Pablo Raphael: “En la literatura latinoamericana hay una generación caracterizada por negarse a lo social

La fábrica del lenguaje S.A. (Anagrama) del mexicano -pero radicado en Barcelona- Pablo Raphael es un particular recorrido por las generaciones, estéticas, crítica, lenguaje y cómo se interconectan con la economía de mercado. Algo que termina configurando nuestra narrativa latinoamericana.

Por J.C. Ramírez Figueroa

 

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— Hay una pregunta genial que se hace La fábrica del lenguaje S.A.: “¿En qué momento el crítico literario se convirtió en redactor de obituarios?”

— Sucede que hemos inventado aparatos que permiten hacer un montón de cosas para hacernos auto inmunes. Como pruebas de laboratorio, donde la ciencia se engolosina más con las capacidades de los aparatos que responder las preguntas de la ciencia. En la literatura pasa lo mismo: estamos en el mercado, insertos en el aparato publicitario. De hecho, estamos más engolosinados con los aparatos y lo suplementario que nos olvidamos de las preguntas fundamentales centrales: qué se escribe, por qué se escribe, cuales son las estéticas en que se está trabajando.

— Se olvidó cuál era el sentido de todo esto…

— Una hipótesis es que todo esto es la consecuencia del neoliberalismo, un modelo del que ni siquiera somos conscientes y atraviesa todo. Y esto nos ayuda a entender lo que pasa con el mundo de la letra. La idea de “La fábrica del lenguaje” que lo estandariza y produce modelos narrativos y libros. Ese es el planteamiento.

— Algo grave en un continente donde justamente compartimos el mismo idioma pero no tenemos idea qué se escribe en los respectivos países.

— Es una paradoja, porque en Latinoamérica están todos los puentes tendidos, sin embargo no se cruzan. No somos capaces. Y ya uno quisiera que el público lector tuviera acceso a todos estos autores que existen, pero tampoco los escritores se leen entre sí. Cuando nos preguntamos sobre la existencia de Latinoamérica, construimos la identidad de un país por su respectivo escritor totémico que es una catedral, una identidad. Pero si te vas al fondo, te das cuentan los países son regiones con sus respectivas microregiones de una gran variedad cultural. Si cruzamos esos puentes y aprendemos a leernos mas allá del escritor totémico, las cosas cambiarían.

— ¿Crees que hay una relación generacional entre los escritores de nuestro continente?

— Me llamó la atención, cuando escribí el libro, la forma en que se entiende una generación. Todos los escritores sienten que no tienen que ver con una generación. “Yo me concentro en el trabajo, no formo parte de una generación”. Y si la ideología imperante en América Latina durante estos últimos 25 años fue el neoliberalismo, te queda todo claro. Porque el neoliberalismo es una ideología que se niega a sí misma. Los que nacieron en esa matriz educacional se niegan a sí mismos. Una ideología de ese tipo sólo produce autores así. Pero cuando dicen que no tienen nada en común, precisamente eso es lo que tienen en común. El sentir que no pertenecen a una generación es una postura concreta.

— ¿De qué forma podemos entender más esa situación?

Si rascas un poco ves que hay categorías no agotadas que nos permiten entender qué pasa. Antes, por ejemplo, existían en las literaturas nacionales, categorías que permiten entender en qué estamos. Si vemos las estéticas de los autores nacidos en la década de los setenta encontramos cosas cercanas. Por ejemplo, hay una literatura que apela a la violencia, la literatura narco que recorre todo este continente, que va desde la violencia íntima, como Wendy Guerra al realismo sucio. Hay también otra categoría que apela a la memoria de infancia, de ver a los padres y desde ahí asumir una posición política. Como Zambra o la última de Patricio Pron.

No hay que tenerle miedo a la discusión sobre el mercado. Pensemos primero la historia de las civilizaciones: nacen con el comercio y los viajes

— Claramente hay categorías generacionales.

