Cristóbal Riego, escritor: “A la generación de mis padres les ha tocado ser pololos a destajo”

En su debut, un chico repasa -literalmente- las tonteras de los pretendientes de su madre.

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Por J.C. Ramírez Figueroa (1 de diciembre 2017, La Segunda)

Un niño, empinándose a la adolescencia empieza a analizar a las parejas de su madre: el Charly, Tolchinsky y Marco. Ninguno le gusta, sólo el Negro, un amigo de la mamá que estudió con ella locución, eternamente en la friendzone . También hay espacio para hablar del papá, el hermano y hackear el Facebook de su vieja, entre otras maldades.

Así es la novela “Los pololos de mi mamá” (Hueders, 2017), debut de Cristóbal Riego (24), egresado de Literatura de la UDP y que se escapa de casa para conversar, mientras espera que le llegue un refrigerador. 128 páginas donde al protagonista le salen reflexiones como “Mi papá y mi mamá eran «esposos» (…) o incluso, como salía en el libro de sexo tántrico que escondían debajo de la cama (…) eran «amantes». Por momentos se odiaban. Pero nunca fueron una pareja”.

Riego advierte que no es necesariamente autobiográfico. “Creo que no corresponde preguntar sobre qué le pareció a mi mamá”, asegura. Prefiere definirlo como “un Frankestein armado de mis recuerdos a esa edad y como eran mis amigos y las voces de Pavese o Wacquez”.

-¿Le mostraste el borrador a tu mamá?

-Sólo cuando estuvo terminado. No durante el proceso de escritura. Le pareció divertido. No creo que haya sentido que tuviera que ver con ella, y yo tampoco.

-¿Por qué uno busca reconocerse en los libros de los cercanos?

-Es que todos quieren identificarse con libros de este tipo para poder enojarse. Y uno como escritor no puede hacerse cargo. ¡Son personajes! Y eso se hace a partir de de retratos… Igual es todo un tema.

-A veces el protagonista se lee como Papelucho.

-Sí. Uno busca en el narrador todavía no adulto formas nuevas de mirar y de referirse a las personas. La pregunta “¿cómo puedo presentar a este personaje?” se va transformando en “¿cómo lo verá mi narrador?” y, luego, en “¿cómo lo diría?”. Entonces, la voz se configura ligada a la consistencia del mundo narrativo. Por otro lado, en ella hay una evolución dada por la edad: el narrador parte pre púber y termina un adolescente en toda regla. Su voz se vuelve más dramática y rabiosa y esto, me parece, también es el reflejo de las transformaciones en el mundo narrativo.

Padres ausentes

Dice que cinco años antes de llegar a este libro e “indagar en los pololos”, escribía cuentos copiándole a Kafka o Borges. “Juraba que eran súper profundos, hasta que un par de conocidos me pararon los carros. Entonces me deprimí un poco, dejé de escribir. Otro día, almorzando con un amigo, él me hizo notar que cuando yo estaba bajoneado contaba, para hacerlo reír, historias de pololos. Básicamente parejas de las mamás de amigos, pero también pololos de mis amigas, personajes que yo veía ir y venir con cierta incredulidad, porque nunca entendía por qué las mujeres los pescaban. Yo los exageraba, claro, era un teatro”. Se sentó en el computador, puso el título que da el nombre a la novela y llenó 10 páginas “con datos que robé de todas partes”.

-El padre ausente pero “reemplazado” por los pololos, todos pasteles. ¿No reconoces cierto relato millennial en torno a esto?

-El padre ausente no es una figura generacional. Al contrario, es súper transversal en Chile. Ahora, otra cosa es el padre que está, pero no es el dueño de casa. Está pero no está. Y luego vienen los pololos, cuyo rol en la casa nunca queda claro: porque ocupan la figura del “hombre de la casa”, pero se supone que no tienen autoridad sobre los niños. Eso se ha ido haciendo cada vez más común. Entonces hay algo de época ahí, mucha gente que comparte la experiencia, pero no solo de mi generación, también de la de mis padres, a los que les ha tocado ser pololas y pololos a destajo.

-La crítica Patricia Espinosa señala que este tipo de literatura, con elementos biográficos, carece en general de densidad literaria.

-Yo no identifico el libro con lo biográfico. No creo que dependa de la posible conexión entre narrador y autor para llevar a cabo sus estrategias. Lo que sí hay en abundancia en Chile es narrativa de crecimiento o formación. Es un tópico que está muy en boga, y quizás tiene que ver, aunque resulte una obviedad, con la necesidad de crearse una identidad que no esté ligada a grandes proyectos o relatos colectivos. En su origen, el relato de formación era un medio para descubrir el vocabulario oculto en el alma del artista romántico. En el Werther, se trataba de una forma de autoexploración. Hoy en día, tiene más que ver con buscar formas de mirar. En la mirada infantil o adolescente se buscan chispazos de lucidez para hablar de un mundo que nos acostumbramos a ver como consensuado y uniforme.

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