Pedro Lemebel – “Poco hombre” (29 de octubre 2013, Plaza Cultura, La Segunda)

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Por J.C. Ramírez FIgueroa

Si Lou Reed supo retratar con furia y ternura punk el lado salvaje del Nueva York setentero, Pedro Lemebel hizo exactamente lo mismo con el Chile que pasó de la transición al libre mercado. En los veinte años de crónicas condensadas en las 280 páginas de “Poco hombre” (Ediciones UDP), Lemebel explora grietas tanto personales como colectivas que, significativamente, se proponen en dos textos introductorios.

El primero, “Manifiesto (hablo por mi diferencia)” se remonta a 1986 y en sus versos más tremendos dice: “La gente comprende y dice:/Es marica pero escribe bien/Es marica pero es buen amigo/Súper-buena-onda/Yo no soy buena onda/Yo acepto al mundo/Sin pedirle esa buena onda/Pero igual se ríen/Tengo cicatrices de risas en la espalda”.

Inmediatamente después, viene “El abismo iletrado de los sonidos”, donde aborda encuentro entre el inca Atahualpa y un emisario de Pizarro en 1532. Este último le entrega una Biblia, a lo que Atahualpa la tomó y luego la tiró al suelo, provocando la cólera de los españoles. Pero Lemebel dice que no fue un desprecio ante Dios, sino que Atahualpa confundió el libro con un caracol marino y “lo puso en su oreja para escuchar la letra parlante del creador”. Y que al no escuchar ningún sonido, la tiró al suelo, frustrado.

Ambos textos, que abarcan desde la imposibilidad de conectar hasta la violencia con que la palabra escrita arrebató los sonidos arcanos de nuestro continente, determinan la estructura de los textos que vienen a continuación.

En ellos vemos un Santiago arrasado por la modernidad y donde el único triunfo que algunos tendrán en toda su vida será a través del fútbol (“La enamorada errancia del descontrol”); los apellidos recurrentes de nuestra élite (“El incesto cultural del familión chileno”); el horror puro (“Las orquídeas negras de Mariana Callejas”); la prostitución codificada (“Su ronca risa loca”) y nuestra particular historia “underground” (“El garage Matucana”, “Que será de la Janet del 777”).

Sin embargo, cuando el lector se sumerge en la prosa de Lemebel -irónica, contemplativa, reflexiva- descubrirá que tras esas capas construidas desde una primera persona juguetonamente travesti -a veces masculina, otras femenina- se esconde la melancolía risueña y recelosa de quien acepta el destino, no que pelea contra él. En eso conecta con el gran Carlos Monsiváis (1938-2010), quien lo describió como “un escritor marginal en el centro y un freak canónico, ambos hechos indisolublemente por la desolación y energía”.

O el mismo Lebemel, quien cierra el libro declarando: “Quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso. Pero la lengua se me enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos”.

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