La pregunta es ¿por qué negarlo? ¿Por construirse una identidad? El asunto de fondo es que habría que reconocer que hay un espacio generacional que está dado por una identidad que se niega a lo social. Esto debido al cansancio de la política tradicional…

— Así, en lugar de reconstruir o articular una respuesta política la negamos…

— Ahí volvemos al neoliberalismo. No hay que tenerle miedo a la discusión sobre el mercado. Pensemos primero la historia de las civilizaciones: nacen con el comercio y los viajes. Ahí tenemos a Marco Polo con el descubrimiento de nuestro continente. Los consumidores responden a condiciones de mercado. Las obras que producía la U.R.S.S. eran pagadas por su gran consumidor: El Estado. Y si nos vamos a la periferia hay otro mercado más simple: el trueque. Yo te doy algo y tú me das un libro. Lo primero sería desmitificar el mercado.

— ¿Cómo sería eso?

— Pensemos que pasó ideológicamente con este tema del neoliberalismo que no es otra cosa más que medidas y reglas específicas que se tomaron a partir del consenso de Washington. Chile lo experimentó primero y luego Latinoamérica. Y son cosas muy concretas: vamos a adelgazar el tamaño del aparato público, abrir fronteras, promover el libre comercio y vamos a ahorrar. Por otro lado, dejaremos que el mercado funcione por encima de las necesidades del Estado. Es decir, eliminemos el estado de bienestar y dejemos a la mano invisible operar.

— Perfecto…

— Se abren las fronteras y los autores empiezan a tocar temas internacionales. Así la literatura nacional pierde sus temas tradicionales. Así nos sentamos en el banquillo de la postmodernidad y estamos en la sala donde quisiéramos escribir novelas sobre literatura nazi, las condiciones del teatro griego o ser Carver y escribir al modelo norteamericano. Es decir, la literatura se abrió a las fronteras con el neoliberalismo.

Puede parecer un chiste pero es cierto: adelgazó el aparato público y adelgazó el aparato del texto literario.

— La vieja idea marxista de la cultura como superestructura.

— Puede parecer un chiste pero es cierto: adelgazó el aparato público y adelgazó el aparato del texto literario. Hoy nadie pretende escribir “Ana Karenina”, hoy todos quieren escribir novelas cortas o microtextos. Algo pasó ahí. El neoliberalismo tiene el gen de negarse a sí mismo: yo no tengo generación. Por otro lado, los grandes grupos editoriales deaparecieron, tal como el aparato público. Desaparecen las grandes inversiones culturales y las transnaciones literarias empiezan a comprar a las editoriales locales. Así son dueños de los sueñ… sellos. ¡Fíjate la relación que hago! Entonces, es curioso que en el mercado literario sucedan fenómenos parecidos a los que ocasionó el mercado global y por otro lado, permitió nuevos mecanismos de colonizacion que ya no tienen que ver con el mercado sino con las empresas transnacionales.

— España como capital editorial de Latinoamérica.

— Se convirtió en una metrópolis que para que nos conozcamos, hay que necesariamente pasar por ella. No hay puentes entre nosotros. Sin embargo ahora creo que estamos más conscientes del tema y estamos trabajando a toda velocidad para encontrar mecanismos que nos unan. Hay que cambiar de paradigma pero no sabemos cuál es el nuevo.

— En el libro te burlas diciendo que todos somos neoliberales.

— Hay que reconocer que estamos en ese barco y hasta que no nos atrevamos a hacer otra cosa seguiremos así.

— ¿Crees que Internet no ha cumplido su promesa de tender estos puentes que decías anteriormente?

— Mira, soy un optimista crítico, pero creo que la cosa va por muy buen camino. Internet ha hecho, en términos literarios y personales, milagros como recuperar relaciones epistolares. Ya no nos mandamos postales pero la sociedad escribe más que nunca, ha incrementado el número de lectores y ha cambiado los mecanismos de lectura.

— Este tema, el de cómo ha cambiado la forma de leer y de escribir al estar en la Red, es fundamental.

— Había una encuesta del NY Times muy alucinante. Para sus estudios sobre el futuro del periódico impreso tenían una sola pregunta: para los encuestados entre 15 y 25 años: cuántos periódicos has comprado en tu vida. Prácticamente todos dijeron que ninguno. Para los lectores digitales ese es su mecanismo de lectura y eso abre un sinfín de potabilidades que se vuelven bestiales. Pero por otro lado quizá no estamos sabiendo cruzar los puentes de lecturas y la velocidad te deja paralizado.

— La infoxicación que tanto se hablaba en un momento, el exceso de información que impide avanzar.

