A dos décadas de Los detectives salvajes. 1998, el año cero de la leyenda Roberto Bolaño

Regresó al país tras 25 años, recién premiado con el Herralde por su obra maestra. Su plan era presentar una antología de Paula donde era jurado, lanzar La pista de hielo y visitar su Los Ángeles natal. Pero todo cambió.

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Por J.C. Ramírez Figueroa (18 de mayo de 2018, La Segunda)

Un telefonazo Santiago-Barcelona en 1998 acabó con el cuarto de siglo de ausencia de Roberto Bolaño (1953-2003) en Chile. Paula Recart lo invitaba a ser jurado internacional del concurso de cuentos de la revista Paula, relanzado dos años antes. “Ostia, hace 25 años que estoy esperando esta llamada”, le respondió.

La idea fue de la entonces directora, Alexandra Edwards, tras serle recomendado por Andrés Braithwaite, editor de LUN, primer promotor en la prensa chilena y discretísimo amigo del escritor, quien le ofrecería una columna desde 2000. “Pensamos que jamás iba a aceptar y la verdad es que dijo que sí al tiro. Fue muy sorprendente”, cuenta ella en el documental “La batalla futura III” (Ricardo House, 2016).

“Dije que sí de inmediato. No sé en qué estaría pensando. Tal vez en los atardeceres privilegiados de Los Ángeles, pero no en Los Angeles de California”, escribiría Bolaño en “Fragmentos de un regreso al país natal”.

En las librerías chilenas había sólo 3 libros de él: la edición de bolsillo de “La literatura nazi en América” (1996, Seix Barral), “Estrella Distante” (1996, Anagrama) y “Llamadas telefónicas” (1997, Anagrama). Pocas ventas, pero muchos elogios de Poli Délano, Marco Antonio de la Parra y Patricia Espinosa, cuya crítica firmada en La Época tendría un título profético: “Nace una estrella”.

20 días

Aterrizó el martes 10 de noviembre junto a su hijo Lautaro y su esposa, Carolina López. Serían 20 días de estadía con una agenda cuyo mayor compromiso era encabezar, al día siguiente, la premiación de los cuentos ganadores del concurso de la revista, que por primera vez serían publicados en una antología, con su prólogo incluido. Lo ganó, por cierto, “Queso de cabeza” de Francisco Peralta, “un cuento ejemplar”, según diría.

Jovana Skármeta, encargada de Fernández de Castro -distribuidora de Anagrama en Chile-, recuerda los días previos a su llegada. “La expectación iba creciendo. Se hablaba de este escritor envuelto en un halo de misterio, de nacionalidad confusa, medio mexicano y medio español, que había vivido en Chile y se fue exiliado, y cosas así, ¡Pero el tipo era absolutamente chileno!”.

Bolaño quería presentar “La pista de hielo”, editada por Planeta. Aunque quería visitar su natal Los Ángeles que recordaba “llena de casa bajas y calles de tierra”, se le ocurrió llamar al crítico Rodrigo Pinto para pedirle que le presentara la novela. Le gustaron las reseñas que hizo para revista “Caras” de sus libros.

El evento fue en la Plaza Mulato Gil y se sumó Carlos Franz, quien leyó el texto de presentación. Luego hubo una cena donde asistieron conspicuos miembros de la llamada Nueva Narrativa como Gonzalo Contreras y Arturo Fontaine. “Después de cenar, vente con nosotros que tengo que presentarte algo que te gustará mucho”, le dijo Malala Ansieta, quien le llevaba la agenda en la editorial. Se trataba de Pedro Lemebel, quien lideraba el grupo integrado por Sergio Parra, Alejandra Costamagna, Soledad Bianchi y Lina Meruane.

El impacto de conocer a ese grupo, tan joven y distinto del star system editorial, además de puestas al día sobre la situación literaria chilena, convertiría a Bolaño en ese francotirador que arrasaría con todo al año siguiente. “A Bolaño le gustaba practicar lo que él llamó «disciplinas menores, en realidad menorcísimas, el panfleto y el libelo». Si tras esta visita todo pareció hacer transcurrido apaciblemente, en la segunda asomó el polemista mayor que obligó a la reagrupación del campo literario chileno”, dice Pinto.

