¡Feliz Cumpleaños mp3! (marzo 2011, La Panera)

El mp3 fue bautizado así hace 25 años. Sin embargo recién comenzó a usarse en 1995. Un ejemplo maravillosamente claro de cómo una innovación en apareciencia ínfima puede provocar cambios explosivos en la sociedad, como señalaba un artículo celebrando su masificación. Acá revisamos algunos de sus hitos.

Por J.C. Ramírez Figueroa

“Hola a todos. Éste es el resultado de la encuesta. Todos votaron por .mp3 como nombre para estos archivos. En consecuencia, asegúrense de no usar más la extensión .bit”. Ese fue el mail que Jürgen Zeller del instituto Fraunhofer (Alemania) envió el 14 de julio de 1995 informando del nacimiento de un nuevo formato de compresión de sonido. Pero fue Karlheinz Brandenburg el principal impulsor. De hecho, fue el primero en tener archivos con el formato en su computador personal.

La sigla mp3, sin embargo, ya había sido patentada en 1986.  Era la abreviación del estandar MPEG-1 y MPEG-2, que no era más que la abreviación del equipo de desarrolladores: Moving Picture Experts Group. El término -que ahora nos parece tan común- no agradó a todos los desarrolladores: tuvieron que pasar dos meses tras el correo de Zeller para que fuese adoptada oficialmente. ¿La primera canción convertida a este formato? “Tom`s Diner” de Suzanne Vega.

MP3 global

Hoy el mp3 está en todas partes. Desde el ringtone del celular hasta los singles que lanzan artistas consagrados como The Strokes o Lady Gaga. Desde los audios de programas radiales al stream de los servicios de música online como Myspace, Grooveshark o Spotify. Desde el iPod (y derivados) hasta el universitario que graba una clase y la pasa a su computador. Desde los discos que se venden legalmente en iTunes hasta los que se pueden bajar de gestores de archivos como mediafire o rapidshare.

“El mp3 es un ejemplo maravillosamente claro de cómo una innovación en apariencia ínfima puede provocar cambios explosivos en la sociedad” señalaba un artículo de 1999 en la revista The Atlantic. Todo, mientras surgía Napster la primera plataforma masiva de intercambio musical, donde los propios usuarios convertían sus discos en mp3. Las presiones de la vieja industria musical obligaron a convertirlo en un sitio de pago y -evidentemente- fracasó. Pero aparecieron inmediatamente los derivados: Audiogalaxy, KaZaA, Soulseek, el exitoso Torrent.

Es revelador que mientras Metallica protagonizó el juicio contra Napster, el 2007  Radiohead publicó su disco In Rainbows dejando que el auditor pusiera el precio para descargarlo. La idea no era nueva, por supuesto. Sólo que ningún grupo “grande” había decidido hacerla de esa forma. Reportajes, entrevistas algo demagógicas a la banda y proclamas sobre “el fin de la industria” conviertieron el gesto en el acto de marketing más inteligente de la pasada década. Inmediatamente el disco estaba gratis en diversas plataforma, compartido por los mismos que lo habían bajado. ¿Acaso la banda no lo intuyó? Posiblemente si: Inmediatamente vendieron el disco en formato físico y organizaron una millonaria gira mundial.

La industria musical vive su mejor momento.

Según un reporte de la prestigiosa revista británica The Economist la música estaría viviendo su mejor momento. Todo lo contrario del discurso sufriente y “antipiratería” de la industria. Lo que sucedió es que gracias al mp3 y la masificación de los discos y canciones, el negocio de la música se trasladó al show en vivo. Un fenómeno que en Chile se ha vivido de manera particularmente fuerte: desde la segunda visita de U2 el 2006 -la primera fue en 1998- hasta el festival Lollapalloza, la cantidad de artistas o megaeventos no ha parado de aumentar. Desde espectáculos masivos como Iron Maiden, Rush o Madonna hasta artistas “de nicho” como Belle & Sebastian, Justice o The Whitest Boy Alive.

La agencia Pollstar, citada por el semanario, sostiene que entre 1990 y 2008 las ganancias por tickets en Estados Unidos se quintuplicaron. Si hace veinte años los recitales facturaban mil millones de dólares, el año pasado se acercaron a los cinco mil millones. Contradictoriamente los informes de la industria del disco -tanto estadounidenses como europeos o hispanos- siguen afirmando que la piratería impide la venta de mp3.

¿Importa la calidad de sonido?

