Julián Herbert: “Berlín y la poesía chilena son las únicas cosas que envidio” (Plaza Cultura, La Segunda, 24 de septiembre 2013)

El mexicano, alabado por “Canción de tumba” (sobre una madre prostituta), regresa con la colección de cuentos “Cocaína. Manual de usuario”. Acá, reflexiona sobre adicciones, libros, vida social y Roberto Bolaño. “Forma parte de mi tradición, pero no es la última piscola de la fiesta”, asegura.

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Por J.C. Ramírez Figueroa

Julián Herbert (42) es considerado uno de los escritores latinoamericanos más brillantes de los últimos años. Todo gracias a “Canción de tumba” (Mondadori), magnífica novela que reconstruye la relación del protagonista con su madre, que ejerció la prostitución en su juventud.

La acompaña en el hospital, donde está internada por leucemia, junto a un cuaderno.

“Canción de tumba” , además de ser aclamada como una de las mejores del año por uinanimidad en la prensa de hispanoamérica, ganó el Premio Jaén de Novela 2011 y el Elena Poniatowska de México, el año siguiente.

También motivó la llegada a Chile de “Cocaína. Manual de Usuario” (De Bolsillo), colección de cuentos publicados originalmente el 2006.

“El libro tiene una historia rara”, confiesa Herbert desde su casa en Saltillo, estado de Coahuila, a 400 kilómetros de la frontera con Texas. “Redacté el primer borrador en quince días. No estaba drogándome: acababa de dejar el alcohol y la coca por primera vez. Eso fue a mediados del 98. Llevaba menos de un mes sobrio. Me senté enfrente de la máquina y ¡zas!: salió todo de golpe”.

Aunque reconoce que, gramaticalmente, era “la cosa más nauseabunda que te puedas imaginar”, y que estuvo corrigiéndolo durante los siguientes 8 años. Algo que puede apreciarse en la precisión y economía de recursos de cada uno de los relatos que con amargura y humor negro acompañan a los personajes en su adicción.

“La definitiva mano de pintura se la di en 2004. Ya para entonces había vuelto a consumir cocaína de manera cotidiana, y estaba tan paralizado que ni siquiera lograba escribir: me sentaba por horas frente a la pantalla, aspirando polvo y reescribiendo una y otra vez la misma frase”, dice.

“Por eso, creo, quienes han consumido mucha merca en alguna época de su vida se reconocen -o al menos eso me han dicho tres o cuatro de ellos- en el estilo del volumen. Más que de un concepto o un entendimiento, «Cocaína» viene de dos momentos orgánicos: la desintoxicación solitaria y la catatonia químicamente inducida”.

-El libro se lee a alta velocidad. ¿Estás de acuerdo?

-El tema de la velocidad, si es que el libro la consigue -mi intención al menos era esa- se desprende del método con el que fue escrito: ese sístole diástole de verbalizar ciegamente y luego recuperar los materiales y corregirlos hasta la exasperación.

-Llama la atención lo desconectados de los demás que están los personajes y la diversidad de registros, que tú has llamado “miscelánea”…

-Claro que yo no inventé eso: nada más me aproveché de otros autores que, como yo, lindaban en la bipolaridad. La literatura es un triángulo, un oficio con tres orillas siniestras: lo maníaco, lo depresivo, lo borderline ; a veces escribes porque no estás lo suficientemente lejos de ti mismo como para dejarte destruir por la locura. Y esto no solo se aplica a la sintaxis o a la construcción de personajes: funciona también por lo que atañe a los géneros. Un fronterizo bipolar solo puede ser un transtextual, un ser de miscelánea, un impuro fugándose a otros géneros.

“Ni siquiera tengo muy clara la diferencia entre verso y prosa”

Herbert está muy conectado con el rock y la poesía. Tiene una banda (Madrastras) y desde 1992 publica poemarios como “Claves de Alejandría”, “Autorretrato a los 27” y “Pastilla camaleón”. También dirige antologías, colabora en centros culturales y escribe crónicas para medios como “Gatopardo” o “The Clinic”.

“Acabo de terminar un libro de poemas. Estoy enfrascado en un libro de cuentos basados en la estética del cine B; espero concluirlo en diciembre. Estoy haciendo crónicas de viajes y semblanzas de músicos pop: Café Tacvba, Amandititita, Julieta Venegas”, adelanta.

También dice que espera compilar dentro de dos o tres años, un volumen de periodismo cultural que combine textos de arte conceptual, semblanzas pop y crónicas de viaje. “Son tres de los espectros estéticos que más me interesan últimamente. Desde hace unas semanas traigo una frase en la cabeza, y espero hacer algo con ella pronto: «Envenena a tu príncipe»”.