En silencio frente a Parra

Pero faltaba la sorpresa mayor del viaje: conocer a Nicanor Parra. Y lo logró. Conversando con la pareja de Alexandra, Marcial Cortés-Monroy, surgió el nombre del antipoeta. Como empresario, dueño de la productora Árbol de Color, llevaba tiempo intentando convencerlo de organizar una gran exposición dedicada a sus artefactos. Bolaño le explicaba que tenía todos sus libros “en primera edición en mi velador”.

Marcial le organizó un viaje a Las Cruces. A pesar de los nervios de Roberto, hablaron hasta las 10 de la noche sobre Shakespeare, Tomás Lago, la Nueva Narrativa Chilena y el arresto de Pinochet en Londres.

De vuelta en el auto, Bolaño no dijo nada. Sólo fumaba. “Creo que lo más importante para él y para la literatura fue su encuentro con Nicanor Parra, de donde salió el interés de Ignacio Echevarría por publicar la obra completa en Galaxia Gutemberg”, dice Brodsky.

Simpático y polémico

En Chile, Bolaño gozaba afinando su extraño sentido del humor, a juzgar por los titulares que regalaba gustosamente a la prensa local: “He estado cerca de la mendicidad” (Qué Pasa), “Me sorprende que me hagan tanto caso” (La Hora) o “Yo jodo mucho la paciencia” (La Nación).

“Roberto era simpático y polémico a la vez”, recuerda Jovana Skármeta. “Decía sin eufemismos lo muy malos que le parecían ciertos autores chilenos vivos. Daba nombres y apellidos. Y a veces apodos como «los donositos» (asociado a la Nueva Narrativa). Imaginemos todo esto a fines de los noventa, cuando recién los chilenos nos estábamos atreviendo a hablar y los escritores del establishment eran bastante intocables”.

Brodsky cree que los amigos de Bolaño en Chile se fueron reduciendo a medida que intensificaba su batalla con el medio local. “Hay una foto donde estamos en un bar de Bellavista con su mujer, Carolina; Braithwaite, Pinto, Paula Recart. No sé si se me olvida alguien. Pido disculpas de rodillas si esto es así, pero la foto ya es inencontrable entre mis calcetines y papeles viejos”.

Detective salvaje

Que “Los detectives salvajes” fuera proclamado el 2 de noviembre ganador del XVI premio Herralde le garantizaba a Bolaño fama, cierta estabilidad económica, internacionalización y distribución en toda Hispanoamérica. Pero lograrlo no le fue tan fácil. Dos años antes había sido postulada sin éxito a la beca Guggenheim. El resumen de su proyecto no era precisamente atrayente: “Trata sobre la búsqueda emprendida por unos jóvenes poetas, durante los últimos meses de 1975 y los primeros de 1976, de una mujer desaparecida en México DF”. Ya en 1999 la definía más simple: “Una historia de sexo, drogas y rock and roll”.

El crítico Ignacio Echevarría lo conoció en esos días. “Lo primero que me dijo es que yo salía en la novela”, recuerda desde España. “Me preguntó si podía mandarme el capítulo correspondiente, a ver qué me parecía. Era el episodio del duelo a espada en la playa, entre Arturo Belano e Iñaki Echevarne. Leí aquello y me pareció un disparate y así se lo dije. Pero así quedó en la novela, también”.

Para la crítica anglosajona la excelencia de la novela fue prácticamente unánime. “Este fabulador chileno, maravillosamente extraño, a la vez un realista enraizado y un lírico de lo especulativo. Una novela salvajemente disfrutable”, lo presentó a página completa en el N.Y. Times el crítico y académico de Harvard, James L. Wood en 2007, mismo año que junto a Los Angeles Times y The Washington Post la situaron entre las 10 obras más importantes editadas en EE.UU.

