Raúl Zurita: ¿Qué más romántico que morir en plena traducción de «La Divina Comedia»? (2 de abril 2013, Plaza Cultura, La Segunda)

Acaba de publicarse su primera antología poética. La UDP realizará una retrospectiva que incluye fotos de poemas desgarrados. A fin de mes, viaja a Hong Kong, donde es traducido y publicado, al igual que en EE.UU., España y Argentina. “Me tomo las cosas con calma. Eso lo aprende uno después que experimentó un tiempo en que te encontraban malo todo”, dice.

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Por J.C. Ramírez Figueroa.

Foto, Fabián Ortiz.

Aunque ya redactaba poema desde hacía años -o más bien covers de Neruda o Parra- , fue a los 18 años cuando Raúl Zurita aceptó internarse por sus indomables senderos. ¿El culpable? Un flamante ejemplar de “Relación personal” (1968), debut de Gonzalo Millán (1947-2006). “Fue tal mi angustia, envidia e impacto que no tuve otro remedio que empezar a escribir. Antes, podía imitar el estilo de los autores que admiraba. Pero no tenía una voz. Millán fue mi disparador”, explica en la U. Diego Portales, donde hace clases.

-¿Y se lo confesó a Millán?

-Sí, en cuanto lo conocí en 1975. El se quedó callado. Yo creo que le gustaba saber eso ¡Le encantaba! Su influencia se nota clarísimo. Es cosa de leerme en “El sermón de la montaña”.

El poema mencionado por el Premio Nacional de Literatura data de 1971 y abre “Qué es el paraíso” (Ediciones Tácitas), su primera antología editada en Chile preparada por Rafael Rubio y Adán Méndez. Rubio lo califica como un poema “torrencial” y “desplegado en la forma de versículos de largo aliento, en un tono profético y épico”.

-¿Qué le pasa al releer estos textos?

-Me emociona. Pero sobre todo me sorprende, porque no me acostumbro a la idea que fue escrito hace cuarenta años. De hecho, no puedo creer que tenga 63 años ya. A pesar que a esta edad pensar en la muerte es algo realista, me siento tan pegado a mis huesos.

-¿Abrió su archivo de poemarios para armar este libro?

-Soy bien malo para guardar mis publicaciones. De hecho, esta copia de “La vida nueva” me la compró mi esposa en los libros usados. Rubio y Méndez ya tenían los libros. Son unos conocedores. ¡Si el menos enterado de esto era yo!

-Rubio dijo que sus poemas funcionan como una unidad…

-A mí siempre me interesó la idea de la totalidad. Tanto de los poemas dentro de un libro, como de los libros entre ellos. Aunque me he salido de ese libreto varias veces, siempre he pensado en los proyectos totales.

-¿Este proyecto total incluye sus dibujos y acciones de arte?

-Exactamente. Yo creo que es tonto ponerse límites. Es tarea de los otros hacerlo con uno. A mí, lo que me cambió fue el Golpe de 1973. Ninguna de las formas previas de poesía daban cuenta de lo que sucedió. Ni la ironía de Parra ni el hiperlenguaje de Neruda. Tuve que aprender a hablar de nuevo y crear desde la nada un lenguaje, palabras y dibujos. No hice distinciones, porque las convenciones estaban rotas. Se quebró el orden social y había que partir de cero.

“Hay poemas míos hecho pedazos”

El 11 de abril se inaugurará en la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP la retrospectiva “Escritura material”, que recupera trabajos visuales como los famosos cinco aviones escribiendo su poema “La vida nueva” en el cielo neoyorkino en 1982 o la escritura en el desierto de Atacama en 1993 del verso “Ni pena ni miedo” (que sólo puede verse desde el cielo). También habrá fotos, registros de voz, lecturas poéticas y debates.

-Hay un poema hecho pedazos y pegado con scotch. Eso prueba de que uno no tiene una seguridad, a pesar de la obra que lo respalda. Yo de verdad me juego la vida cuando escribo. Si no, sería el fracaso de mi proyecto y todo lo que he hecho no vale nada.

