Germán Marín: “Yo prefiero la muerte súbita”

Germán Marín, el escritor que con su última novela, le hace el quite al retiro. Hasta el año pasado, confiesa, era un hombre de la noche. A sus 82, prefiere su hogar y escribe sin parar para evitar el aburrimiento.

 

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Por Juan Carlos Ramírez F. (20 de mayo de 2016, La Segunda)

Abrigado, fumando y con una estufa al lado. Así le gusta escribir a Germán Marín. Y cuando se anima a salir de su casa, es a un café de Providencia, donde ahora sonríe. “Salgo muy poco. Casi como Armando Uribe”, dice, guardando su lápiz azul. Prácticamente todas sus novelas están escritas a mano. Primero en hojas sueltas. Después, las pasa en limpio en cuadernos o libretas. Y sigue tachando, subrayando, corrigiendo.

Aunque ha dicho que renunciará a la escritura, Marín no puede parar. Acaba de lanzar “Bolígrafo o Los sueños chinos” (2016, Ediciones UDP). Una novela que narra cómo un tal G.M. se encontró con una libreta de apuntes en la bodega del edificio que arrendó en Ñuñoa.

El dueño, que distribuye alimento para perros, se mudó a Vitacura. Las primeras páginas sólo son apuntes (“glosas”, en rigor) divididos por números que describen rutinas y caminatas por un Santiago en decadencia; pero rápidamente aparecen personajes femeninos y esto se convierte en una novela.

Pero eso no es todo. Marín ya tiene programado otro libro para este año: “Adiciones palermitanas” (Alfaguara). El 2017 será para “Tal vez sí, tal vez no” (Seix Barral) y “Propiedad y privada” (Lecturas). Y el 2018, “Fuegos artificiales” (Lecturas), reedición de su primera novela de 1973 editada originalmente por Quimantú. “Escribir es una lucha personal contra el aburrimiento. Si no, ¿qué?”, dice con su clásica voz ronca.

“¿Pesadeces que he dicho?”

-A pesar de lo prolífico, usted dice que hay una conspiración en su contra. Aún no le dan el Premio Nacional, por ejemplo.

-Basta ver al último que se lo dieron y ver qué clase de cuentos sacó a los pocos meses. Ahí actuaron factores extraliterarios, relaciones políticas, y yo estoy solo…

Marín se refiere a Antonio Skármeta -a quien no nombra- y su libro “Libertad de movimiento”. Tose un poco y sigue:

-Para el Premio Manuel Rojas, la parte chilena no votó a mi favor. Los extranjeros del jurado, como el boliviano Edmundo Paz Soldán (versión 2014) o el nicaragüense Sergio Ramírez (2015), conocen y respetan mi obra.

-¿Será que su nombre actualmente es poco útil al poder?

-No sé, el asunto es que me mandaron a decir que hubo una oposición tenaz de la parte chilena. Y, finalmente, premiaron a no sé quién, ya se me olvidó. Quedé como el gato mirando hacia la carnicería.

Marín tampoco nombra a la mexicana Margo Glantz, ganadora del año pasado.

Tose de nuevo, pero se tapa la boca. Pide otro café y continúa: “No es una necesidad económica. Aunque no tengo seguro social, ni jubilación, Random House se portó muy bien cuando me retiré de editor. Es el tema literario lo que me afecta. La crítica chilena ha sido muy generosa desde siempre. Nunca he tenido una mala crítica. Pero no entiendo esas reacciones del jurado. ¿Conveniencia ajena? ¿Mala voluntad con la persona que soy? ¿Pesadeces que he dicho y que han afectado a otras personas?

-Acá no se perdona eso.

El escritor esboza una sonrisa y, sin dar nombres, cuenta que uno de los jurados lo entrevistó sin haber leído su novela. “Hasta ahí llegó la entrevista. Me levanté y me fui”.

-Dicen que usted es pesado.

-¡Pueden decir lo que quieran! Pero están los libros. Ahora, que a lo mejor no he sido simpático con mucha gente, es verdad. Pero tampoco tengo la obligación. Si no, saldría en la tele animando un programa. La simpatía no es un valor literario.

-Este año el Premio Nacional será para la poesía, pero en 2018 estará nuevamente sonando su nombre.

-Pero puedo estar perfectamente muerto. Tengo 82 años, es demasiado ya. Yo votaría por Manuel Silva. Aunque no soy lector profesional de poesía, me gusta lo que he leído de él. Bertoni, seguramente es buen poeta, pero me parece de un post-parrismo que no ha trascendido.

-¿Y está preparado mentalmente para la muerte?

-Depende de qué muerte. Si es súbita, uno no está preparado. La muerte en agonía debe ser dura, tengo la leve impresión (sonríe). Yo prefiero la muerte súbita. Igual me cuido. Ando abrigado y no trasnocho. Hasta el año pasado era un hombre de la noche. Salía bastante. Pero el médico me recomendó evitar los enfriamientos.

