Margot Loyola, a sus 95: “El sonido de Chile es la risa”

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“Aunque haya lágrimas también. Yo también oculto mucho las tristezas”, dijo la folclorista e investigadora al hablar de su reconocimiento. “Pienso que aún no he hecho nada”.

Por J.C. Ramírez Figueroa

A sus 95 años, Margot Loyola sigue bailando cueca, haciendo clases y rasgueando la guitarra con fuerza, golpeándola con los dedos para hacer percusión. Completamente lúcida, puede enumerar -sin equivocar ni repetirse- ritmos, músicos y lugares donde ha hecho trabajo de campo. O atender a todos quienes visitan su casa de La Reina para desentrañar los misterios del folclore chileno.
El 3 de julio recibirá la Medalla al Mérito Abate Molina, entregada por la Universidad de Talca, que ya ha distinguido a Nicanor Parra, José Donoso y Humberto Maturana (ver recuadro).

Hace unas semanas, su tema El engreído -interpretado por el conjunto El Parcito- ganó el Altazor categoría Mejor canción de raíz folclórica.

“¿Para qué me hacen homenajes? Es tan raro que me den premios por vivir y hacer lo que quiero. A mí me gusta más dar que recibir. Necesito dar”, dice acompañada por el folclorista Osvaldo Cádiz, su pareja hace 53 años. 20 años menor que ella. “Pero estoy muy agradecida. Me siento querida por todos y a todos amo”.

Rodeada de instrumentos, fotos y con un equipo musical donde suenan tonadas todo el día, Loyola se queda callada un rato. “Aunque pienso que aún no he hecho nada y estoy muy afligida… ¡porque necesito merecer estos premios! Así que estoy muy apurada para merecer ese cariño que me dan”.

“Yo nací con el folclor”
Es difícil creer que ella no sea consciente de su enorme legado a la música popular chilena, tan contundente como el de Violeta Parra, su comadre. Una treintena de discos, decenas de trabajos de campo, giras por Europa y Latinoamérica -la invitaron a hacer ‘Carmen’ con el Bolshoi en 1961, pero ella prefirió quedarse en Chile- y el rescate de músicas mapuche, rapanuí o chilota que pudieron haberse perdido para siempre es apenas una parte de su obra.

-¿En qué momento usted se dio cuenta de que el folclor era su camino?

-Yo nací con eso. Desde el vientre de mi madre ya empiezo a aprender Chile. Comenzando por el campesinado del Maule.

Esto es algo literal, acota Cádiz, quien le habla muy suavemente al oído, cuando no escucha una pregunta. “Ella me ha contado que cuando su madre estaba embarazada -Ana María Palacios Vera, una de las primeras farmacéuticas que tuvo Chile-, le cantaba tonadas tradicionales”. “¡Así es señor!”, recalca Loyola.

“Lo fui captando y nací con ese sonido, que es el sonido de Chile. Aprendí de las campesinas, de forma absolutamente natural. Tenía poquito más de 10 años. Empecé en Alhué, después en Colliguay y luego Curacaví. Mi zona. La verdad, quiero todas las zonas, pero soy del Maule. Es mucho más mío. Absolutamente mío”.

-¿Podría describir ese sonido?

-El sonido de Chile es la risa. Aunque haya lágrimas también. Lo que me atrae es su alegría. Yo también oculto mucho las tristezas, porque lo quiero dar es alegría a los demás… ¡Jajaja!

“La desafinación es un elogio”
La risa con que ejemplifica inesperadamente esta alegría que envuelve la música chilena es contagiosa, rítmica y poderosa. Dice que esta risa/sonido va cambiando según la zona, porque el clima es distinto. “El paisaje es el que da el sonido… El de Chiloé es muy fuerte. Todos son fuertes, pero tal vez el de allá sea el más potente del país”.

Cuenta que cuando viajó para allá por primera vez, se sentó en una plaza a mirar a la gente (su método tradicional de investigación) y una señora le dijo que sentía que la conocía desde siempre. La invitó al campo y cuando se sentaron al fogón “empezamos a hablar cosas maravillosas”. Así fue aprendiendo, además de sorprenderse con que la cueca era más larga. “Porque acá la bailamos así no más”, le explicaron. Hasta hoy sus amigos le tienen una pieza asegurada allá.