-¿Haces la distinción narrativa/prosa?

-Ni siquiera tengo muy clara la diferencia entre verso y prosa. Ya sé que suena súper pretencioso decir algo así, y lo lamento, pero no veo esta actitud como una habilidad mía sino al contrario: como una enfermedad, o cuando menos como una ingenuidad.

-No creo que la división entre los géneros carezca de razón: más bien padece exceso de testosterona. Me explico: siguiendo una idea del filósofo esloveno Slavoj Zizek, diría que la teoría literaria es poderosamente masculina, mientras que los textos son, por naturaleza, subjetivamente femeninos. Yo parto, al escribir, más bien de la subjetividad que de la teoría.

-¿Qué fue lo mejor de publicar “Canción de tumba”?

-Lo mejor fue escribirla. Lo segundo mejor, ganar dinero suficiente para vivir dos años seguidos sin dedicarme a casi nada más que a leer, escribir y cuidar a mi hijo. Lo tercero fue platicar: recibir halagos, ser cuestionado duramente, responder preguntas que jamás se me hubieran ocurrido, recibir burlas cariñosas de mis amigos… Mis amigos son tan sensatos que jamás me han tomado en serio.

-¿Y lo peor?

-El cultivo de la hibris: a cada rato me gana la desmesura y me escucho decir o me veo hacer cosas pedantes o con un exagerado sentido del orgullo; todavía no sé bien cómo defenderme de eso, pero lo estoy intentando; lo intento todos los días lo mejor que puedo.

-Lo segundo peor es esa gente que te abraza entre mucha ceremonia y dice, con severidad mal disimulada, que está esperando mucho más de ti. Carajo, ni siquiera estoy seguro de si podré volver a hacer otra novela. Últimamente he tomado la precaución de bajarle a la prosa y volver a sentarme a escribir poemas y a hacer música.

-¿Piensas que, a pesar de que cada país cree que el suyo es “un país de poetas”, la poesía está subvalorada actualmente?

-No sé si todo el mundo piense que el suyo es un país de poetas, pero estoy convencido de que Chile lo es. Admiro muchas cosas extranjeras, pero la ciudad de Berlín y la poesía chilena son las únicas que envidio. Yendo al hueso de tu cuestionamiento, no creo que la poesía esté subvalorada: más bien creo que nuestro prejuicio cultural acerca de lo que es “poesía” convierte al género en un territorio vilipendiado, insuficiente. Te doy un par de ejemplos. Primero, la obra de subtitulaje y karaoke del mexicano Mario García Torres: su reconocimiento internacional es indudable y me parece más vinculada a la poesía que al arte contemporáneo. Y segundo, la versificación del puertorriqueño René Pérez Joglar (Calle 13); le da veinte y las malas a muchos poetas solemnes que conozco.

-A diez años de la muerte de Bolaño, ¿cómo crees que cambió nuestro panorama narrativo?

-¿Te refieres a Roberto Gómez Bolaños, autor e intérprete de “El Chavo del 8”?… No, no te creas…Admiro mucho a Bolaño. De veras: es un prosista macizo, ingenioso, poéticamente relevante. Pero tampoco me parece para tanto. I mean: get over it. Hay un montón de escritores mexicanos -sobre todo el primer Fernando del Paso, pero también el primer José Agustín, casi todo Enrique Serna y el mejor Guillermo Fadanelli- cuya obra me impresiona a veces tanto y a veces más que la de “Ron Doberto”.

-Supongo que si algo quedó para nosotros después de James Joyce, algo quedará también tras la existencia del autor de “Los detectives salvajes”; no se estresen, chicos. Lo que veo, a diez años de la muerte de Bolaño, son dos modas que, una de salida y otra de entrada, se entrecruzan: la primera lo idolatra ciegamente. La segunda lo ningunea cínicamente. Ambas me resultan ajenas. Bolaño es un escritor importante que forma parte de mi tradición y al cual sigo leyendo con alegría, pero no es la última piscola de la fiesta”.

 Zurita lo aplaude

Para Raúl Zurita , consultado por “La Segunda”, Herbert “es una figuras más cruciales de la escritura en castellano de hoy”. Que, desde la poesía, “está revolucionándolo todo, comenzando por la idea de autobiografía”. Para el Premio Nacional chileno, “Canción de tumba” es una obra maestra y “un ejemplo máximo de la más lúcida y fuerte poesía de nuestro tiempo y, de paso, deja en ridículo la división hoy absolutamente artificial entre narrativa y poema”.

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