En los noventa el CD -“nostálgico homenaje morfológico al disco de vinilo” dice el periodista argentino Fernando Amdan- reemplazó al cassette. Su sonido limpio y muy parecido a la radio FM llevó la calidad de grabación a una nueva etapa. Aunque desde mediados de los setentas las grabaciones también habían mejorado debido a esa obsesión de la música disco por la “alta fidelidad” de los nuevos equipos. Sin embargo no hay que olvidar que la versión estéreo de los discos de los Beatles era sólo una alternativa al disco oficial monofónico.

Y de repente ¡pum! explotó el formato mp3. Una forma de compresión que objetivamente reduce la calidad de sonido, aunque, al parecer eso sólo les importa a los ingenieros de sonido. Incluso los singles desde mediados de la década pasada están sonando más fuerte, con las guitarras, bajo, voces y baterías arriba. Es decir, aunque sea un CD aun el soporte principal de una obra, el sonido que se busca es del mp3.

En un interesante reportaje sobre el asunto publicado en Página/12 el 2008 el profesor de acústica y electroacústica Daniel Sinnewald explica:  “El audiófilo y el melómano soñaban con tener la dinámica de un concierto en vivo. El vinilo no la podía brindar jamás, porque el nivel de ruido del sistema analógico acotaba el rango dinámico a unos 50 o 60 decibeles. Esos niveles fueron superados drásticamente por el audio digital, que alcanza los 90 decibeles y permite apreciar un pianíssimo con absoluta ausencia de ruido”.

Y agrega: “Las bondades del audio digital reciben un maltrato permanente (…) Hay una deformación cultural del mercado, que parte de la premisa de que ‘mi grabación tiene que sonar más fuerte que la de la competencia’. La gente busca que el sonido le ‘pegue’, el culto del alto volumen. Para ser consecuente con lo anterior se recurre a la compresión, que implica restringir la dinámica musical. Aunque estos vicios se suelen trasladar al jazz o a la música clásica, en un disco convencional masterizado según los cánones del pop, puede haber no más de 10 decibeles de variación. Es lo mismo que nada: no tiene ninguna expresión, por eso hoy todo suena igual.”

Democracia digital 

El editor de Wired, Kevin Kelly piensa que el mp3 ha “dado vuelta el eje de valor” en la industria cultural. “En la era industrial las copias tenían más valor que el original. Ahora las copias pierden valor y solamente las cosas que no pueden ser copiadas tienen valor real. En las décadas que quedan de este siglo habrá una búsqueda frenética por todo lo que es no-copiable”.

Kelly acierta en algunas cosas. Por ejemplo en el muy común acto de tener decenas e incluso miles de archivos en mp3 que jamás han sido escuchados, además discos duplicados o canciones sin título y carpetas desordenadas. “Esta nanofilia (la obsesión porque todo sea portable) democratizó el consumo de música pero como internet crea la adicción por el soporte sobre el contenido, la cantidad termina por primar sobre la calidad y se desarrolla una acumulación viciada que antes, cuando había que pagar por el álbum era inconcebible”, escribió Pablo Schanton en la revista “Ñ”, profundizando en el problema.

¿Pero no es la posibilidad inédita y maravillosa de acceder a toda la producción musical grabada lo que redime a la acumulación? Porque da escalofríos pensar en aquella época -para nada lejana- cuando conseguir un disco era caro y, además, muchas veces sucedía que solamente el single nos gustaba y el resto nos parecía relleno. Eso es quizá lo mejor del mp3: haber vuelto fácil y accesible lo que nunca debió haber sido tan complicado.
LIBRO RECOMENDADO

Simon Reynolds es un ensayista y crítico británico considerado el más influyente de los últimos veinte años. Por una parte, porque “samplea” ideas de la filosofía franceses, teoría post-marxista o la sociología clásica para estudiar fenómenos como el punk o la psicodelia. Por otro lado, es quien mejor ha explicado el post-punk y la escena electrónica. Sobre los cambios de la música popular escribe: “Estamos lidiando con cultura, y no con ciencia: los datos blandos y escurridizos de la percepción y el afecto. “Después del rock”   es su primera libro traducido al castellano. Un conjunto de ensayos donde la música pop que conocemos es deconstruída para entenderla mejor. Su visión lejos de ser pesimista, es alegre: el mp3 debería posibilitar alguna nueva revolución en la experiencia musical.

Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas/Simon Reynolds (Caja Negra-Cuarto Propio)

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