Isabel M. Bustos: “No les tengo paciencia a los predicadores, sean feministas, veganos o lo que sea”

Su novela acaba ser editada en España y saldrá en Argentina. Mientras tanto, ella volvió a la universidad y vive, a los 41 años, las tomas feministas.

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Por Juan Carlos Ramírez F (24 de mayo 2018, La Segunda)

Como “un cachetazo de orgullo” describe la escritora Isabel Margarita Bustos lo que sintió cuando su novela “Jeidi” fue publicada en España por la editorial Alianza y que ahora saldrá por el sello argentino Blatt y Ríos.

Aparecida en 2017 por Libros del Laurel, la obra se centra en el insólito embarazo de una preadolescente en un Chile ochentero, rural y enrarecido.

La autora, guionista con estudios en Letras y Estética, cuenta que está estudiando sicología, por lo que sólo escribe en las vacaciones y el verano. “Me estoy dando el lujo de la lentitud”. De hecho, ya tiene una nueva novela: “El concho de su madre”. “Es sobre el hijo del último óvulo de una mujer de 54 años”.

“Jeidi” es la historia de una niña de 11 años llamada Ángela, con una fe todoterreno en Dios y que vive -literalmente- en la punta de un cerro de Villa Prat junto a su abuelito, lo que explica el sobrenombre. Una especie de fábula rural más cercana a Jim Dodge que el Realismo Mágico y cuyo origen es bien concreto:

El milagro del otro lado de la costura

“Quería plasmar los dichos, supersticiones y sincretismos de mitología y catolicismo que encontré al vivir un embarazo de riesgo en el campo profundo. Justamente en Pencahue, muy cerca de Villa Prat”, dice Bustos. “Estuve un par de meses en cama y me visitaban mujeres de la zona y así me fui enterando de un mundo que se está acabando tanto por la conectividad física como virtual”.

El resto de la historia viene del interés de la autora por lo freak o, como dice ella, “el milagro del otro lado de la costura”. Y también porque al ser una protagonista tan joven era porque “necesitaba de la fe con que se cree a esa edad”. “Me interesaba meterme en una niña, huacha, de campo profundo y en los años 80 por las muchas capas de invisibilidad que implicaba ser tan «muda»”.

-En “Jeidi” está la paradoja de una sociedad que potencia en las niñas la coquetería y al mismo tiempo a sentarse cerrando las piernas.

-Me apena eso, que se les inculque culturalmente a agradar al otro, a seducir. Que linda, que flaca, qué gordita rica. Aprendemos a estar pendientes del cuerpo que hay que tener según el canon de Europa y EE.UU. En Sudamérica el modelo de belleza es una tiranía doblemente injusta. Y al mismo tiempo a los hombres se les enseña que la mujer que seduce es una fresca, por usar un eufemismo.

“Está cada día menos naturalizado el machismo”

La escritora dice que tiene suerte al estar de nuevo en la U, con 41 años, y vivir las tomas feministas. “Comparado con mi adolescencia, en Chile está cada día menos naturalizado el machismo. Lo veo en mis compañeros y en mis hijas adolescentes. Aún así con movimientos como estos uno se da cuenta de toda la disconformidad y de cómo se van añejando ciertas formas de enseñar y de relacionarnos. La deuda histórica con las mujeres es grande y es importante visibilizarla”.

Se siente orgullosa de las chicas “que están movilizándose por todas nosotras” y no está de acuerdo con las tomas en las que no dejan votar a los hombres.

-¿Qué piensas de esos “aliados feministas” que necesitan acusar en Twitter a los hombres que no son lo suficientemente feministas?

-No les tengo paciencia a los predicadores, sean feministas, veganos, antroposóficos o lo que sea. Un dicho que siempre me ha acompañado es “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. No puede ser más cierto con respecto a nuestras sombras. Además, no me gusta que me impongan lo políticamente correcto, porque por más que digan “así se habla ahora, así se piensa, así se hace”, no tiene sentido si no cambia el fondo, el “así se siente”.

-A un año de que “Jeidi” salió a la luz, ¿qué es lo que más te ha sorprendido en la recepción?

-Me ha sorprendido lo ruidosa de esta niña casi muda, casi invisible. En un principio pensábamos con mi editora, la seca Andrea Palet, que sería una novela de un público por sobre todo femenino y que, como los críticos son en su gran mayoría hombres, no la recibirían tan entusiastamente como lo hicieron. ¡Me sorprendió su feminismo! (risas)
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