-¿Y no tiene pensado algún nuevo proyecto?

-Me gustaría escribir sobre los acantilados del norte. Pero es muy complejo y creo que no podría hacerse.

La idealización del poeta

Zurita recuerda esos años duros donde fueron surgiendo sus primeros poemas que, con el tiempo, formarían parte de “Purgatorio” (1979) o “Anteparaíso” (1982). A pesar de ser ingeniero civil, estaba cesante. Probó suerte como vendedor de AFP. Se metía en el casino de la Escuela de Economía de la Chile “porque el café era el más barato”.

Vivía en pensiones. Un mundo totalmente distinto a la bohemia porteña de principios de los 70 donde compartía con el venerado poeta Juan Luis Martínez. Había perdido amigos, fue torturado y sentía una fuerza superior a él que lo obligaba a explicar con lápiz y papel cómo Chile se cayó a pedazos.

“Ahí pensé en los aviones escribiendo en el cielo. O los poemas en el desierto. Mi mente era el espacio donde podía delirar, en medio de esta realidad brutal… Pero también fueron años de belleza. Eramos jóvenes con miedo y belleza”, explica.

-¿Cree que los poetas son más sensibles, que tienen antenas más receptivas?

-Aunque efectivamente existen esas antenas, hay algo de idealización en eso. He conocido a personas muy sensibles que no escriben, porque no sienten la necesidad de hacerlo. Yo diría que los poetas tenemos la urgencia de explicarnos la realidad, como si alguien se metiera dentro de nosotros. Por eso digo que en el momento de la escritura somos sabios, pero después somos tan normales como cualquiera.

-¿Está de acuerdo en que hay un sentido religioso en su obra?

-Es que es imposible sustraerse de un lenguaje como el castellano, que es el de la Contrarreforma y la Conquista, con una lógica plagada de catolicismo. Quien escribe no puede resistirse a eso… al final, uno es sólo una partícula arrasada por el torrente de la trascendencia. Una hoja en medio del huracán. Así, un poema expresa cosas que uno entiende poco, pero que responden a una pregunta, aunque no haya sido formulada aún.

-Está la idea del desierto.

-¡Me encanta el desierto! Es una metáfora del alma humana. Y aunque pareciera que no hay nada, está lleno de colores y si te pierdes en él, no sales más. Además, tiene los colores más parecidos al rostro humano.

Entre Turín, Hong Kong y Dante

Zurita está preparándose para visitar Honk Kong a dictar charlas y presentar su obra en cantonés e inglés. Será parte, junto a Jorge Edwards, Roberto Ampuerto y Oscar Hahn, de la delegación invitada de honor al Salón del Libro de Turín, entre el 16 y 20 de mayo.

También será editado en Argentina por Mansalva. Esto se suma a ediciones en España, México y EE.UU. Ahora está traduciendo “La Divina Comedia”, de Dante. “La poesía es un gran arte, pero está muriendo. Si viene un ET a la Tierra a investigar, creerá que no está pasando nada. Pienso en que Nicanor fue malinterpretado cuando dijo que los poetas habían bajado del olimpo. Ahora que se lo carretearon todo, deben volver a subir y vivir con dignidad y grandeza su crepúsculo”, dice.

Aunque, advierte, esto no significa que la poesía desaparezca de un día para otro. “Seguramente será reemplazada por otras formas de arte. Tampoco quiero decir cuál es la misión de la poesía en estos tiempos, porque se cae fácilmente en el fascismo. Sólo puedo decir que me importa un arte que da cuenta del mundo y sus conflictos, no solamente de algunos quiebres románticos que experimenta el autor”.

Sobre su trabajo con Dante y la buena valorización de su obra dice, medio en broma medio en serio: “Me tomo las cosas con calma. Eso lo aprende uno después de que experimentó un tiempo en que te encontraban malo todo. Con la edad, uno aprende. A esta altura, la muerte es una posibilidad, pero, ¿qué más romántico y chic que morir en mitad de una traducción de Dante?”.

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