Matías Bize y la pérdida: “Yo nací con un hermano gemelo, pero murió”

Ayer se estrenó La memoria del agua, cinta que Bize dirige y que expone el dolor de una pareja al perder a su hijo. ¿Pero cuáles son los quiebres de su director?

 

Por J.C. Ramírez Figueroa (28 de agosto 2015, La Segunda)

Microcine de la Fox. Miércoles, 16:00 horas. Un puñado de críticos ya está instalado para la función de prensa de “La memoria del agua”.

A los pocos minutos, la cámara enfoca una pared de cocina. Allí hay varias rayitas hechas por un niño. Cada una de ellas corresponde a la altura que tenía a los 2, 3 y 4 años.

Pero la imagen sigue avanzando y ya no hay nada. En ese espacio vacío aparecen los títulos y por 90 minutos todos seremos Benjamín Vicuña. Más bien Javier, su personaje.

No es un decir: antes de terminar ya se escucharon varios sollozos.

“Imagínate eso mismo, pero en un cine con 250 o más personas. Me ha pasado y es muy, muy fuerte”, dice el director, Matías Bize, sentado en la zona menos glamorosa del Hotel Hyatt (en la parte trasera de la piscina).

Al cineasta de 36 años y 5 películas en el cuerpo -incluyendo “La vida de los peces”, con la que se llevó el Goya a la Mejor Película Hispanoamericana en 2010- le parece bien conversar ahí, justo antes de la hora de almuerzo.

“Obviamente, quiero que le vaya bien y todo eso, pero lo que más me interesa es eso que me cuentas, que a la gente le pasen cosas, que se emocionen. Más aún con una cinta donde evitamos los golpes bajos. En ninguna parte se ve al niño ni los flashbacks del choque donde murió, que es lo primero que se te ocurre. Para mí, es el espectador quien debe completar lo que pasa”.

Lo que en boca de otros directores podría sonar impostado o derechamente cliché, en Bize suena verdadero. Quizá por la forma en que lo explica: pausado, sereno y con la mirada apuntando al horizonte. O por la coherencia de su cine: introspectivo, sencillo y de alto octanaje emocional. De hecho, en varios momentos sus ojos amenazan con nublarse.

Como cuando habla de cómo Vicuña lo buscó, sin conocerlo mucho, alertado por la historia. Quería ser parte de esto. “En lo que sea”, subraya el director. Se juntaron, hablaron tres horas sobre el accidente donde la hija del actor perdió la vida y nunca, pero nunca más se tocó el tema, asegura.

-Aun así se lo siguen preguntando por su relación con la película.

-Sí. Y hay que hacer prensa para apoyar la película e intentar asumir eso. Pero, pucha, es verdad. No es necesario hablarlo: está todo allí, en la película. Es imposible expresar una pérdida verbalmente, a diferencia de una película donde lo das todo. La pérdida tiene un lenguaje distinto. Eran tremendas las filmaciones. Muchas veces, después de una escena intensa, nos quedábamos callados. No había nada que decir.

-¿Y tú? ¿Has tenido pérdidas importantes?

-Mi mamá perdió una guagua antes de que naciera… Pero eso es más común.

-¿Cuántos años tenías?

-Todavía no nacía. Bueno, pero hay otro detalle: yo nací con un hermano gemelo. Pero murió. Lo hablamos con mi mamá para la película. Pero bueno, nací yo. No fue una pérdida completa.

Bize evita hablar de experiencias límite. Dice que esta película tiene que ver con la madurez y no con el enamoramiento como las anteriores. De cómo se le mueve el piso a una pareja ya consolidada.

Psicólogos y crisis

“No he tenido pérdidas tan tremendas. Ni familiares ni de parejas. Soy de relaciones largas. Tres o cuatro importantes. Y siempre termino de amigo con ellas. ¿Para qué pelear? Estoy contento con mi familia. Mis papás están juntos, lo que es algo inusual. Aunque en mis películas pase lo contrario”, dice el director.

“Siempre me dicen que por lo que filmo, mi vida debe ser terrible. ¡Y nada que ver! Aparte, si en mis películas estuviera todo bien… no habría cine porque no habría conflicto. Julio Rojas (coguionista de esta y de sus otras películas) fue médico. Y siempre me ha dicho: «Puta, en mi trabajo realmente se podía ir la vida de un paciente». Acá no. Eso no significa que no se me vaya la vida trabajando. Puedo estar con dolor de cabeza, de madrugada, no sé, pero me encanta hacer lo que hago”.

Quizá, el secreto de Bize es que aprendió a adelantarse a las pérdidas hasta no asumirlas como tal: a los 21 años, empezó a ir al psicólogo. Dice que estaba con crisis de pánico.

-¿Por qué te daban las crisis de pánico?

-Mucho compromiso, mucho trabajo. Ya estaba metido en el cine, y muchas veces me costaba respirar. O me sentía nervioso. Decidí que tenía que empezar a conocerme.

-¿Y sirvió el psicólogo?

-Claro que sí. No he dejado de ir hasta ahora. Les recomendaría a todos que fueran al psicólogo (risas). Es que te entregan herramientas para saber quién eres. En mi caso, aprendí que no es malo que sea trabajólico. El problema es que la crisis de pánico tiene que ver con que esa tendencia que me dominaba a mí, y no al revés.

-¿Ya no te dan, entonces?

-Sé manejarlas bien. Hay ejercicios de respiración.

Conectar en profundidad

A Bize no le gusta hacer distinciones entre conocidos y amigos. Él siempre tiene la esperanza de conectar con el otro en profundidad. “Me gusta más escuchar que hablar… Y si no te conozco, es muy probable que con el tiempo nos hagamos amigos. Eso me pasó con Benjamín, por ejemplo. Ahora somos muy amigos”.

-¿Nunca te enojas durante las filmaciones?

-No. Nunca he entendido a esos directores que tratan de demostrar el cargo y actúan como tales. La clave es que no te notes, pero que todos tengan claro que lo eres. Si algo no me gusta, o siento que se puede hacer de otra manera, me acerco a él y le hablo en privado. Nunca delante de la gente. Y me ha ido bien así.

Cómo editar 3 horas

“Soy implacable al cortar”

El primer corte de “La memoria del agua” duraba el doble de la versión definitiva de 88 minutos estrenada ayer. “No tengo problemas en cortar. Soy implacable. Incluso, hay actores que no aparecen”, dice sonriendo. “Por ejemplo, en una escena salía Vicuña follando con una compañera de trabajo. ¿Para qué, si ya en otra estaba con otra haciendo lo mismo y nos queda claro que va en picada?”.

Lo que sí le interesaba era que la chica -Elena Amaya, que interpreta a Amanda, madre del niño- procesara la muerte distinto a él.

“Ambos resuelven distinto el tema. Porque tengo muy claro que ella es la que llevó el niño adentro y los hombres nunca podremos aproximarnos a esa experiencia”.

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