Roser Bru: “Si fuera hombre, ¡sería travesti!”

La más seria candidata para llevarse el Premio Nacional de Arte, habla de su presente, el secreto de su juventud, y del único libro que leyó en el Winnipeg.

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Por J.C. Ramírez Figueroa  (14 de agosto 2015, La Segunda)

“Murió mi eternidad y estoy velándola” -lee atentamente Roser Bru, mientras sostiene un retrato de César Vallejo que hizo el año pasado-. La frase es del poema “La violencia de las horas”, en el que su admirado escritor peruano enumera a familiares, amigos y conocidos que ya no están.

Tras un momento de silencio, la legendaria artista catalana-chilena, de 92 años, pilar del neofirugismo y aún activa, sonríe y cambia de tema. “¿Ves lo importante que son las palabras para mí?”. Ahora empieza a descubrir otros rostros que ha pintado -Kafka, Miguel Hernández, Víctor Jara-, cada uno con su respectiva frase. Caras amigas que la acompañan cada mañana desde las 9, cuando empieza a trabajar. Jornadas que sólo son interrumpidas por sus exámenes médicos, salidas al teatro, llamadas telefónicas y reuniones con amigas a comer esos turrones españoles que tanto le gustan.

-¿Qué le pasa ahora que su nombre suena fuerte para el Premio Nacional?

-¡Pero son muchos los que están postulando! ¡Un montón de gente!

-No crea. Tiene mucho apoyo su candidatura .

-Bueno, pero a esta altura, ¿qué significa un nuevo premio para mí? No lo sé. Lo qu más me interesa es gustarles a las personas. Que ellos valoren mi obra. Aparte, no hay ni plata. Es sólo un premio.

-¡Sí hay! Esa es la gracia, pues.

-¡Oh! De verdad que no sabía eso.

Roser abre sus ojos y ríe de buena gana. Acompañada por la fiel paramédico Rosa Vega -que le hace barra para el premio- dice que, en efecto, no está nada de mal esa información. El galardón, además del diploma y una suma de dinero reajustable cada año, es una pensión vitalicia de 20 UTM.

La artista sonríe y acepta que tiene una salud impecable. De hecho, no tiene problemas en recorrer la playa donde cada año su grupo de amigos, que incluyen a Héctor Noguera, Marco Enríquez y Tamara Acosta, le cantan el cumpleaños feliz. Tampoco de salir por Providencia y llegar pasadas las 23 horas a su casa. O comer papas fritas, su plato favorito.

“Estoy bien. Siempre he pesado 57 kilos. No sé si tenga que ver con el gen catalán. ¡O con venirme a Chile!”, dice. Ella, junto a sus papás y a su hermana Montserrat, llegó a Valparaíso en 1939 tras la derrota en la Guerra Civil Española.

“Winnipeg” y botones

-¿Cómo era refugiarse en nuestro país a bordo del “Winnipeg”?

-Me subí a los 15 y llegué cuando tenía 16. Ni me acuerdo si me celebraron el cumpleaños. Nosotras teníamos que cuidar a los bebés recién nacidos. Una vez, una guagua falleció y tuvieron que tirarla al mar. Lo único que tenía era un libro sobre el impresionismo. Lo leía siempre. El arte me interesaba desde chiquitita. Y eso que un profesor en España insistía en que aprendiera a tocar el violín.

-Chuta. ¿La habríamos perdido?

-A lo mejor. Y tocar el violín era difícil. Suena horrible cuando no lo dominas. Igual yo, cuando llegué no era conocida ni nada. Entré directo a estudiar Bellas Artes. Nos instalamos en una pensión de calle San Antonio.

-Ahora es una calle peligrosa, según las noticias.

-¡Uy! Para que veas cómo han cambiado los tiempos. Cuando llegué, para hacerme unos pesos, pintaba botones y dibujaba cajas de chocolates.

-¿En serio?

-Sí, sí. Todavía deben estar dando vueltas algunas de esas. Ni yo las tengo.

-Bueno, en su obra es muy importante la figura de la mujer esforzada y que da la pelea.

-Hasta el día de hoy. La mujer sufre, lo pasa mal, pero saca fuerzas y sale adelante. Aguanta al hombre. Y claro que lo sé. ¡Porque soy mujer! Si fuera hombre, no sé, ¡sería travesti! (Se ríe largamente, junto a Rosita.)

Es risueña Roser. Pasa de un tema a otro. A veces se cuelga de algún recuerdo que emerge en distintas etapas de la conversación. Como su profesor Pablo Burchard. “Era un caballero. Me trataba de «señorita». Ah, y decía que Velázquez dibujaba en un gris-panza-de-burro”.

No convenceréis

Casada con Cristián Aguadé, fundador de Muebles Sur -los favoritos de Neruda, quien justamente organizó el viaje en el “Winnipeg”-, desde que se separó a los 51 años ha estado sola y enfrascada en su trabajo visual, que ha pasado por varias etapas.

Definida como “una mujer de izquierda que no milita en ningún partido”, no se fue tras el Golpe al exilio, aunque reconoce que “la cosa estuvo violenta”. No le pasó nada, pero su obra se fue haciendo más oscura, quizá. Más contingente.

“Una vez hice un trabajo con la frase de Unamuno: «Venceréis, pero no convenceréis». Ahí, mis amigos se asustaron. Creyeron que me podían matar. No era lo mismo que cuando escribí en el baño un «No a la tortura». Esto era algo público”.

