Pedro Montes (Galería D21): “De glamour, el arte chileno no tiene nada”

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Reivindicó la obra visual de Lemebel y Las Yeguas del Apocalipsis, ha adquirido obras de artistas emblemáticos de los 70/80 y es el creador también de dos editoriales. Lo único que le aburre es no tener competencia.

Por J.C. Ramírez Figueroa

Exuberante. Fuerte de carácter. Y un gran desconfiado. Así era Pedro Lemebel cuando el galerista y coleccionista Pedro Montes Lira -45 años, casado, tres hijos- le propuso, hace cinco años, rescatar el trabajo que hizo junto a Francisco Casas en el mítico colectivo Las Yeguas del Apocalipsis. Una dupla que dinamitó los primeros consensos de la transición, reproduciendo La Última Cena en un prostíbulo de San Camilo, ingresando desnudos en una yegua al campus Juan Gómez Millas de la U. de Chile para “refundarla” o besar, sorpresivamente y en la boca, a Ricardo Lagos en un evento pro Aylwin en el Teatro Cariola.

Montes tuvo que tragarse plantones, días de furia y preguntas personales, para que Lemebel finalmente lo aceptara en su círculo. Tal como le pasó con Nicanor Parra o con la viuda de Juan Luis Martínez, esas barreras son sofisticados mecanismos de defensa ante intrusos, chantas y aprovechadores. Pero salió triunfante: el 2011 se inauguró la exposición “Lo que el sida se llevó”, fotografías de Mario Vivado donde la dupla Lemebel/Casas se convertía en íconos hollywoodenses como Marilyn Monroe o Buster Keaton.

Eso fue en su galería, la D21, ubicada en el segundo piso de un edificio de Nueva de Lyon 19. Montes, abogado de profesión, habla mirando a los ojos y con una convicción que genera confianza no sólo en los artistas, sino que con las vecinas del edificio. Después de tomar té y ver la telenovela con cada una de ellas, logró la aprobación para derribar muros e instalarse allí el 2010.

Arriba, en el departamento 31, guarda una colección de retratos originales y enmarcados de escritores como Enrique Lihn, García Márquez o Pablo Neruda. También, obras de Carlos Leppe o Eugenio Dittborn, antes de su período de piezas aeropostales. También hay un escritorio, libros de arte, una cocina y, al fondo, una impecable pieza donde se alojan artistas o curadores que visitan el país. Incluso instituciones como el MNBA o la galería AFA le piden que les eche una mano con sus invitados.

“De glamour, el arte en Chile no tiene nada. Lo bueno, eso sí, es que a diferencia de EE.UU. o Europa, acá todo está por inventarse. Todo”, dice, en su oficina, con los pies sobre la mesa. Allí trabaja como abogado en una inmobiliaria, empresa familiar que le permite financiar su pasión: rescatar el arte contemporáneo chileno de los 70 y 80. Un período clave y, a su juicio, altamente subvalorado. Detrás suyo hay dos cuadros con artefactos de Nicanor Parra. También fotos de Paz Errázuriz, cuadros de Mario Leppe y dos muebles repletos de primeras ediciones de Huidobro, el mismo Parra o Pedro Lemebel.

Montes saca unos sobres que contienen láminas con ilustraciones y textos. Aparecen firmados como Pedro Mardones, apellido que usó el autor de “Adiós mariquita linda” antes de adoptar el materno: Lemebel. “Los repartía en el Parque Forestal. Es lo primero que publicó”, dice orgulloso de su reliquia. Ahora está preparando un libro sobre el fallecido artista (ver recuadro).

“No sabía absolutamente nada”
La capacidad de vivir entre dos mundos es algo que acompaña a Montes desde chico. En los 80, podía estar representando al Verbo Divino en campeonatos de volleyball o recibiendo diplomas al mejor alumno, pero también recorría las librerías de San Diego buscando poetas perdidos o visitando casas de antigüedades junto a su padre, el coleccionista Leonidas Montes. Aunque estaba solo en esto, en su colegio hay al menos dos compañeros de otras generaciones que conectaron también con la literatura y el arte: Matías Rivas, actual director de Ediciones UDP, y el actor Francisco Pérez-Bannen.

Mientras su hermano Leonidas Montes se convirtió en ingeniero civil, llegó a ser presidente del directorio de TVN (2010-2012) y miembro del CEP (cercano a las campañas de Piñera y Allamand), Pedro se fue a estudiar arquitectura y teoría del arte en Europa y EE.UU. Un camino que para él se dio de manera natural.

Ahora, incluso ha asesorado a su hermano, que también enganchó con el tema de adquirir obras.

“Lo del coleccionismo fue siempre lo mío. Desde el colegio me iba a los remates de sucesiones de categoría, que ya dejaron de existir. Ahí había excelentes piezas de arte o muebles valiosos. También a la librería de Luis Rivano”, recuerda. La lectura frenética de Rodrigo Lira, Claudio Bertoni, Diego Maquieira lo estaba transformando. Antes de entrar a estudiar Derecho en la UC, se fue de intercambio a Omaha, Nebraska. El contraste con la enseñanza del arte en Chile era tremendo: a la primera clase le pasaron tela y acrílico para que creara. Desde allá se enteró del atentado a Pinochet. “Me dijeron «asesinaron a tu Presidente»”, se ríe.

