El drama y luz de Maná

Por J.C. Ramírez Figueroa (21 de abril 2011, Emol)

2011_drama_y_luzEl cantante Fher Olivera lo reconoció en el lanzamiento madrileño de marzo: “Es un gran disco hecho en el peor año de mi vida”. Pero, a diferencia de rockeros que usaron la misma retórica promocional fatalista como Andrés Calamaro y Honestidad brutal o los mismos Bunkers con Vida de perros, ésta no fue una pasajera crisis amorosa. Fue dolor profundo: el 2010 murieron su madre, su hermana mayor y el hijo que esperaba su esposa. ¿Puede modificar nuestra percepción de Drama y luz el enterarnos de esto? Por un lado, es inevitable escuchar cada canción como reflejo del estado emocional del cantante de Maná. Pero también podemos ser más duros -¿racionales?- y cuestionarnos si era necesario ventilar tanta tragedia. Como si eso justificara la vuelta de la banda al circo del rock latino tras el multiventas Amar es combatir (2006). Si separamos las historias que rodean a Drama y luz -34 meses de grabación, precio de venta fijado por la misma banda, la muerte- y nos centramos en la música, tenemos básicamente una actualización 2011 de Maná. No hay cambios en la marca registrada del cuarteto: romanticismo, sincretismo de ritmos latinos y algo de crítica social didáctica. Es como cuando uno aprieta f5 en el computador y la navegación en internet se hace más ágil, acá la banda suena más conectada con el pop contemporáneo. Y si la tendencia es la eterna vuelta a los ’80 -retromanía, le dicen- acá hay desde sintetizadores a lo Foreigner en “Vuela libre paloma” o sonido nuevaolero tipo The Killers en “Envenéname” y “Latinoamérica”. Incluso en esta última hay unos coros “ramoneros” estilo “hey ho, let’s go”. También hay rock-pop (“Mi reina del dolor”) y por supuesto, montones de baladas: “No te rindas”, “Amor clandestino”, “El verdadero amor perdona”. Precisamente en esta marca registrada que hablábamos están las fortalezas. Por ejemplo, la excelente calidad de sus músicos. El guitarrista Sergio Vallín puede pasar de los arpegios más dulces a los riffs (“Dragón”, “El espejo”), sin jamás caer en el protagonismo bobo. O el baterista Alejandro González que suena increíblemente contenido para la cantidad de recursos que maneja. De ahí que es imposible encontrar una canción “mal tocada” o “armada”. Los estribillos están donde deben estar, los arreglos suenan impecables, las letras simples pero al grano. También destaca cierta “conciencia política” que los hace escribir una parábola crítica del viejo catolicismo: “Sor María” (que se conecta con la historia de “El espejo”). En lugar de la metralleta de palabras y conceptos afterpop de Calle 13, acá son sólo escenas: María encarcelada en el convento. Luego, recordando lo que decían sus superiores. Y finalmente la historia: se enamoró y fue sorprendida en el acto. Todo con secciones de cuerdas y coros gregorianos. Pero sobre todo destaca “Latinoamérica”, que retrata cómo nos ven realmente desde Estados Unidos. Por supuesto que es una visión básica, tanto como gran parte de la música contenida en el disco. Pero si hay fans que necesitan la música de Maná, tal como otros necesitan de Mike Patton o Sonic Youth para sobrevivir. ¿no está bueno que Maná contrabandee algo de “actualidad” entre tanta letra y música romántica y melodramática?

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