Armando Uribe: “Tengo temor de condenarme al infierno”

Recibe la comunión una vez por semana, reza todos los días por Cecilia, su fallecida mujer, y declara que la tontera es casi peor que los pecados.

Por J.C. Ramírez Figueroa (24 de marzo 2016, La Segunda)

El departamento es enorme. Fácilmente se podría cruzar el living en bicicleta y esquivar los muebles para estacionarse en el comedor, frente a una biblioteca que llega hasta el techo. El poeta, abogado y ex diplomático Armando Uribe (82) avisa que bajará en unos minutos. Su dormitorio, donde pasa todo el tiempo, está en el segundo piso. Su rutina es levantarse, vestirse de traje y volver a acostarse. En la cama lee o escribe. A veces habla por teléfono. No le interesa la vida social ni exhibirse por el sector del Parque Forestal, donde reside. Aunque en fotos su figura es alta y severa, en persona tiene una fragilidad que sorprende.

“Mire, yo prácticamente no me muevo. Tengo una condición, para no decir enfermedad, con nombre curioso: claudicación intermitente”, dice haciendo hincapié en esas dos palabras. “Me la diagnosticaron hace más de diez años. Un amigo, ya fallecido, creyó que la había inventado. Pero médicamente, era el nombre correcto: significa que puedo caminar unos metros, pero luego estoy obligado a detenerme”.

Se hace silencio y Uribe remata: “Psicológica y moralmente, también soy una persona de claudicación muy corriente”.

El infierno tan temido

Hay tres cosas que le duelen a Armando Uribe: Cecilia Echeverría, su esposa por 44 años, artista visual fallecida en 2002; la dictadura, y no poder asistir a misa. Las dos primeras son conocidas. En 1954 conoció a su mujer y madre de sus 7 hijos. Ella es el núcleo de su poesía y de textos como “Memorias para Cecilia” que será reeditada en abril (ver recuadro). Pero la religión -su zona más ignorada- es fundamental para entenderlo. Porque, subrayémoslo: Uribe es de esa estirpe de intelectuales cristianos (y católicos-apostólicos-romanos) como G.K. Chesterton y Charles Péguy. De hecho, cada semana recibe la comunión en su propia casa. Tuvo que hacer el trámite previo en la iglesia de la Vera Cruz, de Lastarria.

Sin embargo, Uribe está lejos, muy lejos de sentirse salvado. “Le tengo temor a la muerte. Pero no por dejar esta vida, sino más bien de condenarme al infierno, que es estar en un lugar donde no hay nadie más. Ni Dios. En ese sentido, bueno, le tengo pánico a la muerte”.

-Pero imagino que querrá reencontrarse con Cecilia.

-¡Qué más querría! Es el deseo más grande, y hay que merecerlo. Y eso no es mérito de uno sino una Gracia que sólo se puede recibir por misericordia. Y en la miseria que yo considero que estoy por ser como soy, sólo me queda esperar.

-¿Por qué se siente miserable?

-Porque conozco lo mísero que soy, desgraciadamente. Y aún sabiéndolo, actúo con soberbia. Por tanto, soy más miserable aún. Y aunque pida perdón, no saco nada, porque vuelvo a cometer el pecado. Y el daño está hecho.

Uribe reconoce que ora todos los días por Cecilia. Dice que antes de morir había ido a misa de domingo sola, a pesar de ya haber ido el sábado en la noche con él. “Nunca lo hablamos. Es una gracia que ella recibió. Para mí es evidente que Cecilia es una persona que está viva en el otro mundo. Tal cual es enseñado por la Iglesia. No desapareció. Nosotros los católicos, que supuestamente somos mil millones en el mundo, una estadística seguramente incorrecta, lo creemos por fe”.

-¿Qué es lo que más extraña de ella?

-Todo. Absolutamente todo. Pero no es como que ella haya desaparecido de la existencia. Solamente estamos separados por la muerte.

-En sus memorias cuenta cómo en 1957 la “raptó” y, luego de ir emborracharla, le dijo a su cuñado que se iban a casar sin preguntarle a ella. ¿No le parece machista? ¿O fue puro impulso juvenil?

-¡Ah! Mire, yo estuve plagado entonces de un fenómeno humano que Freud llamó psicosis transitoria. Y ese apelativo lo usó para el enamoramiento. Pero en mi caso esa psicosis no ha sido transitoria.

-¿Cree que el amor es simplemente estar atento al destino del otro?

-Es un acontecimiento. No es algo que sucedió en el pasado, sino que está ocurriendo ahora. Pero yo reemplazaría destino por la providencia.

