Alvaro Bisama: agitador cultural

Acaba de lanzar Taxidermia, prepara unensayo sobre Javiera Mena, dirige la escuela de literatura creativa de UDP y en sus columnas arremete contra nuestros íconos televisivos.

Por Juan Carlos Ramírez F. (28 de noviembre 2014, Mira, La Segunda)

Cuando Álvaro Bisama (39) vivía en Valparaíso, tenía una tele encendida todo el tiempo. Había llegado de Villa Alemana, hacía clases de Castellano y disparaba columnas literarias hacia Santiago.

No tenía cable y aunque estuviera en el computador o leyendo, la pantalla de su televisor seguía sin apagarse. “Con mi mujer empezamos a hacernos adictos a toda la basura que veíamos y hacer tesis sobre eso. Se daba natural”.

Desde esos días de televisión non stop hasta esta tarde de noviembre en el Parque Bustamante han pasado varios años. En unas horas más, Bisama deberá volar a Lima. Visitará amigos, dictará una conferencia y repartirá ejemplares de “Taxidermia” (Alquimia), su flamante novela. Antes de embarcarse, deberá enviar su ya imperdible columna de La Tercera sobre televisión. La semana pasada repasó a los panelistas de “Tolerancia Cero”, comparándolos con “dibujos animados”. Antes, escribió que Don Francisco se convirtió en un “objeto decorativo o tío lejano que esgrime superioridad moral”.

Esa pasión catódica, Bisama ha sabido convertirla en trabajo, obra y marca registrada. Lo mismo ha hecho con sus otros gustos: el rock, los fanzines, el cómic underground de los 70, los novelistas chilenos perdidos de la primera mitad del siglo XX y -sobre todo- los monstruos de la memoria.

Esos cruces entre disciplinas provoca que distintos públicos lo sigan. Desde chicos adictos al pop hasta serios intelectuales. Para muchos de ellos, Bisama se convierte poco a poco en un fenómeno.

El dice que ese mix que lo rodea es de lo más normal, y desde siempre. “Me crié en un pueblo escuchando a The Smiths, yendo a recitales metal o punk y leyendo a Parra o a José Donoso. La tele estaba encendida en los canales de televisión abierta en una casa donde había una biblioteca. La oposición entre alta y baja cultura siempre me pareció falsa, media trasnochada”, dice sentado en un café, con sus icónicos anteojos wayfarer, polera negra y figura contundente.

“En el caso de la literatura quizás dependía del aura que tomó la cultura en los 90, con todos esos narradores siúticos, salvo Fuguet y Lemebel, que escribían como si ellos mismos fueran una traducción española de algún libro extranjero”.

Los que atienden el café donde conversamos lo conocen y lo quieren. Es lógico: el local está abajo de su departamento, donde vive junto a la fotógrafa y artista Carla-McKay y sus gatos Eduardo e Ignacio.

Deja en la mesa sus últimas adquisiciones que recomienda entusiasmado: “Nueva cultura del apocalipsis” y “Señores del caos”. La primera, una delirante colección de ensayos conspiranoicos. El segundo, una investigación sobre la quema de iglesias de los metaleros nórdicos. “Esto es lo único que me interesa que se publica en España”, dice Bisama, quien a sus varias ocupaciones suma la más formal: director de la Escuela de Literatura Creativa de la UDP.

De Star Wars a la Memoria

A Bisama no se le escucha, se le lee. Su voz -grave, expresiva-despacha teorías, personajes, citas, títulos o contrapreguntas que van encadenándose como si fuera una de sus columnas o narraciones.

“Rockero”, “bizarro”, “esperpéntico”, y “gótico” fueron los adjetivos usados en la primera crítica importante que tuvo su debut, “Caja Negra” (2006) en Artes y Letras. Él mismo escribía ahí pero estaba cansado de criticar libros que no le gustaban . Por eso había empezado a escribirlos. Elevaría la apuesta dos años después con “Música Marciana”. auténtico zoológico de vampiros, dibujantes de cómic travestis, asesinos o cineastas enloquecidos.

Los componentes de esa molotov cultural fueron, según el propio autor: a) La biblioteca de sus papás, profesores de castellano exonerados tras el Golpe, b) la escena de Villa Alemana, con bandas de punk o metal, raperos, dibujantes de cómic o fanzines, donde “todo era presente y energía” c) Valparaíso, una ciudad ruinosa y pre-patrimonial, donde estudió Pedagogía en Castellano en la U de Playa Ancha con “los fantasmas de la revolución que nunca llegó”, asegura.

“Vivía dentro de ese espejo raro. Como no había internet, los objetos culturales se experimentaban colectivamente y reconociéndonos las caras. Era una cosa artesanal. Tuve la suerte de cruzar distintos mundos. Todo esto fue escrito desde la V Región, de hecho”.

