Juan Pablo González: “Nuestra relación con el folclore es como con el Himno Nacional: Esquizofrénica” (23 de abril 2013, Plaza Cultura, La Segunda)

El destacado musicólogo acaba de lanzar “Pensar la música desde América Latina”, una recopilación de ensayos donde propone un canon de “40 principales” obras de la música docta chilena y lanza sus dardos en contra de la poca valoración de nuestro legado. “Cualquier intelectual será incapaz de nombrar un compositor chileno”.

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Por J.C. Ramírez Figueroa

Si hay un investigador capaz de tender puentes entre la música popular y la academia, ése es Juan Pablo González. Director del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, doctor en musicología de la Universidad de California, medalla bicentenario del Consejo Chileno de la Música y coautor -junto a José Miguel Varas- de la monumental “Historia social de la música popular en Chile”, acaba de lanzar una recopilación de sus ensayos e investigaciones: “Pensar la música desde América Latina” .

El libro puede leerse como una actualización de los problemas y desafíos de músicos, audiencias e industrias culturales en nuestro continente. Está distribuido en doce capítulos dedicados a temas como “Escucha poscolonial”, “De la canción-objeto a la canción-proceso” o “La mujer sube a escena”. Todos estos trabajos presentados en congresos y revistas de todo el continente, en versión corregida y aumentada.

“La musicología está demasiado ocupada de los compositores clásicos, los pueblos originarios y el patrimonio de la zona central. Entonces, yo decidí tomar el camino contrario e involucrarme primero con la música popular, especialmente el tema de las vanguardias, que incluyen desde Los Jaivas a Electrodomésticos, para al final llegar al problema de la música docta y la construcción del canon”, dice González. Y es precisamente ése el tema de uno de los capítulos centrales del libro: “Construcción sonora de la nación”.

Allí, explica dos fenómenos. Primero que los modelos básicos para la música latinoamericana surgen de Europa Central. Segundo, que en nuestro país el canon está hecho “por sus propios protagonistas: los compositores e intérpretes”. Acá no hay curatoría, ni mecenazgos y las editoriales musicales han decaído. Lo que hace que el repertorio de conciertos y festivales de música contemporánea esté definido por sus propios creadores. “Autocanonización sonora”, lo llama González.

-¿Podemos decir que la música docta en Chile es un sistema cerrado?

-Los festivales de música contemporánea son un gueto. Se habla de “estreno intergaláctico”, cuando la obra se ejecuta una sola vez, sin tener más circulación. Viven de una ilusión donde el gran modelo es Pierre Boulez. De eso vive el compositor chileno: formar compositores. Han perdido la función social. ¿Quién se rebajaría a hacer música infantil?

-Es curioso que las orquestas juveniles chilenas vayan a Europa a interpretar Beethoven y Mozart, en lugar de obras nacionales.

-Por eso digo que necesitamos tener compositores que escriban y primeros violines formados en composición y arreglos. Así podrían tomar una pieza de Violeta Parra y hacer algo creativo. Lo que pasa es que hay una indefensión con el repertorio chileno.

Para González, es tan peligrosa la idea del compositor subvencionado como desaprovechar su preparación sin “irradiarla a la sociedad”. Como si la autorreferencia los hiciera perder el diálogo con el país. “Habla con cualquier intelectual y será incapaz de nombrarte un compositor chileno”, dice. También habla de la “ambigüedad” existente entre el Estado y mercado. “En Europa son las universidades, en América Latina hay subsidios estatales y en Chile no somos ni chicha ni limonada”.

Así, para elaborar en el libro la lista de “Los 40 principales” del canon chileno -llamado tal como el concepto de la cadena de radios FM-, a González le resultaba fundamental que las obras tuvieran “circulación” a través de los discos. Las piezas seleccionadas incluyen desde el “Gran concierto en Re mayor para piano y orquesta” (1918), de Enrique Soro hasta “Mimetis”, de Aliosha Solovera (1999), pasando por “Diez preludios para piano” (Carlos Botto, 1952) hasta “Invitación al vals” (Luis Advis, 1994)-

“Ahora la aproximación a Violeta Parra es desde las nietas”

-¿Cómo valora el surgimiento desde hace una década de cantautores que vienen del rock o pop y que retomaron el legado de Violeta Parra?

-A eso en el libro lo llamo “posfolclor”. Sucede que Violeta es tan tremenda en su trabajo, que produce una inhibición en la generación que la sigue. Lo interesante es la brecha y los “nietos” que se aproximan a su música, de una manera distinta que los “hijos”. Ahora la aproximación a Violeta Parra es desde las nietas y eso da más libertad. Porque es muy distinta la relación que uno tiene con la abuela que con la madre.

-¿Podemos hablar de una nueva forma de mestizaje?

-Sí. Piensa en el fenómeno de la música “gitana” o la “celta” un poco antes. ¿Cuando se había tocado esa música antes? Eso demuestra una apertura a las músicas del mundo y la capacidad que tiene el músico chileno, que es muy flexible.

La música de raíz como género encapsulado

-¿Como ve el futuro de la música de raíz folclórica?

-Nuestro folclore es muy austero y sin mestizaje. Carece de la segunda y tercera raíz, lo mapuche y lo afro, respectivamente. Es todo muy hispano, que a su vez tiene sus propias mezclas. Además, forma parte del patrimonio intangible, que se respeta y defiende. Todo eso lo encarna la figura de Margot Loyola y su trabajo impulsado por la U. de Chile. Ella ha hecho una tremenda labor salvaguardando el patrimonio musical. Pero, según mi punto de vista, eso produce una tendencia a tener una concepción estática del folclor, protegiéndolo de influencias foráneas.

-¿De tanto protegerlo perdió sus posibilidades creativas?

-Al carecer de segunda y tercera raíz, pierde dinamismo y la gente empieza a buscar otra cosa. Es cosa de comparar la tonada chilena con la tonada de Cuyo, que le va metiendo otras influencias. O Mercedes Sosa que hace versiones de Fito Páez. Los argentinos a eso le llaman folclor. Piensa el escándalo que sería Isabel Parra haciendo canciones de Los Tres. Acá en Chile, cada cosa está en su lugar.

-En Estados Unidos el country es música pop también, llega a los rankings, tiene sus estrellas…

-Acá el folclore es como la bandera: no se toca. Y nuestra relación con él es como con el himno nacional: esquizofrénica. Tenemos las fiestas patrias más largas del continente. Tiramos la casa por la ventana, escuchando folclore e izando las banderas. Y después, nos vamos a escuchar reggaeton o pop coreano.

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