¡La tontera es infinita!

Uribe se acomoda en la silla. Su voz es levemente ronca y pausada. Tiene un pañuelo negro en la solapa. Muestra las anotaciones que hace en sus libros de poemas una vez publicados. Dice que como poeta no se considera muy bueno. Incluso, no tiene muchas ganas de escribir, al menos, memorias. “Creo que con todo lo que he publicado ya es suficiente”, decreta. Mira por la ventana el Forestal y elabora la siguiente teoría:

“Los seres humanos estamos condenados a la tontera. Hacemos tonteras todo el tiempo. Los pecados, si lo pensamos bien, tienen límites. Hay una lista de pecados posibles. Por algo uno se confiesa. Pero, ¡la tontera es infinita! No paramos nunca de hacerla, incluso cuando pensamos que no hacemos tonteras, ya estamos haciéndolas. Esa es la medida de las personas”, asegura.

Después confiesa que a los 19, con un amigo fueron a visitar al Padre Hurtado en su lecho de enfermo en el Hospital de la U. Católica. “En un momento nos dijo «Les mandaré saludos de su parte al Patroncito». Yo me indigné. ¿Cómo alguien puede ser tan arrogante de creer que se va a ir al Cielo y, más encima, llamar Patroncito a Dios? Después nos reímos de eso, y justo nos quedamos atascados en el ascensor”.

Es que su visión del catolicismo es crítica. Aunque admite no conocer casos de abusos, al menos en su generación, sí dice que había un cura en el Saint George que era sospechosamente cariñoso con los chicos. También firmó una carta el año pasado -junto a Andrés Wood, Nelson Caucoto y Ricardo French-Davis- donde se le solicitaba al Papa Francisco intervenir ante la crisis del Arzobispado de Santiago, surgida tras los cuestionamientos de monseñor Ezzati a los sacerdotes Felipe Berríos, José Aldunate y Mariano Puga por sus declaraciones sobre matrimonio homosexual o educación.

-Y como católico, ¿qué piensa del aborto?

-Soy contrario. Es un sentimiento que tengo desde niño chico. Desde que supe lo que era, me declaré defensor de no natos, que es lo más contrario imaginable con respecto a los nacidos. Sigo creyendo en el fondo de mí que soy un defensor de los no nacidos.

Pero Uribe dice que le cansan esos temas y que lo central para él es “es seguir a Jesucristo”. “Cuando entré a estudiar Derecho intenté ser ateo. No me duró mucho”, sonríe. “Es que nosotros estructuralmente tenemos la necesidad de Dios. Es muy cierto eso de que cuando uno encuentra un paquete de regalo, no se pregunta qué es, sino quien lo envió. Y el cristianismo me parece razonable”.

-¿Pero qué me dice del culto a los santos, las procesiones y la religiosidad popular? ¿No le parece una superstición?

-¡Claro que hay mucha superstición en la Iglesia Católica! Yo mismo tenía una compulsión por persignarme todo el tiempo. No lo podía evitar. Y es muy peligroso, porque pasamos al terreno de la idolatría. A los católicos sólo nos queda esperar la misericordia de Dios.

Inconsciente colectivo

A pesar de estar “enclaustrado”, Uribe está conectado. Recibe los diarios todos los días. Ve televisión. Contesta personalmente el teléfono. La idea de que está esperando la muerte con elegancia, posiblemente no le molestaría.

“No tengo ninguna objeción a morir”, dice. “Es lo que les corresponde a todos los seres vivientes en este mundo imperfecto por causa humana. Es lo que llamamos pecado original, que consiste en que el ser humano se considera su propio dios. Esa creencia parece estar en el fondo del inconsciente. Una especie de convicción de creerse un dios. ¡Es algo tan grave y tonto a la vez! El problema es que la muerte no es una apuesta que uno pueda ganar. El salvarse es por gracia”.

Y Uribe dice que la entrevista está terminada. Se queda en penumbras mirando por la ventana. Ya anocheció, y en un rato más estará rezando por Cecilia. Como todas las noches.
Memorias recargadasSu nuevo libro

En abril se lanzará una nueva edición de “Memorias para Cecilia” (Lumen). El libro, originalmente publicado en 2002, ahora tendrá una versión corregida y con unas 100 páginas menos.

“La dejé en manos de la editorial, que tenía que corregir también algunas palabras mal escritas del francés. Es que fue un libro hablado, no escrito. Lo fui dictando; entonces, la transcripción tenía repeticiones y algunos desperfectos. El editor (Iván Quezada) eliminó algunas cosas autorizado por mí. Y ya enmendó todo eso”.

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