“Los chilenos son buenos instrumentistas, pero mediocres como letristas”

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Por Juan Carlos Ramírez F. (6 de diciembre 2016, La Segunda)

En 1967, Juan Mateo O’Brien (70) integró el grupo Los Vidrios Quebrados, la más importante banda del naciente rock nacional. Su disco “Fictions” -con 12 canciones originales y cantadas en inglés- mezclaba el salvajismo de The Kinks y los Stones con textos dedicados a Oscar Wilde, Dalí y Jesucristo.

Recién 46 años después grabaría otro álbum (“Gran avenida”, 2013) y se mostraría algo incómodo con su estatus de leyenda del rock chileno. Entre medio estudió sociología en París, se unió a la UP, fue exiliado, estudió economía en Suecia, vivió en Nueva York y, de vuelta en Chile, hizo asesorías en materias mineras e internacionales para los gobiernos de la concertación.

De todo eso conversa con el recientemente fallecido Juan Radrigán, Eduardo Carrasco y Mauricio Redolés en el documental “Las edades de un hombre”, dirigido por Christian Salinas y producido por Gonzalo Planet, del grupo Matorral. Se estrenará en el In-Edit este viernes, a las 20:30, en la Sala de Cine UC.

Hay incluso una escena donde lee la declaración que hizo para entrar al PC, donde se comprometía “a dejar las formas de rock and roll para avanzar hacia manifestaciones más chilenas de música y, sobre todo, en castellano”.

-La estructura es atípica, no hay imágenes de archivo. La cámara simplemente te sigue a través de las calles.

-Devela las contradicciones entre Santiago y el individuo. La búsqueda de un destino colectivo y el logro de un destino individual. Quizá los realizadores quisieron conscientemente explotar las contradicciones que existen en mi vida para lograr un relato mejor y más auténtico. No sé. Me hubiese gustado una mayor presencia de Radrigán, Redolés y Carrasco, para poner en relieve la importancia que yo le otorgo al compromiso del artista con las palabras. Pero el peso de la ciudad terminó venciendo en el gallito.

“Miedo a la incapacidad de los chilenos”

“Fictions” es un disco que desde hace décadas cautiva a los coleccionistas extranjeros que aún no pueden creer que en Sudamérica hayan surgido bandas inspiradas en la invasión británica liderada por The Beatles y con discos de alta calidad. La primera edición se vende hoy a más de 700 mil pesos.

-¿Cómo es su relación con el O’Brien rockero de los ´60?

-Fue un período luminoso, casi una epifanía de la cual fui la parte más talentosa en lo letrístico y la menos talentosa en lo musical. Lo maravilloso de ese trabajo es justamente la certeza que nos asiste a los viejos Vidrios Quebrados… Es tan fuerte la energía que en ese período de la vida genera el enjambre, el conjunto, que las carencias son absorbidas por el colectivo que a su vez multiplica las virtudes.

-¿Cree que en Chile los músicos evaden las letras personales o que describen lo que estamos viviendo?

-Los chilenos son buenos músicos, pegados al canon, al precepto. Buenos instrumentistas, pero letristas mediocres; les cuesta ser originales. Son mejores cuando se acercan a sus raíces, como en las cuecas.

Que O’Brien haya vuelto a componer no ha constituido un hito tan inmenso como podría creerse. “He tenido suerte en mi vida sin mucha necesidad de rescate. Tengo la misma mujer desde hace casi cincuenta años (la fotógrafa Helen Hughes), una dificultosa y agotadora aventura en sí misma. Tengo cuatro hijos, que no siempre ha sido fácil criar. Tengo un cuerpo que se deteriora día a día, pero me funciona; y tengo una base material que me permite vivir con cierta dignidad”, asegura.

Y agrega: “Me da miedo la elección de Trump y un potencial desborde de la ultraderecha en Europa. Pero también me da miedo la incapacidad de los chilenos para entender a esa gran mujer que es Michelle Bachelet. Ha sido la única en atreverse a ponerle el cascabel al gato e intentar transformaciones de verdad”.

-Su generación venía del barrio alto y despertó políticamente ante la pobreza del resto. ¿Cuánto hubo de impostura o inocencia?

-Yo vengo de una generación de un Chile criada antes de la reforma agraria y la nacionalización del cobre. Una generación que conoció la pobreza de verdad en Chile, los niños con costras de piñén en los pies pidiendo pan duro para llevar a la casa. Una generación que se asqueó con el vasallaje del inquilino embrutecido por una clase dominante dedicada al consumo conspicuo y a la explotación ineficiente de sus campos. Todo esto, en un país donde ni siquiera podía surgir un empresariado moderno debido a la modorra y el férreo control de las cien familias. ¡Créeme, no fue muy difícil escoger el lado de los buenos en esa disputa!

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