Un terremoto

Pero, ¿cambió esta novela a la literatura hispanoamericana?

Enrique Vila-Matas desde Barcelona, dice que “la pregunta da por sentado que existe una literatura hispanoamericana, lo que creo que, como mínimo, es algo que habría que considerar discutible”. Y agrega: “Deliberada o no deliberadamente, lo que cambió Bolaño con la novela fue precisamente la necesidad de caer en la fatalidad de tener un destino hispanoamericano. Hoy creo, aunque también es discutible, claro, que los mejores autores en lengua española carecen de etiquetas represoras, y el Boom queda para ellos tan lejos como el hundimiento del Titánic”.

Rodrigo Pinto, en cambio, tiene la certeza de que la novela generó cambios. “Demostró que todavía se podían escribir grandes obras, imperfectas, torrenciales, que abren camino a lo desconocido. Y que esas grandes obras podían tener llegada a un público amplio. Su irrupción en la escena chilena animó a la escritura y a la búsqueda de la diversidad, lo que es perfectamente palpable en la riqueza del paisaje literario de quienes leyeron a Bolaño muy jóvenes, desde Alejandro Zambra hasta quienes están publicando con menos de treinta años de edad. No se trata de herencias, sino de influencias”.

“Me parece que le quitó solemnidad a la literatura”, cree Alberto Fuguet. “Adivinó eso de que hay lectores detectives y lectores salvajes y nos hizo a todos, escritores y lectores, parte de un viaje -de un thriller -que es la creación”.

Gonzalo Contreras -que relató en el documental de House un breve “round” con Bolaño, donde se prometieron no atacar- matiza: “Había que leer el libro, entonces y ahora, con la cabeza muy fría. Era una novela desprovista de toda dramaturgia, de toda psicología en los personajes y de estructura temporal interna…Veinte años es todavía muy poco para evaluar el verdadero valor de una obra”.

Pinto cree que Bolaño cambió la literatura también a través de “su repentina entrada y su visibilidad mediática, ayudó a que en América Latina volviéramos a leer latinoamericanos”. Y cita a compañeros de generación del escritor como César Aira, Juan Villoro, Rodrigo Rey Rosa y Horacio Castellanos Moya. “Él le dio forma a una generación que vino a proponer nuevos modelos, nuevas maneras de escribir, nuevas maneras de leer”.

Epílogo

Cuando Bolaño regresó a Blanes, escribió un largo ensayo sobre Chile para Paula. El 2 de julio de 1999 obtendría el consagratorio premio Rómulo Gallegos por “Los detectives salvajes”. Para la recepción el 2 de agosto en Caracas invitó a Brodsky. “Fue una estancia magnífica: lo veo ensayando su discurso de Caracas en la pieza donde yo me volaba de fiebre, que me hacía oír su discurso por partida doble, como si la voz rebotara en la pieza, y se me quedó grabado para siempre. Fue lamentable su enojo con Chile durante la segunda visita. Ya éramos amigos y tuve que decírselo”, dice Brodsky.

La visita del ´99 ya sería como rockstar , entrevistado por Cristian Warnken en la Feria del Libro, disparando contra Isabel Allende y publicando en “Ajoblanco” de España una crónica sobre su cena en la casa de Diamela Eltit y Jorge Arrate. Para su tercera visita de 2000, sin prensa, sólo hablaba con Alexandra, Marcial y Lemebel. Meses después volvería a tratarse sus problemas hepáticos en Barcelona, siendo incluído en lista de espera para el trasplante de higado.

Brodsky: “Durante el período en que se reactualizaron presencialmente sus vínculos con Chile, creo que Bolaño se llevó la impresión de que el país había cambiado para peor respecto a sus años juveniles: un Chile mezquino, desleal, tremendamente asustado y trepador, en fin: la porquería que dejó la dictadura y que no se lava con superávit estructural”.

Hasta ahora no hay evidencia -y así lo confirman Pinto, House y Brodsky- de que Bolaño haya visitado Los Ángeles.

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