Silvia Núñez del Arco: “Una mujer se hace fuerte organizando el caos”

 

A los 21 años junto a Jaime Bayly —24 años mayor— se convirtieron en la relación más controversial de Lima. Ella no dijo nada, publicó tres novelas, se casaron en Miami, tuvieron una hija, enfrentó los fantasmas de su esposo (y los suyos) y ahora lo cuenta todo en Nunca seremos normales una reivindicación de la honestidad, la salud mental y de que ser madre no es un instinto.

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Por J.C. Ramírez Figueroa (20 de septiembre 2018, The Clinic)

Hay vasos vacíos y botellas de vino chileno que delatan una noche movida en una librería ondera del barrio de San Isidro. Mientras el primer piso exhibe orgulloso sus novelas ilustradas y ediciones ilustradas de tapa dura, el segundo funciona como bar. Acá me citó la escritora y psicóloga Silvia Núñez del Arco (29).

A los 18 años se infiltró en el set de “El francotirador”, donde Jaime Bayly mezclaba delirantes monólogos con entrevistas de actualidad. Quería contarle lo mucho que le gustaban sus libros. Él tenía 42 y estaba de novio con un periodista argentino. Ella recién había terminado una relación de cuatro años. Nunca más se separaron. De hecho, su debut literario Lo que otros no ven (2010) narraba en clave ficción su crush con el escritor que, sorpresivamente, éste haría público en vivo y en directo.

“Me siento emocionado y asustado porque ha venido al programa una chica de la que, contra todo pronóstico, me enamoré”, dijo Bayly ante el silencio del estudio. Ella venció la sorpresa para reconocer que ni sus papás estaban de acuerdo con la relación. “No soy una niña: tengo 21”. “La gente creía que eras mi hija. ¡Hay que aclararlo!”. Y rápidamente se convirtieron, según la edición local de la revista Cosas en “la relación más controversial de Lima”.

“Me entrevistó y nadie sabía que estábamos saliendo. Fue un boom. Aunque en verdad, nunca me ha importado lo que dice la gente”, asegura, mientras toma un espresso.

“Es obvio, de todas maneras, que la gente de Perú nos juzgaría por eso. Él mismo me decía que tenía miedo de avanzar en su relación conmigo por la diferencia de edad. Y su carácter. Creía que me haría daño”.

Luego vendrían dos novelas más, cargadas a la erótica femenina: Hay una chica en mi sopa (2011) y El hombre que tardó en amar (2012) hasta que, tras enfrentar una crisis psiquiátrica de su marido y ser madre, decidió dejar esa zona de seguridad que le daba la literatura ficcionada y repasar la década que llevan juntos. El resultado fue Nunca seremos normales (Planeta, 2018) y en 302 páginas reivindica el romance, la salud mental, exponerse y, sobre todo, la maternidad. La cubierta los muestra felices y enamorados, con un lago de fondo, aunque el libro se nutre de los conflictos que vinieron después.

–¿Nunca has tenido problemas de hablar de Jaime?

–Es algo que asumo. Aparte yo no sé si he crecido o la gente se acostumbró a nuestra relación. Es tan simple como que yo quería estar con él y salir con él. Pero eso sorprendió mucho porque, cuando decía que estaba saliendo con una chica joven, creían que era broma.

–Bueno, él acostumbra a mezclar ficción con realidad. Es su marca.

–Claro, pero el tema es que se preguntaban cómo iba a estar saliendo conmigo si se supone que era gay.

–¿En Nunca seremos normales narras todo esto porque no te funcionaba ficcionarlo?

–En las otras novelas cambiaba las cosas. Esto es lo más sincero que he escrito porque son simplemente hechos. Acá hay tres grandes conflictos: como fue lidiar con los comentarios de la gente cuando empezamos a salir; aprender a ser esposa y madre y finalmente cómo lidié con la bipolaridad de Jaime. Es que yo me enamoré de él en cuanto lo vi, pero me daba miedo no ser correspondida. Salimos juntos un montón de tiempo. Sabía que me veía más joven y eso me insegurizaba. Nos guardamos los sentimientos. Luego, ya como pareja nos fuimos a vivir a Miami y me casé una semana antes de tener a mi hija Zoe. Yo tenía mucha culpa como madre. Esos son los fantasmas que empezaron a surgir mientras escribía. Como encontrarme con esa mujer sumisa que al comienzo era yo. Antes me acoplaba. Un montón de veces Jaime me dejaba plantada. Y encontrarme con esa mujer que era yo fue potente. Y me gusta que él me haya dado ese lugar. “Tú me sanaste”, me dice.

—¿Esa sinceridad es el argumento de venta de este libro?

—Exacto. Así es. No hay filtros cuando escribo. No es una novela sobre mi relación con Jaime sino de cómo me hice fuerte en la relación con él. Y finalmente como la vida de nuestra hija terminó siendo más importante que nosotros mismos, porque finalmente uno quiere que le vaya mejor en la vida que a nosotros dos juntos. Trascendemos a través de ella.

–El tema de la bipolaridad de Jaime es heavy.

–Él no sabía que lo tenía. No se daba cuenta de las cosas. A la sociedad le da miedo el tema de la salud mental. Está esta idea de que hay que mostrarse felices todo el tiempo, cuando paradojalmente todos cojeamos por algún lado. A mí me parece importante hablar del tema. Antes todas las discusiones eran muy: “ya, que se haga lo que tú quieras”. Ahora es: “¡no!”. Debo tomar decisiones, ponerme firme, decirle: “Ya, Jaime, vamos al doctor”.

–Además es difícil dar con un psicólogo y psiquiatra que realmente se conecte contigo.

–¡Exacto! No es para nada fácil encontrar el medicamento y la terapia adecuada. Lo que si debo reconocer es que por muy mal que pueda estar Jaime, si había que estar a tal hora animando un programa, él se levantaba de la cama y partía a conducirlo. Es la persona más responsable que he conocido. Él dice que hacer tele no es trabajo, pero no sé si otra persona soportaría ese ritmo de ir todas las noches a conducir un programa.

–¿No crees que contar todo esto es más difícil en Latinoamérica donde está ese rollo con el “qué dirán”?

–He notado que acá existe un tabú. Que se valora mucho el aparecer siempre perfectos, siempre ganando. Y hay que hablar de esto. Es como el tema de que la mujer nació para ser madre y que el instinto maternal tiene que surgir. ¡A mí no me salía! Y me sentía mal por eso. Aparte hay muchas cosas que se esperan de tí: que debes verte bien cuando llega el esposo, que es mejor ser calladita, que es normal ganar menos que el hombre aunque hagas la misma tarea. Era una carga que me aprisionaba. Yo misma cuando se hizo pública esta relación no decía nada. Pero ahora aprendí. Me tomó un tiempo poner todo en orden. Una mujer se hace fuerte ordenando el caos.

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