Roberto Bravo lanza su biografía: “Me costó saber si mi popularidad con las niñas era por cómo tocaba o por mi personalidad”

En La música como puente entre el cielo y la tierra repasa etapas poco exploradas de su infancia y juventud.

 

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Por Juan Carlos Ramírez F. (11 de mayo 2018, La Segunda)

Cuando no está ofreciendo conciertos por Chile o el mundo, Roberto Bravo se sienta frente al piano Steinway de cola instalado en una pieza de su departamento y toca desde el mediodía hasta las 22 horas. Pero los reclamos de los vecinos lo obligaron a extender su jornada. “Me dicen que por qué toco con la ventana cerrada. O si puedo tocar hasta más tarde”, cuenta. Pero no se ríe. Lo que puede ser una anécdota jocosa, para él es lo más normal.

“Si no fuera pianista sería médico. Esa era mi segunda opción. Donde me llaman voy. Si hay un terremoto o una catástrofe, yo mismo llamo por teléfono y muevo a la gente. Si mi vecina necesita la música, toco hasta más tarde nomás”.

Hace poco fue víctima de un choque en Avda. Las Condes. Y las cerca de 15 horas que pasó en la comisaría estuvo tocando un pequeño teclado. Los carabineros le pidieron hacer un recital semanas después, cosa que aceptó gustoso. “Ese tipo de cosas me pasan”, dice sin darse demasiado crédito.

Esta semana llegan a librerías sus memorias, “La música como puente entre el cielo y la tierra” (Ediciones U. Tecnológica Metropolitana) en colaboración con el académico Marcelo Rodríguez Meza. Incluye numerosas fotos, desde su primer maestro Rudolf Lehmann y su propia discípula aventajada, Mahani Teave hasta el Dalai Lama y Raúl Zurita. También hay testimonios como la vez que lo acusaron de “subversivo” en 1979 por realizar un homenaje a Víctor Jara y enviarle toda la recaudación a la Vicaría de la Solidaridad. Pero también se sumerge en su infancia y el camino que lo hizo pasar de sacar a los Platters de oído a dar su primer recital clásico a los 8 años.

“Cuando terminé me escondí. Pensé que lo había hecho mal. Lehmann tuvo que decirme que no sea tonto, que había salido todo bien. Pero no sé, uno siempre cree que lo puede hacer mejor”, explica rodeado de cuadros medievales y velas para quemar esencias.

-¿Te consideraban un niño genio?

-No. Sólo tenía buen oído y practicaba. Claro, tenía algunos compañeros que me veían como bicho raro y me hacían eso que ahora llaman bullying. Pero nada que me generara trauma tampoco. Era sensible y eso llamaba la atención de las niñas. Toda mi infancia y adolescencia me costó saber si mi popularidad con las niñas era por cómo tocaba o por mi personalidad. No sabía si ellas se acercaban por mí o por el pianista.

“Me preguntan por qué toco tan serio el piano”

“Estoy viviendo mi fase Bach”, dice Bravo. “Toco las Variaciones Goldberg, que me parece lo más perfecto que se haya hecho. Cuando partí a Nueva York a estudiar con Arrau, a los 17 años, Lehmann me decía: «A usted le falta tocar más Bach». Le estoy haciendo caso.

Bravo ahí sí que sonríe. Después se queda pensando. “Me preguntan por qué toco tan serio el piano. Y es que te involucras a tal punto con la música que ella te lleva. Eso no significa que no te equivocas. Siempre están esos nervios. A veces estás en lo mejor y tocas una tecla incorrecta. O no estás de buen ánimo porque te dicen algo que te duele o tuviste algún problema con tus familiares. Mi madre murió y yo tenía que volar a hacer un concierto. ¿Pero cómo no iba a hacerlo si ella lo único que quería era que yo fuese pianista?. Uno no es un robot que toca música. Si no, no tendría gracia nada de esto”.

“Me siento solitario en esta batalla”

A los 24 años llegó a Varsovia. Luego seguiría estudiando en Moscú. Y ahí se la abriría el mundo. En las fotos aparece serio, flaco y sin su tradicional pelo blanco. “Estamos a años luz de Europa. Allá la música es parte central de la educación. En Alemania los chicos tocan dos instrumentos. El colegio estimula la sensibilidad musical. Y por otro lado, hay un contacto con la belleza que es muy particular. Algo que cuesta tanto valorar en Chile”.

-Su colega inglés James Rhodes dice que el piano lo hizo sobrevivir del abuso infantil y hasta sacó un libro donde enseña a tocar una pieza de Bach en seis semanas.

 Me encantaría leerlo y es verdad. La música afecta físicamente y es terapia. A veces es perturbadora, como con Wagner o Bartok. Otras veces es medicina. Yo le recomendaría a todo el mundo intentar tocar piano. Una infancia con música te hace conectar con los demás y dejas de aislarte. Me da rabia que la música no sea importante en la educación chilena. A veces me siento solitario en esta batalla. Y si dejas a los niños armar una orquesta, les abres un lenguaje nuevo, sus papás se sienten felices al verlos ejecutar una obra, conmueves el tejido social, sus barrios y entorno. Ya no hay gobierno que no apoye las orquestas infantiles o juveniles. Necesitamos que al sistema educacional vuelva a importarle la música.

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