Lo mismo le pasó en Rapa Nui, que recorrió a caballo junto a un joven nativo que allá llamaban “Torito”. Margot se ríe picaramente de la anécdota, alentada por su pareja. “¡A ella le encantaba eso!”, se ríe. El resultado fue el disco “Isla de Pascua” (1959) que recuperaba música del lugar hasta ahora inédita en grabaciones. Un trabajo que también hizo en territorio mapuche.

“Ellos son improvisadores absolutos, por lo que ninguna interpretación es igual a la otra. Aparte, usan el microtono. Nuestro oído está acostumbrado a la música occidental y creemos que está desafinado”, explica Margot.

Cádiz dice que los folcloristas del Maule también usan ese microtono, lo que demuestra la influencia de lo mapuche hasta el día de hoy. También recuerda que un director de ballet chileno le dijo que sus músicos “no estaban para actuar con alguien que canta con las imperfecciones rítmicas de Margot Loyola”.

Toma una pausa y le dice a ella: “¡Es lo más grande que pueden decirte! Porque las campesinas cantan con imperfecciones rítmicas, el nortino también. Nunca son cuadrados. La desafinación es el mejor elogio, porque ella es una intérprete que logra captar esa esencia que hace una pieza única. No es de museo”.

“Cada vez que yo canto o bailo debe ser algo único e irrepetible”, piensa Loyola. Y eso se lo transmite a sus alumnos de conjuntos como El Parcito o El Palomar.

Bachelet, Violeta y el amor

Margot dice que siempre llegan a la casa jóvenes artistas preguntando por cómo eran las cosas antes. “Mientras haya nuevas generaciones interesadas, toda esta música se preservará. A pesar de los cambios siempre estará ese sello chileno que da la tierra y el aire”, dice.

Aunque igual le llama la atención que en las ciudades se haya perdido ‘el paseo’ en la cueca, que se baile tan rápido. “¡No hay espacio! Por eso tenemos que ir a los campos a observar a los campesinos para descubrir cómo se mantiene la cueca. Afortunadamente, se mantiene”.

También dice que estamos en deuda con nuestra “madre africana”, a diferencia de la indígena y europea. Michelle Bachelet la visitó en su cumpleaños, en septiembre del año pasado, “una cosa buena para nosotros los cuequeros”, comenta. Pero no dudó en exigirle: “En el próximo censo quiero que se pregunte: ¿Se siente usted afrodescendiente?”.

-¿Cuál ha sido su secreto para empaparse de tanta música que descubre?

-Primero tienes que sentir amor. Querer y amar eso que los músicos llaman imperfecciones rítmicas. Hay que vivir esa música, no es cuestión de repetir nomás. Tiene que penetrar dentro de uno hasta hacerse parte de uno.

-¿Y qué les diría usted a los que toman las decisiones en Chile?

-Que deberían conocer estas cosas y amarlas hasta hacerlas propias. Que trabajen con antropólogos y sociólogos. ¡Tienen que conocer a quienes van a gobernar, poh!.

-¿Qué cree que pensaría su comadre Violeta en esta lucha?

-Me ha hecho mucha falta la Viola. Siempre me acuerdo de ella (hace una pausa y se emociona)… Estábamos muy de acuerdo en todo. Ella decía: “Pasarán 400 años y Chile no tendrá otra Violeta Parra”. A veces iba y le decía: “Comadre, tengo una angustia”. “Venga, yo le voy a quitar la angustia”, me decía. Y me tiraba agua fría en los brazos.

Justo en ese momento, Margot se queda pensativa, colgada en algún recuerdo. Hasta que inmediatamente, tal como ese sonido de Chile que describía, ríe a gritos y toma su guitarra. “¡Ya, arriba el ánimo, arriba el rostro, Chile es un país de cabeza erguida. ¡No tenemos complejos!”. Su pareja -que conoció cuando era su alumno, con 18 años- la mira con admiración. “Yo vivo porque él vive. Sin él, estaría muy sola. Porque él piensa, sufre y se alegra igual que yo. Somos dos almas en una”.

Y ambos se emocionan con una cueca de fondo.

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