Philippe Petit: La aventura es infinita (Julio 2010, La Panera)

En 1974 tras prepararse durante más de seis años, el acróbata francés logró cruzar –ante el espanto de la policía y la admiración de los neyorkinos- las Torres Gemelas. Su experiencia –mítica, insólita, extraordinaria- al fin la narró en un libro. Una mezcla de memorias, narración no ficción y archivo fotográfico.

Por J.C. Ramírez Figueroa

Rebelde.Niño problema. O, ya que esta historia comienza sobre los techos de París, “Enfant Terrible”. Así era -y aun se define- Philippe Petit. El célebre equilibrista que el 7 de agosto de 1974 cruzó las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York.

Un adolescente hiperquinético que estudió “dibujo, pintura, escultura, esgrima, tipografía, carpintería. teatro y equitación” a pesar de haber sido expulsado de cinco escuelas a por robar carteras a los profesores, entre otras “travesuras”.

A los 17 sus padres lo dejaron irse de casa. Aplana las calles de europa trabajando como malabarista y trovador. Un “profesional de la arrogancia absurda” que soporta el hambre, frío, rechazos laborales y continuas detenciones. Un año después, durante el ajetreado 1968 francés, nuestro protagonista delira: quiere aprender los misterios del ajedrez, el idioma ruso, la tauromaquia, la arquitectura y la ingenieria. Estas últimas, diría, para construir casas sobre los árboles de la ciudad.

Hasta que recibe una iluminación en el lugar más convencional de todos los que había visitado: la consulta del dentista y empieza realmente la aventura.

El mejor dolor de muelas de la historia

Los diarios y revistas viejas que se amontonan en las salas de esperas a veces tran sorpresas. En este caso, un breve artículo sobre un nuevo edificio de 110 plantes próximo a alzarse sobre Manhattan y que -asegura la minúscula nota- “harán cosquillas a las nubes”.

En la foto se superpone a escala la Torre Eiffel (mucho menor) y más abajo aun, la Torre Maine Montparnasse (“desconocida en el mundo aunque reciente motivo de orgullo para los parisinos”). El titular proclama: “110 metros más que la Torre Eiffel”.

Petit no se aguantó: se quedó mirando el cuadro -una reproducción barata de “Las ninfeas” de Monet- como si un insecto gigante se hubiese posado allí. Los ojos de los otros pacientes, todos ancianos, se posaron en la pintura.

“Dejo escapar un descomunal “¡achis!” que me encubre mientras arranco la hoja, me la meto debajo de la chaquetas y desaparezco a toda prisa.

Y la dejó adentro de su caja titulada “proyectos”.

Por supuesto, no duraría mucho allí dentro.

FUNAMBULISTA

Así comienza “Alcanzar las nubes” (Alpha Decay), las insólitas memorias de Philippe Petit publicadas en inglés el 2002 y recién llegadas a Chile. Una pieza mezcla de diarios de vida, relato no ficción y archivo fotográfico. 340 páginas que, si uno se descuida, pueden terminar explotando de pura energía contenida.

Una obra que comienza con una cita de Werner Herzog: “Una cosa más: Phillipe, tú no eres cobarde; así que lo que deseo oir de ti es la verdad extática sobre las torres gemelas” y termina en la contratapa con el ilustre neoyorkino Paul Aster: “Me llena de alegría recordar la mañana de 1974 en que un joven le hizo un regalo de una asombrosa e indeleble belleza a Nueva York”.

Y Enrique Vila-Matas al instante mismo de recibir la traducción reflexionó en El Pais de Madrid: “Que recordemos mucho más la destrucción de las torres gemelas que aquel acto artístico de gran belleza que tuvo lugar un cuarto de siglo antes en el mismo escenario es, en el fondo, algo bien comprensible, pues hubo un mortal desastre aquel 11 de septiembre. Pero eso no quita que sería genial si, en lugar de arrinconar tanto la memoria de la belleza, estuviéramos hechos de otra materia y fuéramos capaces de recordar con la misma intensidad que la destrucción la poesía extraordinaria del gesto del funambulista Philippe Petit el día en que alcanzó las nubes en lo alto del World Trade Center.

Funambulista, palabra algo desconocida para nosotros que define a quien hace acrobacias sobre una cuerda floja. Y en su segunda acepción, para las personas que saben actuar con habilidad en la vida social y política.

Petit, por cierto cumplía ambas. Sino, ¿cómo se explica que apenas llegado a Nueva York se haya encaramado en su construcción amada, pasando por trabajadores, guardias y policías y que nadie se haya enfadado demasiado?.

