Despidan a esos desgraciados — Jack Green

La asombrosa investigación de Jack Green rescatada en ¡Despidan a esos desgraciados! es, sin dudas, de lo mejor que hemos leído este año. El ajuste decuentas de un fan con los críticos que -ups- no habían leído ni una página de un libro de casi 1.000 que varias décadas después sería considerado una obra maestra.

¡DESPIDAN A ESOS DESGRACIADOS! Ensayo-Investigación sobre la crítica. Por Jack Green. Original: Fire the bastards! (1992). Traducción: Rubén Martín Giráldez. Prólogo: José Luis Amores. Alpha Decay, Colección Héroes Modernos. Barcelona, 2011. 205 páginas.

Por J.C. Ramírez Figueroa

Enrigor eran 959 páginas, las que tenía la novela The Recognitions de William Gaddis. Un detalle cuantitativo que fue cobrando importancia en la obra del desconocido autor de 32 años que en marzo de 1955 comenzó a ser distribuída por la neoyorkina editorial Haircut, Brace & Company.

El libro -cuya trama, experimental y fragmentada, aun es analizada- cosechó: a) 55 reseñas en diarios y revistas, b) unos pocos centenares de ejemplares vendidos y c) una decepción tan grande para Gaddis que recién veinte años después publicó su segundo libro, J R que ganó el National Book Award en categoría ficción.

Lo curioso es que este debut fue comparado con el Ulises de Joyce y tachado de “obsceno”, al mismo tiempo. Y en diciembre de 1998, su mes de fallecimiento, el libro apareció en una selección de las mejores obras en inglés del siglo XX por la Modern Library y la revista Time… la misma que dijo que era una porquería cuando lo recibió.

Todo esto se sabe porque Jack Green (1957) tomó nota de cada una de las odiosas reseñas con que se atacó un libro -editado en español por Alfaguara en 1987 como Los reconocimientos– que él consideró desde el principio una obra maestra.

Rápidamente sedio cuenta que la mayoría de los críticos ¡no había leído el libro, contradiciéndose, confundiendo la trama o copiando derechamente lacontraportada. Esto lo denunció en 1962, en varias ediciones del periódico underground Newspaper, pidiendo que despidan a todos esos desgraciados críticos literarios. Fire the bastards!

Como señala el prólogo de José Luis Amores:

Llegó a especularse con que Green y Gaddis eran una misma persona, y que el objetivo real de Newspaper era sacar del ostracismo la obra de Gaddis. Evidentemente, Gaddis agradecía los esfuerzos de Green, pero su relación fue esporádica y se limitó al intercambio de reseñas, la detección de errores de imprenta en la primera edición de Los reconocimientos y poco más. El empeño de Green era sincero y, desde luego, autónomo. Y aunque focalizó su trabajo en la calidad ínfima de las reseñas que recibió la obra de Gaddis, su objetivo fue, en realidad, cuestionar el papel de la crítica literaria. A tal efecto son reveladores los epígrafes en que subdivide este ensayo: «el cliché de la erudición», «el cliché de la dificultad», «el cliché de la compasión», «el cliché de la extensión», «el cliché del punto de vista», «el cliché de “lo ambicioso”», «el cliché de la primera novela», «el cliché de la falta de disciplina», «el cliché de lo negativo»: la crítica literaria posee una jerga, unos modelos y unos procedimientos estándares con los que valorar cualquier obra y realmente no sabe qué hacer cuando se le pone delante una novela fuera de lo común, como fue el caso. O sí saben: denigrarla a base de clichés.

La impecable introducción hace la conexión entre este gesto delirante, furioso y de “fan” con un estado de las cosas.

Lean, si no, este ensayo, elaboren una lista de las conclusiones a las que llega green y elijan al azar cualquier novela contemporánea que pueda considerarse canónicamente rompedora; si tuvieron la ocasión de leer críticas sobre ella en su momento, comprenderán de inmediato a qué se refiere Green en el fondo.Si bien actitudes como las de los críticos norteamericanos de 1955 son ya difíciles de encontrar, muchas buenas obras perecen por invisibilidad en los grandes medios. La presión de los grupos editoriales, el desinterés general en la literatura de calidad y la continua desaparición de publicaciones literarias por causas económicas condenan a buena parte de la literatura publicada a una supervivencia mediática semiclandestina, basada en menciones pírricas por parte de reseñistas aficionados en espacios, la mayoría de las veces, unipersonales. sin embargo, el ahínco, la ilusión y los medios efectivos con que Jack Green abordó la defensa de una obra capital de la literatura de todos los tiempos tienen hoy día un reflejo indudable en una pequeña aunque creciente parte de la
blogósfera, y también en una forma particular de crítica literaria positiva que entre todos hemos dado en bautizar con la expresión «edición independiente»

Si hay que leer un sólo libro este año, que tenga tanta furia, cariño reivindicatorio y erudición (Green compara críticas, traza links entre diversos “desgraciados” que se copian mutuamente, hace un rápido sobrevuelo por la literatura de su tiempo), esta es la obra que hay que tener. De verdad. [LL]

 


Despidan a esos desgraciados (extracto*)

Por Jack Green

Los reconocimientos, de William Gaddis, se publicó en 1955. Es una gran novela; es la gran novela de nuestra generación en la misma medida en que elUlises lo fue para la generación del propio Gaddis; y sin embargo, como consecuencia de la pésima labor de la crítica, únicamente se vendieron unos pocos centenares de copias:

— dos críticos admitieron que no habían terminado de leer el libro;
— un crítico cometió siete pifias en una sola reseña, otros muchos dieron incorrectamente el núme- ro de páginas, año, precio, editorial, autor y título.