Dice con su acento catalán que la dictadura fue un tiempo “horroroso”. “Me daba rabia todo. Era un desprecio a la vida. Tal como la Guerra Civil en España”.

-Usted primero hizo cuerpos, después empezó a intervenir los cuadros con textos o tachuelas, y ahora vuelve a las figuras.

– Tal cual. Ese ha sido el camino. Voy tomando todas las influencias que me interesan. El romántico catalán, los grabados, las culturas americanas, los egipcios, Van Gogh. Matisse. También fotos como “Momento de la muerte de un miliciano”, de Robert Capa. Ahí está todo. Vida, muerte, España, Chile. El drama y la tragedia. ¿Dónde la tendré?

Mientras le pide a Rosa que la busque, Bru se levanta y contempla algunos cuadros. Explica detalles. Cuenta anécdotas, como las diferencias estilísticas que tenía con Matilde Pérez, pero que no le impidieron seguir siendo amigas.

O cuando “carreteó” en la Galería D 21, del cada vez más influyente coleccionista Pedro Montes, con “este escritor que falleció… ¿Cuál era? ¡Ah, el Pedro Lemebel! Simpático”. Se ríe.

Esta señora vital y menudita -pienso en voz alta- es de aquellos artistas que, tal como Margot Loyola o Nicanor Parra, superan en energía a muchos entrevistados que recién pasan la adolescencia.

Ella mira levemente ruborizada y dice: “Sí. No sé. Quizá tiene que ver con el arte. No sé”.

“Yo creo que uno desaparece”

Ahora está metida en su nuevo proyecto: Un plato de cerezas con dos hilos de agua cubriéndolas. Al menos, eso es lo que deduzco de la pintura. Y ella, a todo dice que sí, que está bien, que eso es justo lo que está pintando.

-¿Y qué va a pasar con todas estas obras que tiene?

-¿Cuándo me muera, dices? No sé. Ya no estaré acá.

-¿Pero le gustaría tener una fundación?

-Ese será tema para los que se queden acá. ¡Ja! A mí, como te digo, sólo me interesa que las obras estén.

-Usted ha dicho que está viviendo en la pre-muerte.

-Así es. Yo creo que uno desaparece, nomás. Se apaga. Fin. Soy agnóstica. Además, la muerte es parte de la vida.

-¿Hay Roser para rato?

Ella ya está de pie, abriéndole al fotógrafo y posando para la foto. Aunque decía que no se imaginaba ganando el Premio Nacional, ya está empezando a asumir que le harán muchas entrevistas como ésta. “¡Y me tomarán más fotos!”.

-Oiga…

Pero ella no responde. Revuelve sus últimos trabajos, que en verdad son centenares, y hasta opina de la actualidad. “¡Pobre Michelle! Ella quiere cosas que me parecen justas”.

-¿Usted está del lado de la Presidenta?

-Sí. Pero parece que nadie la sigue. No le hacen caso.

-¿Quiénes?

-Todos. Y deberían hacerlo, porque lo que habla sobre la educación y el trabajo tiene mucho sentido. ¿Cierto?

Hablan quienes la postulan

“Un tesoro humano vivo”

Isabel Cauas es una de las artistas del Taller 99 -fundado en 1956 por Nemesio Antunez- y que están postulando a Bru al Premio Nacional. Ayer viajaron a la U.. de Talca a inaugurar la muestra dedicada a ella “Cuatro lustros de grabado colaborativo.

“Su extraordinaria vivencia creativa que ha forjado, con esfuerzo y honestidad en su vida, no estaría completa sin la generosa entrega que ella misma ha hecho de sus experiencias”, explica.

“Como gran lectora y pensadora que es, constantemente escribe y pega carteles en el Taller para mantener latente los estados de reflexión”. Así, Bru en sus visitas de los miércoles les plantea frases como: “Hay que darle pareja a las cosas/ Delia del Carril”, “Emprender el combate como si el combate sirviera / M. Yourcenar” o “El tiempo no perdona lo que se hace sin él / N. Poussin”,

Otra de las que firmó el dossier fue Adriana Valdés, ensayista y crítica de artes visuales, es amiga desde siempre y una de las que participaron en su candidatura oficial. “Roser Bru es, para mí, uno de esos «tesoros humanos vivos» que busca la UNESCO. Sus dotes para la pintura y el grabado comenzaron a desplegarse desde fines de los años 50 y continúa plenamente vigente”.

Hablan quienes la postularon

Rumbo al Premio Nacional

Bru es candidata oficial al Premio Nacional de Artes Plásticas, que se entrega a fin de mes, junto a Juan Pablo Langlois, responsable de la primera instalación en Chile, y el pintor Eduardo Martínez Bonati, 30 años autoexiliado en España. El jurado está compuesto por Alfredo Jaar (ganador del premio en 2013); el rector de la U. de Chile, Ennio Vivaldi; la ministra de Educación, Adriana Delpiano, y un representante del Consejo de Rectores. Si bien ellos pueden nombrar, incluso, a alguien que no haya sido postulado oficialmente, Bru cuenta con notables respaldos: Roberto Farrol, director del MBBA; el director de la Galería D 21, Pedro Montes y Milan Ivelic.

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