A 12.000 METROS DE ALTURA

Petit escribe hablándole al lector. De ahí que es imposible soltar el libro. De frases cortas y precisas, párrafos entretenidos y, sobretodo, el relato de primera mano de la aventura, uno no tiene más remedio que terminarlo.

“Cuando las torres vuelvan a hacer cosquillas a las nubes con sus dos puntas, me ofrezco a cruzar de nuevo, a ser la explosión de la voz colectiva de los constructores”, escribe hacia el final. Como si él mismo supiera que en su acto -insólito, peligroso, maravilloso- simboliza algo más que una buena anécdota o metáfora de lo “humano” irrumpiendo sobre el capitalismo.

Así, nos vamos enterando de cómo planificó durante seis años su proeza. Donde hizo cosas como fabricar un modelo a escala de las torres para poder planificar su aventura mejor. De sus miedos que casi lo hacen renunciar. De como se hizo pasar por periodista y falsificó tarjetas para él y sus amigos/colaboradores para hacerse pasar por contratistas y tener libre acceso a los dos edificios. De como burló la seguridad y terminó siendo reconocido por el mismísimo presidente del World trade center, Guy F. tOzzoli (llamado “gato de nueve vidas” por haber sobrevivido al Atentado del 11/9): “Phillipe Petit planificó y ejecutó el crimen perfecto… y el mundo entero lo adoró por ello”.

LA PROEZA

A las 7:15 de la mañana de ese 7 de agosto de 1974, Petit comenzó a caminar sobre un cable de acero desde la Torre sur, aun sin terminar de ser construída.

“A mis pies un cable. Nada más. Mis ojos captan lo que se levanta frente a mí: la parte superior de la torre norte”, escribe. Y uno puede imaginar la pavorosa imagen, que para él es fascinante.

Y continúa: “Es una línea recta. Que se enrolla sobre sí misma. Que oscila. Que se comba. Que vibra. Que es hielo. Que está tensionada a tres toneladas. Lista para explotar. Para disolverse. Para disolverme. Para tragarme. Para lanzarse silenciosamente al vacío encerrado entre las dos torres. El cable espera”.

El acto duró 45 minutos aproximadamente y fue -evidentemente- sorprendente como puede corrobarse en el documental “Man on wire” (2008). Petite, como si estuviera en uno de sus shows parisinos saludó a la gente, se acostó sobre el cable (como también puede verse en el libro) y “dialogó” con una gaviota que sobrevolaba la escena. Todo, ante el espanto de la policía neoyorkina.

“¿Cumples una misión como el águila de Prometo y estás a punto de lanzarte en picado para abrirme las entrañas, para desgarrarme el hígado”, escribe.

Petite finalmente se entregó en cuanto bajó del cable. Y él declararía que lo más arriesgado de su acto fue precisamente cuando lo esposaron y empujaron por unas escaleras.

Su castigo sería finalmente hacer un show para los niños de la ciudad, que realizó feliz de la vida en Central Park. Hizo lo mismo que en las dos torres, pero esta vez sobre el actual lago Turtle Pond.

La frase que dio vuelta al mundo, al ser consultado por las razones del acto fue “Cuando veo tres naranjas, hago malabares; cuando veo dos torres, las cruzo.”

I LOVE NEW YORK

Petit, sin embargo, no le interesaba mucho la fama. Eran otras pulsiones que lo movían: la aventura, el gozo, el desafío “físico” al sistema. “El teléfono empieza a sonar por la mañana temprano. No para. Toda América llama”, relata. “Recibo ofertas para hacer anuncios en televisión, escribir un libro para niños, grabar una canción, rodar una película, pasear por lugares ridículos; las revistas se pelean por una exclusiva, los empresarios compiten por “manejarme”. Sin apenas comprender, no hago más que garabatear notas en un un trocito de papel, que voy apilando (…) No conseguirán de ningun modo convertirme en millonario!”

Sin embargo, la ciudad lo adora. Y él se deja querer: recorre las calles, planifica nuevas “intervenciones” (por ejemplo, atraviesa en altura la Avenida Ámsterdam), tiene pase libre para recorrer las torres. Lleva décadas como artista residente en su amada Catedral de St. John the Divine y se esconde junto a novia y amigos en las Catskills Monuntains.

“Soy el único visitante que mira hacia arriba. Interrogo al cielo con la esperanza de ver un al pájaro…, pero el pájaro nunca vuelve. Probablemente no está interesado en verme con dos pies plantados en la losa de hormigón, si bien es cierto que se trata de una losa flotante que intenta alcanzar las nubes. Sin embargo, seguiré viniendo y soñando eternamente, en lo alto de mis indestructibles torres gemelas… Eternamente, o asi lo creo”.

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