— Capaz que pasemos por una parálisis por aceleramiento. Es decir, estamos pasmados ante lo que nos pasa y ante eso quizá no estamos sabiendo reaccionar por el exceso de información. Hoy un ciudadano promedio recibe en una semana que la de un ciudadano promedio en el siglo 18. Y eso es un dato. Creo que, en términos conclusivos, el que en unos años u hoy mismo, en la comunidad más marginal pueda llegar una biblioteca con 20 mil en tablets, es una revolución cultural. Siempre son más las ventajas

— ¿Crees que los escritores han sabido manejar eso?

—Se les tiene que quitar la sorpresa. Aun están sorprendidos por la escritura digital y las redes sociales. Se parece a la revolución industrial donde los modernos escribían odas al paracaídas o al ferrocarril. A mí, por ejemplo, hay literatura online que no me gusta. Una novela en formato en blog me cuesta mucho trabajo porque el autor está tan metido en el formato de blog que leo puros hashtags o arrobas. La trama se pierde en el engolosinamiento de querer llevar el formato online al libro.

— ¿Crees que se normalizará? Pensemos que desde hace muchos años el correo electrónico ya está totalmente incorporado.

— Eso es seguro. Llegará el momento en que la tecnología estará al servicio de la literatura y no al revés, donde se busca llevar modelos de representación tipo online que vuelven los textos aburridos. Es curioso que esta idea de vanguardia, romper estatus y ser el niño malo de la historia sea el más conservador. Quien dialoga con el pasado y con la civilización está acosado por la crítica. Y ese es el verdadero rebelde: el que dialoga con la tradición.

Con el crítico pasa algo. Y es un problema serio. La crítica en español no será crítica hasta que no elaboremos teoría literaria. Esa es la tarea del crítico para el próximo siglo.

— Volvamos al tema del crítico cultural como redactor de obituarios. ¿Cual sería su rol en este contexto que conversamos? Yo pienso que se ha caricaturizado tanto, como el señor de Ratatouille, que los mismos críticos terminaron creyéndose la caricatura.

— Con el crítico pasa algo. Y es un problema serio. La crítica en español no será crítica hasta que no elaboremos teoría literaria. Esa es la tarea del crítico para el próximo siglo. Nosotros no generamos categorías para reflexionar en la crítica. El crítico acá es una suerte de reseñista cotidiano. O personaje que se pone la capucha para guillotinar. Un verdugo.

— ¿Crees que el crítico es más bien un reportero de la industria cultural que no se aventura a nada interesante?

— Él forma parte del espectáculo, y la literatura al no estar ante una teoría, no se desarrolla y se condena. Hay una figura que explica muy bien el juego de la literatura: en una mesa se sienta el escritor, el crítico y el editor. La sociedad los mira a ellos. Y el debate entre ellos por la obra produciría reflexión y aventura que enriquecería a la sociedad. Eso no sucede porque el público se fue a mirar otras cosas: la tele, las series. La literatura deja de ser artículo de primera necesidad.

— Y eso se nota en los poquísimos espacios para desarrollar crítica o teoría de manera masiva.

— Si tú lees cualquier suplemento cultural de cualquier parte de América Latina, ves que el crítico pone sus ojos en una cosa llamada novela. No reflexiona sobre series o cine. Tampoco reflexiona sobre lo que pasa en la literatura más allá de la novela: teatro, poesía, géneros híbridos o el online. El crítico hace muy poco ese trabajo porque está obsesionado con la novela y en concreto con el novelista como figura pública que se pone por encima de su propia obra.

— Es cierto.

— Eso es un problema. Entonces este crítico se dedica a la redacción de obituarios quizá sin saber ingenuamente que su comentario llegará a un lector que dirá: Pablo Raphel escribe muy mal, es un autor que es una vergüenza para su generación, además se niega generacionalmente y entonces, no le lean. Quizá eso provoque que el libro no llegue a un lector y que entonces ese diálogo que había entre críticos y editor que provocaba debate público, no suceda. Y entonces quien está condenado al cadalzo al autor es el crítico.[LL]


*Raphael es ensayista, novelista y diplomático. Actualmente es el director del Instituto Cultural de México en España. Sobre sus proyectos, que parecen estar bien interesantes, ver más acá.

**Esta entrevista fue publicada originalmente el 14 de octubre de 2011 en LuchaLibro.

***La foto es del blog Mexicanos en España.

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