Alberto Mayol: “Mi visión de los espacios de lectura es apocalíptica” (5 de noviembre 2013, Plaza Cultura, La Segunda)

El sociólogo presenta en Filsa una investigación sobre los hábitos lectores en Chile. Además, el jueves lanzará “El Chile profundo”, donde analiza las raíces de nuestra desigualdad.

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Por J.C. Ramírez Figueroa

Por estos días, la mirada del sociólogo y académico Alberto Mayol está en todas partes: En “Patio de los naranjos”, con Soledad Onetto, todos los domingos en Mega, con sus columnas y publicaciones como “El derrumbe del modelo (premio mejor ensayo 2012 de la Municipalidad de Santiago), “No al lucro” o el flamante estudio “El Chile profundo: Modelos sociales de la desigualdad y sus resistencias” (Liberalia).

El lanzamiento es este martes en la Feria Internacional del Libro de Santiago. El jueves, a las 20:00 horas en el “Foro de la palabra”, el domo ubicado a la entrada de la Estación Mapocho y lo presentará Fernando Paulsen.

El libro -que incluye gráficos estadísticos, entrevistas y testimonios de alto valor- derivó de una investigación financiada por Iniciativa Científica Milenio y permite entender por qué los chilenos tenemos un switch que impide entendernos bien con la moral del emprendimiento y la creatividad.

Además, esta tarde -em Filsa, a las 18 horas- liderará el conversatorio “¿Dónde lees tú?” -junto a Bernardo Subercaseaux, Patricio López y Vivian Lavín- a partir de un trabajo para el Observatorio del Libro y la Lectura -con apoyo del CNCA- sobre la lectura como práctica social y las condiciones de institucionalización en la vida cotidiana de los chilenos.

Realizado junto a un equipo compuesto por Carla Azócar e Isidora Vásquez, la investigación está enfocada en la vida cotidiana. “En ella hemos visto cómo en las sociedades actuales, especialmente las que tienen un foco en la eficiencia, el proyecto de vida y un radical convencionalismo -cumplir con imágenes del deber ser- la lectura deja de tener lugar. Así, los libros se comienzan a usar para procesos de adaptación. Para cosas «útiles». El ocio se hace mínimo y siempre liviano y poco sofisticado”, recalca.

-¿Qué rol tiene la lectura en este contexto?

-La lectura tiene un principio y placer diferente al promovido por la sociedad: Da placer en plazos largos, es más difícil de procesar y no tiene retribuciones inmediatas. El lector no puede hablar de lectura al día siguiente de comenzar un libro, no puede contarlo, el otro probablemente no lo ha leído, por ejemplo. La lectura se hace entonces inútil y subversiva, o, mejor dicho, pervertida, pues otorga placer de un modo aberrante. El cine, la televisión permiten una integración rápida, un placer acotado. Es así como la lectura se queda sin horas en el día y sin lugares en la casa.

-Y a la luz de la investigación, ¿cuál es tu visión sobre los nuevos espacios para leer?

-Mi visión de los espacios de lectura es apocalíptica, si es que las sociedades siguen estructurándose del modo actual y con una noción hipertrófica de la eficiencia. Sólo una sociedad que se reivindique con la fertilidad en vez de la eficiencia, con el ocio e incluso con la inutilidad puede generar cultura.

-¿Cómo sería esta inutilidad?

-La utilidad constante es petrificante, la inutilidad activa es vivificante. Creo que debemos salir de la comodidad, pues en ella no hay placer; de hecho, es una pulsión de muerte estar tranquilo y cómodo. Necesitamos una vida -perdón por la redundancia- más vital y en esa medida la lectura es un aliado.

-¿Cómo puede convertirse en eso?