A todo esto hay que añadir errores increíbles, como confundir «diabético» con «adicto a los narcóticos»;

— un crítico escribió su reseña copiando parte del texto de la faja del libro y parte de otra reseña;
— otro dijo que el libro era «repugnante», «malvado», «soez», y que convenía que se le «lavara la boca con lejía» a su autor. otros se mostraron despectivos
o condescendientes;
— de cincuenta y cinco reseñas, dos fueron acertadas. el resto eran chapuceras e incompetentes, por su incapacidad de reconocer
la grandeza de esta obra;al evidenciar su ineptitud para transmitir al lector cómo era el libro, cuáles eran sus cualidades
esenciales;por falsear esto último con ideas estereotipadas (los clichés establecidos sobre cualquier libro que sea «ambicioso», «erudito», «largo», «negativo», etcétera);porque se valen de una jerga inhumana para fingir que están a la altura de su cometido;
— una sugerencia constructiva: ¡despidan a esos desgraciados!
La primera noticia que tuve de Los reconocimientos fue en una reseña del New Yorker, donde se decía que el libro era parecido al Ulises, pero sin llegar a ser tan bueno. Cito las palabras del reseñista (anónimas, condescendientes y, en cierta medida, autocondena- torias):

esta novela desafía al lector a que se la compare con el Ulises de Joyce en cuanto a forma, contenido, longitud y riqueza de imaginería, así como en sintaxis, puntuación e incluso tipografía. ante este reto, uno se ve obligado a decir que, pese a que el señor Gaddis ha sido muy valiente, Shem the Penman le gana por la mano.

(Presentarse como «el lector» en lugar de como «yo» es una artimaña para fingir modestia, al tiempo que se asume una inmerecida autoridad impersonal. El reseñista pretende que su opinión como mero ser humano, la mía, la vuestra o la de cualquiera, es fútil. Pero una vez «el lector» es contratado por una autoridad para dedicarse a unas pocas e intermitentes horas de lectura a cambio de cuatro miserables billetes, «el lector» deviene ¿un dios?, ¿un ser objetivo?, ¿lleno de prestigio? ¿o sigue siendo el mismo idiota, sin intención de mojarse?)

Mi suerte fue que no leí una reseña del todo indiferente, sino una lo bastante despiadada para llamarme la atención. Supuse, con terquedad, que un libro que no llegaba a la talla del Ulises al menos debía de ser bastante bueno, así que me hice con él. Al principio, igual que les sucedía a los críticos imbéciles que acabo de mencionar, la longitud del libro (más de 400.000 palabras) me sobrepasó. empecé a saltarme fragmentos aquí y allá, leyendo hacia atrás y hacia adelante. a los pocos días estaba bastante confuso: «¿Qué intenta hacer este tío?», pregun taba a mis amigos. «¿está chalado o de verdad tiene algo que decir?». un «equilibrado» y «juicioso» punto de vista, como ven. Aún estaba metiéndome en el libro, acostumbrándome a ese estilo narrativo atonal, nuevo para mí. Pero supongamos ahora que yo fuera un vil gacetillero preparado, a base de años de trabajo fingido, para pensar que no merece la pena leer cuidadosamente un libro a no ser que todo el mundo lo haya leído ya. Un hombre condenado a reseñar pilas de libros mediocres a toda prisa. ¿no me habría visto obligado a hacerlo? ¿no habría redactado mi reseña sin importar que me encontrase en el momento de máxima confusión de mi lectura? ¿no me hubiese obligado mi genio interior a apresurarme en mi tarea sin esperar a asumir lo que era nuevo para mí, disfrazando mi ignorancia con comentarios ingeniosos y jerga bostezante sobre lo que fuese que no hubiera llegado a comprender? Y además, para protegerme, tendría de mi parte las últimas frases pegadizas de los aterrorizados Filisteos del Times y del Saturday Review. ¿Y si, a todo esto, yo (más o menos secretamente) odiase la buena literatura?

Como ése no era el caso, pude seguir leyendo Los reconocimientos en lugar de abandonarlo por alguno de los diez libros menos valiosos del mes. Hoy, muchos años después, sigo cautivado por lo fascinante de la novela y sigo releyéndola; y juro por todo el trabajo al que me haya dedicado alguna vez y al que me dedicaré en mi vida que Los reconocimientos es una gran obra de arte. En cuanto a la opinión del público mayoritario, no conozco una sola gran novela que haya sido permanentemente derrotada por los enemigos del arte. Aunque en la actualidad eso no sería imposible, en esta época indiferente y de decadencia: esto no debe suceder. En los años que siguieron a su publicación, esos reseñistas farsantes consiguieron que el libro de Gaddis acabara en las pilas de saldos, estuvo tan olvidado como si nunca hubiese existido una gloriosa industria editorial con sus espléndidos despachos y su buen dinero para todos excepto para los escritores.

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