Carlos Olivárez, sobrevivir al Far West

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Por J.C. Ramírez Figueroa (enero 2018, Dossier)

 

Para Carlos Olivárez (La Unión, 1944-Santiago, 1999), la dictadura no fue el apagón cultural del que aún se habla. Prefería asociarla a algo más épico, cinematográfico, pop si se quiere: el Far West. Una zona fronteriza, con balas de verdad silbando en el oído y donde había que apretar los dientes, esperando salir vivos. Se lo dijo a Virginia Vidal apenas unos meses antes de morir: «Soy del sur. En ese tiempo pensé en antiguas enseñanzas, en esa costumbre de los mayores que suelen enseñar a los niños: la inteligencia no se muestra, porque es peligrosa para otros. En el sur se vivía desde la Conquista un Far West de la violencia. Luego, el Far West se extendió a todo el país y si asomabas la cabeza te la cortaban. Fue el tiempo del disimulo. Hubo que hacerse invisible en el paisaje, ser una parte más de la geografía».

Para el golpe, Olivárez tenía veintinueve años, escribía en las revistas de Quimantú y tenía un solo libro editado: Concentración de bicicletas (Cormorán, mayo de 1971). El delgado volumen de noventa y siete páginas, tres mil ejemplares, con su particular dedicatoria («Este libro es para mi mamá») y cubierta roja-blanca-azul, se componía de siete cuentos:«No estacionar toda la cuadra.,«Intendencias del esquema», «Travelling», el homónimo,«Matinée, vermouth y noche» , «Y a ti, ¿también te gusta la televisión?» y«Lo que va entre paréntesis no vale». Los cuentos dejaban al lector con vértigo ante la urgencia con que parecían escritos; verbos como «runrunear» o «farawelear» junto a onomatopeyas como zooommm funcionaban como cápsulas de un Chile adolescente, hormonal. Una generación que, como le dijo a Mariano Aguirre en 1970 para la revista Evidencia, en lo que sería su primera entrevista, necesitaba imperiosamente «escuchar a los Beatles, leer a Parra, hacer el amor». Acá aparecen citados los Rolling Stones, Marianne Faithfull y The Beatles junto al futbolista brasileño Garrincha y Paul Newman. Aparecen marcas como Mademsa, Cachantún, Faber, IBM y los ternos Scappini. La gente lee la revista Paula  y ya se consume ritalín. También hay cameos de Gladys Marín («qué mujer más buenamoza, por Dios, quién va a pensar que sea tan comunista») y hasta un saludo al escritor mexicano de «la onda», un movimiento de su época al que se sentía emparentado antes del último cuento («Hola, José Agustín»).

Fiel a su programa de supervivencia, Olivárez dedicaría el resto de la década –y de su vida, más bien– a leer, conversar, publicar antologías y organizar regados encuentros con escritores en el insilio del bar La Unión Chica. También grabaría un documental sobre José Donoso junto a Carlos Flores en 1977, y perseguiría a Jorge Teillier hasta lograr editar un libro de conversaciones para la posteridad en noviembre de 1993. Entre medio sacaría quinientos y tantos números del suplemento «Libros» de La Época, más de la mitad editados enteramente por él, debido a la falta de recursos; el curioso homenaje a La Unión Chica titulado con su dirección, Nueva York 11 (Galisnot, 1987), junto a Ramón Díaz Eterovic y con piezas de Jorge Teillier, Rolando Cárdenas y la aparición del mítico habitué del bar Eduardo Chico  Molina («se dice que publicó en vida dos poemas. No nos consta»). El año siguiente editaría la antología Los veteranos del 70 (Melquíades, 1988) rescatando a 42 supervivientes de la dictadura, mitad narradores y mitad poetas, entre ellos Poli Délano, Eugenia Echeverría, Cristián Huneeus, Iván Teillier, Mauricio Wacquez, Claudio Bertoni, Juan Cameron, Ronald Kay, Naím Nómez, Cecilia Vicuña y Óscar Hahn.

 

 

 

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