Una vez titulado, empezó a viajar. Ganó becas, se inscribió en cursos. Hasta que en Nueva York terminó convenciéndose de que en los 70, el arte nacional tenía demasiados puntos de contacto con la vanguardia neoyorquina de la época. Y a nadie le había importado. “Era una cosa sucia, espontánea, punk y de resistencia ante un contexto político y social opresivo que se resume en una materialidad particular, el uso de la fotocopia, los textos escritos, las revistas, los guiños al arte experimental”.

“En los 80 y 90 no sabía absolutamente nada del arte contemporáneo chileno. El galerismo fue consecuencia de leer a esa generación y buscar conexiones en lo nuevo y under. Era una necesidad ante mi desconcierto por la escasa información. A partir de la poesía me conecté con la obra de Dittborn, Díaz, Downey, Dávila, Paz Errázuriz”, explica.

Cuando regresó a Chile el 2009, se casó, se puso a trabajar de abogado y fundó la galería D21 y dos editoriales, una para poesía (Pequeño Dios), la otra para catálogos de arte.

“Esta carrera la he corrido solo”
Aunque a Montes le sobra energía, lo decepciona el desinterés de las élites en el arte. Sabe de lo que habla, pues él nació y creció en una de ellas. “Acá se adquiere arte para decorar, que esté de moda y que no moleste. La lógica es el temor a que otros lleguen a tu living y te digan: «cómo podís tener esa huevada tan fea». Aun sigue pesando ese provincianismo”, dice.

Para él, la clave es trabajar “sin la ansiedad de ganar plata” y en colaboración con otros. “En Chile todo esto ha provocado que ni los propios artistas de la época sepan valorar su trabajo. Me he encontrado muchas obras importantes tiradas en una bodega”.

En cinco años, su galería se ha hecho un espacio en el arte nacional. Retrospectivas como “Arder” de Lemebel, “Señales de ruta” con la obra visual de Juan Luis Martínez, las acuarelas de Bertoni o pinturas de Carlos Leppe han ido reafirmando un canon.

Lemebel también lo apoyó en esta aventura, tras sus reticencias iniciales. Hasta aceptó una nueva pantalla para el PC que le compró Montes. La que usaba era de esas antiguas, pequeñísimas. Juntos prepararon dos performances el año pasado. La primera, en febrero, se llamó “Desnudo bajando la escalera”: consistía en el escritor rodando por las escalinatas de la entrada al MAC, a las 5 de la mañana, envuelto en un saco marinero que se incendiaba. Después vino “Abecedario”, en junio, con Lemebel dibujando con neoprén todas las letras y vocales, encendiéndolas con un chispero. Todo eso fue grabado.

De alguna forma, Lemebel volvió a sus orígenes más cercanos: al testimonio físico y visual, más que a la crónica escrita. Esa es la tesis del galerista. “Eso fue su forma de despedirse. Después de esas performances, comenzó a apagarse, le empezó a doler el cuerpo”, dice quien junto al círculo cerrado del escritor, lo acompañó hasta el final.

Porque Montes es uno de esos raros casos donde alguien pudo romper la lógica de la élite, obsesionada con el arte clásico chileno. Lo que él hizo -y aún nadie acusa el golpe- fue recuperar el fondo iconográfico del arte político chileno. Él lo sabe y muestra con orgullo más de un centenar de obras que comenzó a armar con una intervención de Altamirano sobre un poema de Raúl Zurita, hasta llegar a una colección dispersa entre los dos departamentos de Providencia y su oficina donde trabaja como abogado en Vitacura. “Esta carrera la he corrido solo. Ojalá aparecieran otros coleccionistas, para levantar una escena al menos. Es aburrido estar así”.

Lo que se viene: De Bertoni a Paz Errázuriz
Este 2015 en D21 se vienen otras 7 exposiciones con artistas como Juan Pablo Langlois, Robinson Mora, Marcelo Montecino, Paz Errázuriz y Francisco Smythe, entre otros. También están preparando dos libros visuales de Claudio Bertoni diseñados por Eugenio Dittborn, y otro por Gonzalo Díaz.

Otro gran lanzamiento será el catálogo con la obra visual de Pedro Lemebel, que contó con su total supervisión. Vendrá acompañado de las dos performances realizadas el 2014 y con textos de Paul (ex Beatriz) Preciado y Patricio Fernández.

También están en carpeta un libro de fotografías de Paz Errázuriz y la publicación de material inédito de Juan Luis Martínez, otro de los autores que él está ayudando a rescatar.

“La virtud más importante que tienen los artistas de este período y en general de los períodos anteriores es la disciplina para trabajar, lo que se traduce en tener paciencia para desarrollar una carrera artística”, sostiene Montes.

“El artista más joven apura sus procesos creativos de acuerdo a la moda, lo que encuentra en internet, en las ferias de arte, etc. Esto conduce a la frustración, a sentirse poco valorado y a contratiempo”, agrega.

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