-En las tendencias actuales, la lectura terminará siendo como en las películas gringas: el lector ávido es un pervertido, acosador, brillante asesino y maniático sexual. Ese personaje cruel y despiadado es crecientemente la imagen del culto, atrapado en el individualismo más brutal y carente de sentido social. Los lectores están siendo convertidos en eso, pues no lo eran, pero es un proceso que avanza fuertemente.
“El Estado es una máquina de procesar dolor”

La otra investigación, convertida en libro, “El Chile profundo”, es una obra con la que Mayol y los investigadores Carla Azócar y Carlos Azócar Ortiz buscan detectar los grandes marcos simbólicos que hacen normal, rutinaria y hegemónica la desigualdad. Todo esto gracias a dos encuestas, 70 entrevistas, grupos de discusión, análisis de casos y seguimiento del proceso de movilización social.

Allí emergen dos marcos. El primero es la cultura hacendal que, “luego de ser llevada a la ciudad, perpetuó una lógica de dominación urbana al estilo rural”, destaca el sociólogo. El otro aspecto sería la cultura del emprendimiento, “que estableció implícitamente que la pobreza es merecida por falta de actitud, porque «se puede» no es necesaria ni siquiera la educación, sino aprender a emprender”.

En ese contexto, para Mayol, “la única forma de resistencia es la cultura o el espasmo cultural del malestar”.

Una de las razones para que no se superen las visiones desigualitarias es la carencia de proyecto igualitario y su mera aparición como rebeldía y dolor.

-¿Cuáles fueron los descubrimientos más notables?

-Logramos detectar la desigualdad en distintos hechos, desde la importancia del piso de cemento o los zapatos en la pobreza, hasta el sentido transicional, socialmente hablando, de la carne y el jamón en el consumo del hogar. Vemos también cómo el Estado es una máquina de procesar dolor de la sociedad y ello lo despolitiza. Entonces, vemos así cómo la historia reciente se puede leer en la clave de los sistemas de valores con los que se combate el futuro de nuestra cultura.

-¿Pero hay posibilidades de mayor igualdad?

-Existen, pero son muy limitadas y sólo emergen en forma de resistencia.

-¿Crees que la cultura del emprendimiento choca cada vez más con la matriz de la Hacienda?

-El choque entre una cultura del emprendimiento y la cultura tradicionalista es la historia del capitalismo. La cultura del emprendimiento horada y destruye las bases, muchas veces para ella funcional, de la cultura tradicional. Como siempre, todas las matrices culturales están en disputa siempre, representando tras de sí intereses específicos.
“El pecador económico”

-¿Cuáles serían los rasgos más determinantes de nuestra desigualdad?

-Tienen que ver con la moralización de la vida económica, que impide ver los temas de ese orden como son. Esa moralización exige que los chilenos nunca se declaren pobres, pues hacerlo significaría una pérdida de dignidad. Ante ello, la posibilidad de una “conciencia de clase” en sentido marxista se reduce y, así, la politización de la desigualdad se hace nula.

-¿Y dónde vemos la base de esta desigualdad?

-En la construcción de un tipo de subjetividad que llamamos el “pecador económico”. Es un fenómeno fuerte en Chile y en América Latina. Nos sentimos irresponsables, flojos, insuficientemente adecuados para la vida laboral y el consumo. Como nos sentimos inferiores económicamente, asumimos que merecemos la desigualdad. Esto hace que se perpetúe. Sólo la evidencia actual de que la riqueza no proviene del mérito por parte de muchos casos graves ha generado un cuestionamiento a esta creencia; sin embargo, es muy arraigada y dudo que se pueda romper. Por otro lado, el clasismo es una máquina de reproducción de posiciones sociales. El que es discriminado tenderá a discriminar para así no tener lo peor de todos los mundos. Una cultura desigual es una cultura autoritaria, de clasismo y racismo permanente.

-¿Que rol cumplen los movimientos sociales?

-Son resultado de procesos de politización de malestar. Su vía no es institucional, aunque a veces lo logren, como el movimiento obrero. De todos modos, los movimientos sociales aceleran la historia y generan transformaciones importantes, pues los sistemas políticos tienden a ser conservadores. En este momento estamos en un proceso de impugnación, los movimientos sociales son un síntoma, no una causa. De todos modos, han intentado migrar desde el triunfo cultural que han tenido a la transformación institucional, pero hay muchas resistencias desde el mundo político y el repertorio institucional es favorable a este mundo.

La Segunda Digital

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