Un hombre de la calle

En algunos países, soñar con orientales es un presagio de buena suerte. Marín se sorprende, ya que no tenía eso en mente al momento de titular su nueva novela.

Pensaba más bien en que el autor de las notas sueña confusamente y despierta con la tele prendida. También, recorre Valparaíso o Concepción vendiendo su comida para perros. Allí se lamenta por Jorge Matute Johns. “Siempre he pensado en su madre y hermano. Es terrible por lo que han pasado. Y por eso hice este gesto”, dice el escritor.

“Sin embargo, es un personaje lo mas opuesto a mí. Si en algún momento de mis libros ha habido un acercamiento autobiográfico a ciertos personajes, en este libro hay una distancia absoluta. Es producto exclusivamente de la invención que se fue dando en la medida en que lo escribía”.

-Usted quiso centrarse en una persona común, gris, normal.

-Un hombre de la calle. Por algo es vendedor y tiene noción del centro. No tiene nociones claras de la política. No habla de la dictadura. Cuando se hace amigo de una señora mayor, Eloísa, él -de brazos cruzados- siente el aburrimiento y no sabe qué hacer. Ese es el único rasgo autobiográfico que hubo de mi parte. Es que cada vez que escribo quedo vacío y quiero evitar esa sensación. Por eso tengo mis cuadernos.

-“Bolígrafo…” tiene varias lecturas, comenzando por una mirada a las mujeres.

-Cierto. El tipo no se emociona mucho, hasta que aparece esta mujer mayor, que lo atrapa con cierta ingenuidad de la clase alta. Una inocencia que despierta ternura.

-¿No le parece clasista que abandone a otra y acepte a esa mujer adinerada?

-Mmm (se queda pensando). Puede ser. Hay algo de eso. Pero incluso ahí, no se siente del todo cómodo y quiere volver a su casa de Ñuñoa.

-También está en el libro la idea de sobrellevar la decadencia y la ciudad de Santiago.

-Me interesaba hacer una prosa seca. Una economía del lenguaje que reflejara este proceso del protagonista. Alguien que empieza a tomar notas, consciente de que “las palabras no tienen dueño, que son de todos”, como escribe él mismo. Y claro, las mujeres son importantes. Aunque con algunas sienta aburrimiento después del acto sexual o que otras le despierten ternura, aunque tampoco esté tan convencido de la relación. Igual, yo ya no camino por el centro de Santiago. Me interesa mucho, eso sí, cómo las clases altas fueron huyendo hacia arriba.

-No es casual que el protagonista salte del centro a Ñuñoa y de ahí a Vitacura.

-Claro, pero siempre hay algo que se pierde en estas mudanzas. El esplendor de la Plaza Brasil y sus palacetes no es el mismo de Providencia y Ñuñoa. Menos en Vitacura, donde hasta el clima parece ser distinto.

-¿Qué tiene de usted el protagonista?

-Nada, excepto el gusto por el cine.

El autor se alegra al ver llegar al café a Felipe Gana, su editor de Lecturas (ver recuadro), quien lo trata de “tú” y le convida un cigarrillo. Él consiguió por internet una de las pocas copias disponibles de “Fuegos artificiales”, avaluado en más de $40 mil pesos. Aunque no era una obra política, estaba en la colección “Cordillera” de Quimantú, al lado de los libros de Trotsky. Acordaron reproducir la misma cubierta setentera, aunque actualizando la tipografía. Marín coordina algo con el encargado de la editorial. Se ríen de la sesión de fotos. Una señora al lado pregunta si molesta. “Nooo”, le dice galante.

-Valéry decía que los libros no se terminan, se abandonan. ¿Cree eso?

-Sí. Yo no abandono los libros. Escribo a mano y después destruyo los borradores. Me los han querido comprar, pero yo no quiero. ¿Para qué? Si mi obra es el libro terminado, no los cuadernos donde corregí.

Lo que se viene

Libretas y reediciones

Marín, a veces se encuentra con libretas que no se convirtieron en libro. Eso pasó con “Tal vez sí, tal vez no”, que fue originalmente escrito en 1996. A cuatro años de haber regresado a Chile tras su exilio en México y España, donde trabajó de editor. Personalmente, decidió lanzarlo para el 2017, para no saturar. Aunque está, sin dudas, más entusiasmado con salir en una editorial independiente.

“Me gusta ser editado en un sello pequeño. Cuando tu editor sale a la calle, toda la editorial va caminando con él. Yo me pongo de acuerdo con él. Nada de aparataje burocrático, hablar con encargado de prensa, hacer la portada. Acá se arregla entre el editor y el autor. Para mí es útil, ya que he sido editor. Resulta una buena experiencia”.

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