un informe de The Economist demuestra que (al contrario del “autoflagelante” discurso antipiratería) la industria del rock/pop aumentó sus ganancias. ¿La clave? Usar internet como antes se hacía con la radio o MTV, y que los músicos trabajen más. Porque ahora la base del negocio retornó a los shows en vivo. Según la agencia Pollstar, citada por el semanario, entre 1990 y 2008 las ganancias por tickets en Estados Unidos se quintuplicaron. Si hace veinte años los recitales facturaban mil millones de dólares, el año pasado se acercaron a los cinco mil millones. A continuación, cuatro claves que han ayudado a levantar la industria, potenciando el interés por los shows en vivo.

La primacía del espectáculo mediático reforzado con hits.

En un contexto en que no se venden discos (en Inglaterra, país melómano por donde se mire, las ventas han bajado un 40% desde 2001, según la British Records Music Industry) no es de extrañar el éxito de Lady Gaga. Tampoco los subproductos Disney como Jonas Brothers, Miley Cirus o Demi Lovato. Menos, la serie Glee (cuyo núcleo son las versiones “corales” de clásicos de Journey, Cindy Lauper y Queen) o el -inteligente- uso de las polémicas mediáticas de Katy Perry. Todos ellos han llevado al límite esa vieja sentencia situacionista de Guy Debord: “La imagen se ha convertido en la forma final de la reificación (cosificación) de la mercancía”.

O, parafraseando, “la imagen es todo, los estribillos nada”. La intoxicación digital de videos en Youtube, posteos de Twitter, links, spots multiplataforma son el caldo de cultivo para desarrollar una imagen marca. El talento corre por asumirse como show las 24 horas y saber utilizar desde un peinado nuevo hasta un paparazzeo. Si antes los hits se reforzaban con la imagen (ahí tienen a Kiss), ahora la imagen necesita ser refrescada por alguna canción pegajosa.

Música ilimitada: lagran jugada promocional.

Quienes han probado Spotify coinciden en que es muy difícil volver a escuchar música como antes. En efecto, con estas aplicaciones, la fantasía de tener todos los discos a la mano se aproxima -al fin- a la realidad. Spotify funciona sobre la base de acuerdos con discográficas que no sólo autorizan a distribuir los discos enteros, sino que también los estrenan en esa plataforma. Pero no por mp3, sino vía streaming: la canción se reproduce automáticamente sin necesidad de bajarla (pagando algunos euros se puede usar en el celular).

Es sencillo: una interfaz principal anuncia las novedades (las reediciones de Bob Dylan o el nuevo disco de Belle and Sebastian). A la izquierda, un menú de búsquedas que busca canciones o artistas. A la derecha, una lista de usuarios con los que compartir canciones o listas de reproducción. Basta hacer click en el nombre del artista para acceder a la discografía, singles, reediciones o compilaciones donde figura. También se muestran bandas relacionadas. ¿Problemas? Sólo funciona en Escandinavia, Inglaterra y España. Sin embargo, ya hay versiones alternativas; una de las más populares es Grooveshark, aunque también Myspace o sitios como Terra tienen discos completos gratis.

Los festivalesrecorren el mundo.

En los próximos meses, Chile tendrá al menos 4 festivales: El Abrazo (cumbre chileno argentina), Live music tour (reggaeton), Sue (pop y electrónica) y Pop Festival (con Katy Perry y Shakira). Hace dos semanas se realizó el Maquinaria 2010, un festival con 3 escenarios que llevó mas de 40 mil personas. Esta fiebre es un fenómeno mundial: las bandas deben trabajar y aprovechar todas las posibilidades, dependiendo de la demanda. Pixies, por ejemplo, se presentó en Maquinaria, y días después ofreció un show exclusivo. En Argentina, Italia, Portugal, Japón y Grecia la experiencia festivalera es similar. Sin olvidar que las bandas ahora viajan más, tal como una empresa, a la conquista de nuevos mercados.

El mercadode la nostalgia.

Da lo mismo que haya sólo dos integrantes originales (Creedence Clearwater Revisited), que la banda se odie (The Police), que no haya un disco nuevo (Sex Pistols), que sean un tributo (Bootleg Beatles) o que el artista esté muerto (Elvis on Tour); la posibilidad de sentir a la banda viva ha sostenido gran parte de los shows de las últimas temporadas. El fetichismo es apoyado con DVDs, temas descartados, versiones mono/stereo, grabaciones de conciertos, diseños de cajas o libros. Así, un fan adulto de rock clásico perfectamente ha comprado más de siete veces la misma grabación: vinilo, cassette, laser disc, CD, remasterización, versión aniversario, caja con extras. Y podemos sumar las compilaciones que se venden en supermercados o Starbucks -¿quien necesita disquerías?

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