Hasta que para su tercera novela, “Estrellas muertas” (2010) decidió deshacerse de toda esa carga pop que lo había hecho popular. “Estaba cansado de lo freak”, confiesa. Esta vez, desde Santiago, en tres meses y corriendo entre distintas universidades donde hacía clases (“Para llegar bien a fin de mes”, dice), contó la historia de dos chicos que vivían la resaca de la transición.

Nadie supo bien qué hacer con esa novela, reconoce. “Esto no es chiste, es verdad: en una semana pasé de participar en una mesa sobre Star Wars a una sobre la Memoria y Dictadura”.

Comics, TV, libros

Hoy, el escritor parece estar en todas partes. En google, entrevistado en todas las revistas culturales latinoamericanas,. Opinando en youtube. Dando charlas sobre “Trauko” o “Condorito” en Puerto de Ideas. Moderando mesas redondas en diversas ferias del libro continentales. Linkeando o subiendo fotos en twitter o facebook. O su nuevo ensayo sobre Javiera Mena.

Uno tambíen se puede encontrar con su novela “Ruido” (2012) en la librería Gandhi del aeropuerto de México DF o en una librería selecta de Buenos Aires. Pero también aparecerá presentando “Taxidermia” en la próxima -e independiente- Furia del Libro.

La novela -que no quiere llamar experimental- se estructura en frases cortas en las páginas impares y con manchones en las pares. Y frases como “Las historias, todas las historias, son un vómito de luz” o “lo único que aprendí a hacer en la vida: dar vueltas por la cuadra, filmar, escribir haikús sobre monstruos”.

Dice que le gusta haya un editor que revise y contenga sus textos. Generalmente escribe rápido, con una idea armada que se desarrolla al mismo tiempo que teclea. Hasta que lo libera, apretando “send”.

“Establezco relaciones de confianza. Me interesan las conversaciones con ellos, cómo miran los libros y las preguntas que hacen. Lo mismo pasa con Guido Arroyo de Alquimia. No sé si mi escritura cambie. Son las mismas obsesiones personales. Yo no planeo hacer libros distintos para un lado u otro, no calculo de ese modo. Me parecería impresentable hacerlo”.

En sus clases -su otro gran frente de batalla- defiende un canon donde el cómic underground de los 70 y, sobre todo, la narrativa de la década siguiente som básicos.

“De ahí provienen cosas que me interesan mucho más, quizás porque esa precariedad del campo literario los obligaba a pensar de otro modo, a escribir de otra forma. O quizás porque también se parece a lo que pasa ahora: el Lihn que dibujaba «Roma, la loba» y publicaba en revistas de cómic, lo que hacían Diamela Eltit o Zurita con las artes visuales; los poemas de Maquieira o Sergio Parra, todas las bromas amargas de Juan Luis Martínez”.

Y también está en Qué Pasa o La Tercera destruyendo -y reconstruyendo- el mapa televisivo. “Mi sentido común es el de un telespectador aburrido de que los programas sean tan malos y se pregunta por qué es así, por qué personajes como José Miguel Viñuela, Patricia Maldonado o Fernando Villegas están en pantalla”, dice.

“No sé cómo la tele va a salir de la crisis. Me imagino que eso es lo bueno: que la cosa va a reventar hacia algún lado. Creo que «Pituca sin lucas» no se hace cargo de nada, no es un ensayo social. Está formateada tal y como estaban armadas las viejas vespertinas de TVN, como «Amores de mercado» o «La Fiera», teleseries que eran capaces de leer su entorno y sintonizar con él casi de modo natural sin impostar discurso alguno”, esgrime.

Y antes de subir a su departamento y pedir un taxi al aeropuerto y hojear sus libros nuevos y seguir tomando notas mentales.

“Yo ya no pienso en Don Francisco. Para mí pasa por el lado. ¿Nos debería importar lo que dice? A mí me importa bien poco. En su último estelar había un perro bailando”.

Y se queda callado, esperando el efecto de su frase.

Taxidermia

Un diario imposible

En su nueva novela, “Taxidermia”, el protagonista -un cineasta que le sigue la pista a un dibujante suicida- reconoce que le cuesta llevar un diario de vida. “Ahí trasladé una de mis obsesiones: la imposibilidad de llevar un diario. Cada vez que he tratado, he fracasado… quizás porque ese diario, esas notas que podrían o no estar ahí, terminan en columnas, en crónicas, en ficciones. Admiro a quienes lo hacen, aunque también creo que uno lleva esos diarios de otro modo ahora: instagram o twitter son bitácoras y sistemas de anotaciones, son los diarios de vida del presente”.

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